Estrenos: crítica de «Parque Lezama», de Juan José Campanella

Estrenos: crítica de «Parque Lezama», de Juan José Campanella

por - cine, Críticas, Estrenos
19 Feb, 2026 06:00 | Sin comentarios

Dos jubilados se sientan en un banco de una plaza, comparten historias y tratan de ayudarse a resolver sus problemas en esta comedia dramática protagonizada po Luis Brandoni y Eduardo Blanco.

La pieza teatral de Herb Gardner, I’m Not Rappaport fue estrenada en Broadway en 1985 y premiada con el Tony a la mejor obra del año. Interpretada por Judd Hirsch y Cleavon Little, se centraba en la larga conversación que tenían en el Central Park dos hombres mayores, uno de origen judío y otro, afroamericano. La obra fue un éxito, tuvo varias versiones y reposiciones, y el propio Gardner dirigió, en 1996 una versión cinematográfica que tuvo como protagonistas a Walter Matthau y Ossie Davis, en la que la obra se «aireaba» para incluir escenas que transcurrían en otros lugares y que en la pieza original solo se mencionaban.

Ahora sucede algo más o menos similar con la versión argentina de esa misma obra, titulada Parque Lezama, dirigida por Juan José Campanella y protagonizada, en teatro, por Luis Brandoni y Eduardo Blanco. Es el propio Campanella quien, doce años después de comenzar las funciones (en la original fueron once) presenta su versión cinematográfica, una que tiene una diferencia clave con la original. Aquí, en lugar de intentar ampliar la pieza y agregarle otros escenarios, el realizador de El secreto de sus ojos se mantuvo fiel a la original, tanto en lo que respecta a la trama como al espacio físico, que no se mueve de unos cuantos metros del tradicional parque ubicado en la zona sur de la ciudad de Buenos Aires.

Salvo por la etnicidad del personaje de Blanco –que no es negro, claramente–, la obra es bastante fiel al texto de Gardner –y de su versión local– y se apoya en una serie de conversaciones que dos ancianos mantienen a lo largo de algunos días en un banco de esa plaza. Blanco encarna a Antonio, un hombre mayor que está perdiendo la visión periférica y sospecha que en el edificio en el que trabaja como encargado lo van a querer echar. De hecho, la insistencia del administrador para hablar con él parece confirmarle esos temores. Brandoni encarna a León, o a alguien que dice llamarse así, ya que se trata de un mentiroso compulsivo que embellece su historia a tal punto que ni él parece ya saber qué es cierto y qué no de todo lo que cuenta.

La conversación empieza siendo incómoda ya que Antonio está agotado de escucharlo hablar y mentir a León, quien dice haber sido espía entre muchas otras cosas. Mientras se cuentan historias del pasado –de amores, romances y familias–, León no para de mencionar su filiación política como militante de izquierda de toda la vida, un luchador por causas que considera justas. Antonio, por el contrario, es un hombre tranquilo, timorato y algo modoso que tiende a aceptar lo que le toca en suerte. Y cuando el administrador (Agustín Aristarán) le proponga un pésimo arreglo laboral, León saldrá en su defensa y logrará que se lo mejoren. O eso parece…

Parque Lezama irá desarrollándose mientras oscurece en cada una de las jornadas. Y de a poco van apareciendo otros personajes: una chica joven que lee cerca de ellos (Manuela Menéndez), la hija de León con la que tiene una relación conflictiva (Verónica Pelaccini), y un ladrón y un dealer que circulan por la plaza desafiando a los jubilados y enfrentándolos, algo que pese a las obvias desventajas intentarán hacer. Campanella no hace ningún tipo de concesión a la lógica cinematográfica que implicaría reducir diálogos, cambiar de escenarios, generar más y más situaciones, prefiriendo mantener todo de una manera esencialmente teatral, a lo que le agrega, sí, una edulcorada música que funciona en similar registro al resto de la película: entre retro, nostálgica y sentimentaloide. Eso que los norteamericanos, por volver a la obra original, definirían como schmaltzy.

Lo que cambia también, aunque de un modo casi imperceptible, es el tipo de actuación, ya que las cámaras de cine tienen otra cercanía con los rostros, las voces y las expresiones de los actores. Pero Brandoni y Blanco son usualmente muy expresivos en cualquier ámbito en el que trabajen, por lo que esa diferencia no es demasiado notoria. Parque Lezama habla de la vejez, del paso del tiempo, de los amores perdidos, del arrepentimiento, de la falta de respeto y cuidado de las nuevas generaciones para con sus mayores y observa, con irónica nostalgia (considerando que el hoy «proto-mileísta» Brandoni interpreta al personaje «progre», es difícil pensarlo de otra manera), los años de militancia política y de rebeldía juvenil.

Más que una película, Parque Lezama es un ejercicio de estilo, un cierre para un trabajo en equipo de años, una suerte de memento de esa década en la que, semana tras semana y a lo largo de más de mil funciones, la dupla le puso el cuerpo a esta comedia nostálgica, tierna pero también un poco ácida, que busca emocionar por los cuatro costados al mismo tiempo. No se trata de una gran película ni mucho menos, sino de una puesta en escena prolija de un texto que, si bien sigue teniendo algo de actualidad, perdió bastante del brillo cómico que supo tener décadas atrás. Pero Campanella –ya desde el formato de los títulos, muy en plan ochentoso– se hace cargo de su decisión estilística. Su película puede haberse hecho hoy, pero estéticamente pertenece al pasado. O, mejor dicho, a un pasado idealizado que él sigue mirando con insistente, contradictoria y a esta altura entrañable nostalgia. Schmaltz puro y duro.