Estrenos: crítica de «Tenemos que hablar», de Mariano Galperín

Estrenos: crítica de «Tenemos que hablar», de Mariano Galperín

por - cine, Críticas, Estrenos
02 Feb, 2026 10:00 | Sin comentarios

Un grupo de amigos y conocidos se reúnen para una fiesta de cumpleaños en una elegante casa. Pero no escucharemos sus diálogos, sino sus pensamientos. Con Marina Bellati, Luis Ziembrowski y Moro Anghileri.

Cualquiera que haya estado en un evento social –una fiesta de cumpleaños, un casamiento, una reunión familiar, lo que sea– y se haya sentido más o menos incómodo en esa situación podrá identificarse con el formato elegido por Mariano Galperín en Tenemos que hablar. En lo que podría considerarse un ejercicio de estilo, el realizador combina las imágenes del evento en sí –en este caso, una fiesta de cumpleaños de un exitoso empresario– con los pensamientos de aquellos que concurren al evento. Esto es: en lugar de escuchar lo que sucede formalmente en la cena, lo que oímos son las cosas que les pasan por la cabeza a sus protagonistas.

El evento es un cumpleaños de 55 años. Martín, el «cumpleañero» (Marcelo Xicarts), no parece muy contento de que su mujer, Mónica (Marina Bellati), haya armado la fiesta. Ella, muy organizada y eficiente, está en cada detalle mientras espera a los invitados. El está con la cabeza en otra cosa, contando dinero. A la par, en un auto van llegando dos parejas más: una más joven (Malena Sánchez y Francisco Garamona) y otra, interpretada por Guillermo Pfening y Moro Anghileri. Una piensa en hacer apuestas, otro en cuestiones laborales, uno de ellos está deprimido por haber dejado el cigarrillo y otra está pendiente de su aspecto. Y el otro que llega es un argentino radicado en Australia (Luis Ziembrowski), que se dedica a la ganadería y fue el primer amor de Mónica.

La primera mitad de la película/velada avanzará en torno a las pequeñas irritaciones que todos ellos van manifestando respecto a los otros, en especial con el algo pedante ganadero australiano que no para de hablar de sí mismo. Pero de a poco otras tensiones aparecen: las personales (paranoia, depresión, miedo, malestares físicos) y también las sociales, ya que todos sospechan de los otros y de sus intenciones, tanto laborales como, especialmente, sexuales. Promediando el film llegarán dos invitados inesperados (Diego Cremonesi y Elvira Onetto) y la situación se volverá más tensa ya que se agregan otros elementos y situaciones a la velada.

El formato elegido por Galperín ocupa, con algunas mínimas excepciones en las que sí escuchamos lo que se dice, todo el relato. Y hay un ajustado trabajo de edición y de los intérpretes –que, según dijo el realizador, se juntaron y filmaron todo en una sola noche– para actuar en consonancia con los textos que, claramente, fueron grabados aparte en algún estudio. Eso se aprecia aún más en los momentos cómicos, que aporta más que nada la siempre muy expresiva Bellati, lo más parecido a un protagónico que tiene una película que posee un curioso y muy poco usual punto de vista compartido entre todos.

Es cierto que al formato elegido le cuesta sostenerse a lo largo de una película completa y, si bien hay giros y novedades en el relato, el sistema empieza en un momento a volverse un tanto repetitivo. Por fuera de eso, Tenemos que hablar presenta a un grupo humano lleno de sospechas e incomodidades, amigos que tienen mucho que ocultar entre ellos, algo que pasa también con las parejas: amantes, posibles romances, búsqueda de compañía para una noche y así. Entre críticas que todos les hacen a los otros pero no lo dicen y mínimos resquicios para algún tipo de cariño o afecto, se pasa esta propuesta simpática, ingeniosa pero algo limitada que intenta darle una vuelta de tuerca a las comedias dramáticas de reuniones sociales.


Desde el 5 de febrero, todos los días a las 20.30, en el Cine Gaumont.