
Streaming: crítica de «Scream: asesinato en la vida real» («The Scream Murder»), de Lisa Quijano Wolfinger y Conor McCarthy (Disney+)
En 2006, en un pueblito de Idaho, una adolescente aparece muerta en una casa y los principales sospechosos son dos compañeros fanáticos del cine de terror. En Disney+
Usualmente en este sitio no dedico tiempo a los true crime, pero al tener este una conexión con el cine me pareció interesante de indagar. Ya hace décadas que se insiste con la potencial conexión psicológica entre las películas violentas y comportamientos similares –especialmente entre los más jóvenes–, y no parece existir una conclusión clara al respecto. La mayoría opina, con cierta lógica, que las conexiones no son importantes y que no se puede determinar que ver films de terror o que muestran actos criminales lleven a comportamientos de ese tipo y que son otros los elementos que hacen eso posible. Si bien hay mucho de cierto en eso –películas violentas y de terror se ven en todo el mundo, y no todos los países tienen esos niveles de criminalidad adolescente o escolar–, a la vez es innegable que hay lazos que aparecen todo el tiempo. Este es uno de ellos.
En 2006 una chica llamada Cassie Jo Stoddart apareció muerta una noche en su casa de un pequeño pueblo de Idaho con decenas de puñaladas. Tras analizar distintas posibilidades, la policía va centrándose en dos adolescentes, amigos de ella de la escuela secundaria, uno de ellos su pareja. Ello son Brian Lee Draper y Torey Michael Adamcik. Los chicos tienen excusas, aseguran no tener nada que ver, pero pronto las evidencias se tornan contundentes. Se pisan, hay mentiras evidentes, agujeros en sus narraciones y otras dudas. Hasta que uno de ellos se quiebra, confiesa, señala donde hay evidencias y implica fuertemente al otro.

De allí en adelante –esto sucede en el primero de los tres episodios–, el caso está más o menos cerrado. O eso parece. Luego surgirán dudas, acusaciones mutuas, sospechas cruzadas y, sobre todo, se irá contando la vida de ambos. The Scream Murder es más interesante desde ese lugar que desde cualquier otro, ya que va pintando la vida de dos adolescentes que se sienten marginados y solitarios, y que juntos van haciéndose amigos a partir de odios y resentimientos. El fanatismo por el cine de terror (la película Scream es importante en función de cómo fue el hecho, pero no es la única), por casos como Columbine y la necesidad de llamar la atención en una escuela en la que todos los ignoran terminan conformando el combo perfecto para el horror en la vida real.
Si se toma en cuenta que todo esto sucedió hace casi 20 años, en septiembre de 2006, solo queda pensar que este tipo de comportamientos tiene que haber seguido creciendo con las locuras que circulan online y los bizarros grupos que existen en ese universo. La película no se mete en eso. Por lo general sigue el caso, entrevista a amigos y a familiares –en el tercer episodio aparecerán los dos asesinos–, se discutirán hechos del juicio y la condena. Pero la pregunta que sigue flotando es qué lleva a dos chicos de 16 años a cometer un acto así. Y, sobre todo, ¿qué influencia tiene la cultura –cinematográfica, serializada, online, lo que sea– para generar o acaso incentivar este tipo de comportamientos?
No hay una tesis que lo resuelva. Sí, hay historias de vida arruinadas por un hecho delictivo estúpido, familias deshechas, adultos que ya no son los adolescentes que antes fueron pero que no pueden hacer nada para cambiar lo que pasó y una duda sobre si las cosas podían haberse manejado –social, cultural y familiarmente– de otro modo. No es un true crime que pone el acento en el misterio de unos crímenes conocidos y bastante bien documentados –los chicos llegaron a hacer un horrible video donde contaban sus planes–, sino uno que se pregunta qué lleva a chicos de esa edad a cometerlos y qué responsabilidad tiene, si es que la tiene, el cine.



