Estrenos: crítica de «Iron Lung», de Mark Fischbach

Estrenos: crítica de «Iron Lung», de Mark Fischbach

por - cine, Críticas, Estrenos
10 Mar, 2026 07:46 | Sin comentarios

Tras un cataclismo cósmico, un prisionero pilota un submarino en un océano de sangre para cumplir una misión a cambio de libertad. Dirigida y protagonizada por el reconocido ‘youtuber’ Markiplier.

Más interesante por la historia que la rodea que por su interés fílmico, Iron Lung es una propuesta cinematográfica muy acorde a sus tiempos y, a la vez, completamente extraña y hasta sorprendente. Lo primero pasa por su existencia en el mercado. Lo segundo, por su forma y modo de relato. Basada en el aparentemente muy popular videojuego de terror creado por David Szymanski, Iron Lung es un proyecto craneado, dirigido, producido y protagonizado por Mark «Markiplier» Fischbach, alguien que para casi toda la gente mayor de 30 años es un absoluto desconocido pero que, para los adolescentes y ya no tanto que lo siguen hace más de una década, es uno de los youtubers más populares de la historia.

Mark se hizo famoso con ese apodo a mediados de la década pasada gracias a sus videos del subgénero «Let’s Play», que consiste en verlo jugar a distintos juegos online, más que nada ligados al género de terror. Ese tipo de entretenimiento, tan ajeno y misterioso para una generación anterior (la mía), lo convirtió en una estrella con 38 millones de seguidores que le han dado poder para crecer, negociar grandes acuerdos comerciales y hasta ponerse a hacer su propia película, casi un unipersonal que dirige y protagoniza él mismo. Como este tipo de celebridad todavía es un poco ajena al sistema cinematográfico clásico, el hombre no arregló en Estados Unidos con ningún estudio ni sello, sino que distribuyó la película por su cuenta y la transformó en un exitazo que recaudó más de diez veces su exiguo presupuesto.

Este suceso del DIY (o «do it yourself») es aún más sorprendente cuando uno ve Iron Lung, una propuesta curiosísima que es más parecida a un oscuro relato de ciencia ficción europea –o del ruso Andrei Tarkovsky, a cuyo Solaris por momentos recuerda– que a un film típico que uno podría imaginar hecho por un youtuber para sus fans. Es un film confuso, enrarecido, que transcurre casi en su totalidad en un solo, oscuro y tubular ambiente, y que tiene al propio Markiplier como casi único protagonista. Y su éxito solo parece explicarse porque sus fans se contentan con verlo haciendo cualquier cosa. Si sus suscriptores pueden pasar horas mirándolo jugar a un videogame, bien pueden agregar unas más para verlo moviendo palanquitas, tocando botones, discutiendo con una enigmática voz y enfrentándose a algún monstruo que quizás esté solo en su imaginación.

En el mundo futurista de la película, el tal Markiplier encarna a Simon, un presidiario encerrado en una estación espacial llamada Eden después de un evento que devastó al universo entero haciendo desaparecer a todos los planetas y estrellas, además de gran parte de la población humana. De ese cataclismo solo sobrevivieron, aparentemente, aquellos que circulaban en naves o estaciones espaciales. Y Simon es uno de ellos, en contacto con un par más casi siempre por intercomunicador. Esta especie de astronauta solitario conduce lo que llaman un submarino que tiene que explorar una luna que está cubierta por un océano de sangre. Y le aseguran que, de completar su misión, lo liberarán para siempre.

En qué consiste la misión de Simon y cuál es su importancia es entre secundario y difícil de dilucidar. Parece, más que nada, una excusa para poner a este chico hawaiano que parece una mezcla entre Keanu Reeves y Joseph Gordon-Levitt a hacer cosas para que sus fans lo miren. Nada particularmente atrapante, convengamos. El tal Simon mira pantallas retro, descifra enigmáticas fotos tipo ecografías, toca antiguos botones luminosos, controla flechas que se mueven y va de acá para allá en ese desgastado contenedor tubular en el que viaja. Es poco lo que sabemos del afuera más allá de las entrecortadas voces que se escuchan a través de los rudimentarios altoparlantes.

Así pasan, más o menos, 80 minutos de las dos horas interminables que dura el film. Uno lo ve entre extrañado y admirado por el hecho de que este treintañero sea capaz de hacer una película tan radical, enigmática y oscura. Iron Lung produce, salvo que seas fan del tipo, un aburrimiento de proporciones épicas, pero a la vez hay algo digno y corajudo en hacer una película así, tan fuera de época y de mercado, e igualmente tener éxito. Su última media hora tiene una mayor intensidad y, gracias a la música y a un montaje más propios del cine de género, Iron Lung se acerca un poco más a un film convencional. Pero nunca lo es del todo y uno termina de verlo sin entender mucho. No solo de la trama en sí sino del ecosistema que produce una película como esta y permite ganar dinero con ella.

Puedo equivocarme –después de todo, hasta ver la película, ni sabía quien era el tal Markiplier–, pero creo que el éxito no tiene nada que ver con la trama, la forma o lo que el film es en sí, estética o narrativamente. Tengo la impresión de que si el youtuber en cuestión hubiera decidido filmarse a sí mismos hablando y gesticulando mientras mira una pared blanca, seguramente también habría ganado dinero. Es un fenómeno participativo que involucra también reunir a fans en salas de cine y que poco tiene que ver con lo cinematográfico. Acá, el producto es él mismo y el resto es solo anecdótico.

En ese sentido Iron Lung es un desafío mayor, un riesgo enorme. Es como si Markiplier se hubiera planteado probar la fidelidad de sus fans tirándole por la cabeza la película más tediosa y enigmática posible para ver cómo reaccionan. Y ganó, ya que la película funcionó muy bien en la taquilla. Más que un film, sin embargo, Iron Lung es una hipótesis y un parteaguas: entre los que entienden, compran y participan en la propuesta y los tipos como nosotros (o como yo) que nos quedamos preguntándonos qué es lo que está pasando y, sobre todo, que significa un fenómeno de este tipo para el futuro del cine.