
Estrenos: crítica de «Nuremberg: el juicio del siglo», de James Vanderbilt
Un psiquiatra interroga a Hermann Göring antes de Nuremberg, explorando la naturaleza del mal en un duelo psicológico entre ego, ideología y manipulación. Con Russell Crowe y Rami Malek. Estreno en Argentina: 26 de marzo.
Para la época de la Segunda Guerra Mundial, algunas de las películas que competían por el Oscar –o que pretendían hacerlo– tenían un cierto aire a Nuremberg. Dramas correctos, serios, formales, muchas veces altisonantes, repleto de oposiciones clásicas y con un formato accesible y entretenido. Tiene sentido, tomando en cuenta esa tradición, que la película de James Vanderbilt, que transcurre entre 1945 y 1946, remita o se apropie de ese tono. Después de todo, una película sobre el juicio más famoso de la historia –el que se hizo tras terminar el conflicto a los jerarcas nazis que habían sobrevivido– puede acomodarse bien a ese formato. Debería, al menos, hacerlo.
Se puede decir que Nuremberg lo hace, pero eso no la transforma en una gran película ni mucho menos. En función de su formato un tanto retro, se puede decir que se trata de una relativamente efectiva mirada al momento en el que el horror del Holocausto se hizo evidente ante el mundo, pero a la vez es una película a la que le cuesta salirse de los moldes un tanto académicos en los que se mueve. En un universo cinematográfico que ha incorporado las complejidades de películas como La zona de interés es imposible no sentirla un tanto limitada en su búsqueda, tanto dramática como formal. Dentro de sus límites, sin embargo, se acomoda más o menos bien, evitando la mayoría de las trampas en las que caen películas como La vida es bella o similares.
Nuremberg: el juicio del siglo intenta ser un retrato sobre el Mal, pero no en el formato que utiliza el film de Jonathan Glazer, apoyado en la idea «rutinaria y banal» de la monstruosidad, sino desde uno más tradicional. La película bien podría llamarse El psiquiatra de Göring ya que, en lo central, se ocupa de la relación que se establece entre ese jerarca nazi, el primero en la línea sucesoria de Hitler y el más importante entre los sobrevivientes al terminar la guerra, y un psiquiatra que le ponen los Aliados mientras está detenido esperando el juicio, con el fin de evitar que se suicide y de probar su estado psicológico en función del juicio. En segunda instancia, es evidente que sus jefes buscaban que el psiquiatra conociera a Herman Göring y pudiera encontrar sus puntos débiles desde los que atacarlo.

Basada en el libro de no ficción de Jack El-Hai, The Nazi and the Psychiatrist: Hermann Göring, Dr. Douglas M. Kelley and a Fatal Meeting of Minds at the End of WWII, el segundo film como director del guionista de Zodíaco, El sorprendente Hombre Araña y varias Scream arranca justo antes de la rendición nazi mostrando a Göring (un muy expresivo Russell Crowe) cuando se presenta ante un grupo de soldados estadounidenses presto, de una manera tan peculiar como rimbombante, a ser detenido junto a su familia. A diferencia de Hitler, Goebbels o Himmler, el Reichsmarschall (Mariscal del Reich) pretendía encontrar una solución política al asunto y quizás hasta se imaginaba como un sucesor del Führer. La excusa que tendría –la que buscaría luego imponer en el juicio– es que él no solo no tenía nada que ver sino que ni siquiera estaba enterado de la existencia de los campos de concentración y de la matanza de millones de judíos.
Douglas Kelley (Rami Malek, el Freddie Mercury de Bohemian Rhapsody) es un psiquiatra que es enviado a Luxemburgo, donde Göring y otros 21 jerarcas nazis estaban detenidos, para tratar de entender si todos ellos compartían una condición psiquiátrica que los llevó a cometer atrocidades indescriptibles o si, simplemente, se trató de una combinación de ideología, obediencia, ambición y contexto. A la vez, el hombre quería escribir un libro sobre sus experiencias y descubrimientos. En paralelo, el ministro de la Corte Suprema estadounidense Robert H. Jackson (Michael Shannon) intentaba convencer al presidente Harry S. Truman de la necesidad de llevar a cabo el juicio a esos jerarcas, que aún no había sido acordado entre las partes. Para entonces no existía un sistema consolidado de derecho internacional que tipificara delitos como crímenes contra la humanidad o contra la paz, por lo que el juicio se metía en un territorio legal complicado. A eso hay que sumarle el temor a que el juicio pudiera humanizar a los victimarios o sembrar dudas acerca de sus responsabilidades.
El film se ocupará de la relación entre Kelley y Göring, acompañados en muchos casos por un soldado que ofició de traductor (Leo Woodall) y cuya relación con el nazismo y Alemania probaría ser central a la trama. Se tratará de una batalla psicológica por el control de la situación, con el narcisista y muy inteligente jerarca tratando de dominar a Kelley, de hacerse amigo suyo compartiendo asuntos personales con él, mientras que el psiquiatra intenta alimentar su ego para hacerlo revelar secretos. Esa batalla de personalidades fuertes –el psiquiatra tenía la suya, que le causaría varios problemas– es el eje de una película que irá, en paralelo, avanzando con la organización de un evento que va llamando la atención del mundo, con las historias de otros jerarcas nazis apresados y, finalmente, con el juicio en sí.

Temáticamente la película intenta insertarse en un debate que entonces era fuerte y que intentaba entender si había algún rasgo psiquiátrico específico en los acusados o si se acercaban más bien a eso que más adelante se dio por llamar «banalidad del mal», la idea de que no hace falta una mente patológica para cometer atrocidades masivas. Hay un detalle fundamental para entender el contexto. Los horrores más profundos del Holocausto todavía eran bastante desconocidos –se discutía la existencia de los campos de concentración y de la matanza sistemática conocida como «la solución final»– y a eso hay que sumarle la particular personalidad de Göering, que no era particularmente un gris burócrata del régimen sino un tipo ostentoso, carismático, amante del poder y de la teatralidad. Esa característica suya podía complicar más la acusación ya que el hombre tenía recursos para defenderse y manipular a sus acusadores.
Ricard E. Grant, John Slattery, Andreas Pietschmann y Colin Hanks completan de un modo bastante funcional –Grant tiene una buena escena sobre el final, pero está desperdiciado hasta entonces como el representante británico de la fiscalía– a la dupla protagónica. Y, en ese sentido, Nuremberg funciona como un buen recordatorio del carisma de Crowe, un actor que ha quedado algo relegado en los últimos años a películas de acción o roles secundarios. Obeso, intenso, malicioso y dramático –su acento alemán en ridículamente delicioso–, su Göering es una creación que, décadas atrás, le podría haber valido una nominación al Oscar y que deja en claro el raro poder de seducción de este tipo de personajes e ideologías. Malek, por su parte, sigue en plan «tómelo o déjelo» con una actuación altisonante y por momentos extravagante, pero que en la propuesta más tradicional de esta película –y en relación a algunas características del personaje– funciona. Es Shannon el único actor más o menos contenido entre los protagonistas, el que baja a tierra el showdown actoral entre los otros dos.
Tradicional y un tanto solemne, Nuremberg: el juicio del siglo no logra ir mucho más allá de la superficie, proponiendo los temas sobre los que intenta hablar pero sin lograr penetrar demasiado en su complejidad, su ambigüedad y su actualidad. Si bien sobre el final Vanderblit intenta conectar lo que sucedió en esos terribles años con cierta tendencia hacia el autoritarismo y al fanatismo ideológico actual, lo hace de una manera un tanto simplista y desprovista de profundidad. De ese modo, si se quiere, funciona toda la película: como un recordatorio claro, directo y no particularmente sutil, de que los monstruos no existen. Son seres humanos y están entre nosotros.



