Estrenos: crítica de “Un amor incompleto” (“Une part manquante”), de Guillaume Senez

Estrenos: crítica de “Un amor incompleto” (“Une part manquante”), de Guillaume Senez

por - cine, Críticas, Estrenos
11 Mar, 2026 06:26 | Sin comentarios

En Tokio, un taxista francés separado de su esposa japonesa lleva años sin poder ver a su hija debido a las estrictas leyes de custodia del país, hasta que una inesperada coincidencia lo acerca a una niña que podría ser ella. Estreno en cines en España.

Para entender a fondo el concepto de esta película, que parece ir a contramano de las tendencias mundiales en el tema, hay que adentrarse un poco en la compleja ley de tenencia de hijos en Japón, asunto que es central en la historia que se narra. Hasta el momento –todo parece indicar que este año finalmente se modificará–, la ley de ese país no acepta el concepto de tenencia compartida de los hijos. Es por eso que, cuando hay una situación de divorcio complicada, una parte puede impedir que la otra vea a su o sus hijos hasta la mayoría de edad si un juez le concede ese derecho. Hay una lógica –un tanto rara, pero lógica al fin, ligada a la supuesta tranquilidad y seguridad de los niños– detrás de esa ley, pero el resultado tiende a ser el opuesto y es por eso que Japón tiene una de las cifras más altas en el mundo de secuestro de hijos por parte de uno de sus progenitores. La situación es peor aún cuando un matrimonio es internacional, ya que allí el gaijin (extranjero) tiene todas las de perder, no importa si es hombre o mujer.

En Un amor incompleto, Romain Duris interpreta a Jay, un francés que trabaja como remisero por las calles de Tokio, una versión relajada del Travis Bickle de Taxi Driver. Vive ahí hace tanto tiempo que puede dar indicaciones de tránsito a los locales, además de hablar muy bien el idioma. De a poco nos iremos enterando que Jay se fue a vivir allí años atrás con su esposa japonesa y que, tras una separación un tanto complicada, la ex se quedó con la custodia de la hija de ambos, Lily, y él no pudo verla nunca más. Cuando comienza la historia, la niña tiene doce años y él hace nueve que no sabe siquiera cuál es su paradero, aún pagando las legales cuotas alimenticias, cosa que hace regular y religiosamente.

Los complejos procesos legales ligados a la separación en Japón se van explicando en la película mediante un mecanismo narrativo un tanto forzado pero que funciona bien. Jay es parte de un grupo de personas en similar situación a la suya y la llegada de Jessica (Judith Chemla), una mujer francesa que atraviesa con furia e impaciencia lo que él mismo vivió una década atrás, sirve para que entendamos las complejidades de ese proceso y lo arduo que es quebrarlo. Esa amiga, otros miembros del grupo y la abogada que los coordina forman algo así como un grupo de apoyo para un tipo hoy tranquilo y callado como Jay, que parece haberse resignado a no ver a su hija, al menos hasta la mayoría de edad, después de lo que seguramente fueron años de furia y perdidas batallas legales.

Pero en una de esas casualidades que se dan sólo en las películas, a Jay le toca recoger a una niña de doce años que está con muletas y necesita transporte para ir al colegio. Y el hombre empieza a sospechar que muy probablemente la niña sea Lily, su hija. Esa breve recorrida de la casa a la escuela se repetirá a lo largo de unos días en los que el hombre empieza a conectar con la chica –que en apariencia no tiene idea que él puede ser su padre y él tampoco se atreve a decirle nada–, sin saber muy bien qué deparará esa renovada e inesperada conexión.

Vista sin el contexto legal, Un amor incompleto puede parecer una película un poco extraña y una que hasta cierto punto alienta a cometer algún tipo de delito ligado al tema de la (im)posibilidad legal de ver a los hijos. Pero el belga Senez sabe que esa no es una postura demasiado políticamente correcta en estos tiempos y coloca en el medio otros casos que, narrativamente al menos, complementan la situación de Jay. La de Jessica es una de ellas –su misma situación pero desde el lado de una mujer– y luego aparecerá en el grupo un personaje masculino al que quizás hacen bien al limitar el contacto con sus hijos. Lo que la película intenta dejar en claro, desde el costado humano, es lo complejo y a veces absurdo de esas restricciones legales.

Como la mayoría de esas limitaciones se aplican a extranjeros uno podría pensar que la película presenta una versión negativa de ciertos aspectos de la cultura japonesa, pero tampoco es esa la intención del film. De hecho, aquí también se nota el esfuerzo del realizador de “compensar” un par de personajes locales horrendos que la película presenta con otros que se han vuelto íntimos del sufrido francés a lo largo de su estancia allí. Pero en lo esencial, Un amor incompleto no es otra cosa que un film sobre los intentos de un padre de reconectar con la que podría ser su hija tratando, en las medidas de sus posibilidades, de no romper la estricta ley que limita fuertemente esa conexión.

La especie de calma zen que maneja Duris a lo largo de buena parte de los 98 minutos que dura el film es quizás la marca más destacada de la película. Se trata de un hombre entre vencido y resignado que ha aceptado que no le queda otra que adaptarse al sistema, sabiendo que las veces que intentó desafiarlo no le fue bien. Pero esas emociones, que viene logrando controlar con cierta sabiduría hace ya años, se empezarán a resquebrajar cuando el tiempo se le acaba y se da cuenta que la posibilidad de reingresar a la vida de su hija se esfuma. Y Duris, desde la contención, emociona más que cuando se rebela.

El film de Senez es, sin intención pintoresquista ni turística, un bello recorrido por las calles, los barrios, las avenidas y los locales de comida o casas de la Tokyo contemporánea, una ciudad que puede ser cálida, abrumadora e incomprensible a la vez. La capital japonesa es aquí una suerte de laberinto urbano que refleja visualmente el estado mental de su protagonista, quien como gran parte de los empleados de ese país, hacen un esfuerzo enorme por ser obedientes, solícitos y respetar las normas hasta que dicen ‘basta’. Y deben atenerse a las consecuencias.