
Estrenos online: crítica de «Pompeya: Bajo las nubes» («Sotto le nuvole»), de Gianfranco Rosi (MUBI)
Bajo la silenciosa amenaza de la erupción del volcán Vesubio, la gente en Nápoles sigue con su vida cotidiana: los arqueólogos desentierran el pasado, los niños aprenden mientras la tierra vibra, los bomberos esperan la próxima llamada. En MUBI.
La historia del cine tiene una larga saga de «sinfonías urbanas», películas que describen las vidas en distintas urbes del mundo a partir de mostrar sus distintas zonas, habitantes, hábitos y costumbres. De todas ellas, acaso la más conocida sea el clásico de Walter Ruttmann de 1927 Berlín, sinfonía de una ciudad. El film de Gianfranco Rosi, Bajo las nubes, opera desde un criterio similar pero desde un punto de partida opuesto. En lugar de presentar la ciudad a partir de sus notas más destacadas prefiere adentrarse en sus secretos, en sus espacios ocultos y poco transitados, en sus no-lugares, en sus silencios.
La ciudad es Nápoles (el título internacional del film refiere a Pompeya, pero la pintura que Rosi hace de la zona es mucho más amplia) y Rosi la presenta de un modo muy diferente al folclórico. Aquí no estamos ante la ciudad bulliciosa e intensa, llena de gente, de ruido y de furia, sino ante la que existe por las noches, en los trabajos más secretos, en las líneas telefónicas de socorro, en las investigaciones arqueológicas. Todo eso bajo la latente y eterna amenaza del activo volcán Vesubio que, así como lo hizo en el año 79 destruyendo la ciudad de Pompei, en cualquier momento podría volver a tapar todo con su nube eterna de lava y gases volcánicos.

Bajo las nubes retrata esos mundos, sin preferencias ni categorías. La cámara fija de Rosi, con sus elegantes planos monocromáticos, va husmeando en escenarios laterales y marginales a la gran ciudad. Salvo por una ceremonia religiosa popular, poco y nada vemos de la Nápoles «maradoniana» y colorida. La verborragia de su gente aparece más que nada a través de las llamadas telefónicas a los bomberos, que muchos ciudadanos parecen utilizar más para conversar con alguien que para pedir ayuda. Esa central telefónica es uno de los ejes del film. Allí se entrelazan muchas de las historias de una gran ciudad: violencia doméstica, problemas con los vecinos, miedo ante temblores, quejas por la delincuencia y hasta uno que llama, cada rato, para preguntar qué hora es.
También Rosi se apoya en distintos grupos que se ocupan de la restauración y/o la recuperación de objetos del antiguo imperio, un clásico trabajo que cualquiera que haya caminado una ciudad en Italia puede ver con sus propios ojos. La lucha contra el vandalismo, el robo de objetos y el esfuerzo por sacar a la luz esas glorias del pasado funcionan en esa Nápoles secreta y silenciosa que trata de descubrirse a sí misma aunque a nadie le importe mucho (Nota: fui a Pompeya hace una década y el lugar no estaba muy cuidado) lo que hacen.

Rosi sigue con su cámara curiosa para mostrar a un amable anciano que prepara a alumnos de distintas edades para todo tipo de exámenes, chicos que aprenden idiomas, o cocina, o intentan leer clásicos de la Literatura universal. Trabajadores ucranianos y sirios vienen en barcos trayendo cargamentos de granos y hablan, en la intimidad, acerca de sus diferentes problemas y circunstancias. Todo en medio de una zona –que incluye los distintos barrios y sectores de Nápoles y alrededores– dominada por la sombra bella pero peligrosa del volcán, que parece mirarlo todo y, a su modo, juzgarlo.
Es una zona –como bien queda registrado en el último y lírico plano– en el que presente y el pasado se mezclan pero siempre a merced de la naturaleza, del paso del tiempo que va retorciéndolo todo, transformándolo, quebrándolo. Bajo las nubes funciona como una sinfonía paralela en tono bajo, oscuro –la música de Daniel Blumberg aporta para darle al film un clima sepulcral– y amargo en el que la ciudad intensa y violenta del cotidiano conecta, acaso sin saberlo, con la historia de la zona. Mientras en un cine destruido se ven escenas de Viaje a Italia –el clásico de Roberto Rossellini que se ocupa de algunos de estos temas–, la ciudad, acaso el país y probablemente el mundo siguen su marcha sin enterarse de nada. Y no lo harán hasta que sea demasiado tarde.



