
Series: reseña de «DTF St. Louis», de Steven Conrad (HBO Max)
Un meteorólogo suburbano y su intérprete de lenguaje de señas intentan darle “pimienta” a sus vidas con una app de sexo casual… hasta que un asesinato lo complica todo.
Un policial en tono de negrísima comedia en el que es más importante conocer los personajes y los detalles de sus relaciones más que resolver el crimen en sí, DTF St. Louis observa, a través de sus tres protagonistas principales –pero también del ecosistema en el que habitan–, la vida en los suburbios burgueses de una aparentemente anodina y tranquila ciudad del interior de los Estados Unidos. Se trata de un universo plácido, familiar, en el que la gente anda hasta en triciclo por la calle, nadie parece preocupado por la seguridad y todo el mundo está dedicado a cuidar de sus familias y sus trabajos. Pero, sin llegar a ser del todo lynchiana en su construcción, la serie revela que las cosas son bastante más oscuras de lo que parecen.
Se podría decir que DTF St. Louis es un drama policial suburbano pasado por el filtro extravagante de los hermanos Coen. Es que de entrada queda claro que su creador, Steven Conrad (Patriot), tiene un punto de vista y un modo de mirar a su universo muy distinto al habitual de tantas series. La puesta en escena, la música, los diálogos, las actuaciones, el tono: se trata de una serie que, al menos formalmente, no se parece demasiado a las otras que husmean similares universos de parejas burguesas metidas en situaciones criminales, tipo Big Little Lies. Quizás hable de lo mismo, sí, pero lo hace creando su propio y estilizado territorio estético.

La serie se ocupa, más que nada, de las causas y consecuencias de un triángulo amoroso que termina de un modo bastante torcido. El cada vez más versátil Jason Bateman encarna a Clark Forrest, una de esas figuras clásicas de la TV: el carismático presentador del informe del tiempo en el canal local. Un tipo tranquilo, familiero, entre obsesivo y simpático, tiene la peculiaridad de ir y venir por los suburbios en un triciclo reclinado bastante ridículo. A Clark lo acompaña en la emisión Floyd Smernitch (David «Stranger Things» Harbour), quien traduce al lenguaje de señas su informe. Floyd es aún más peculiar que él: amable también pero secretamente endeudado hasta las narices, se desvive por mejorar la vida de su bastante antisocial hijastro, Richard, pero no consigue salirse con la suya en casi nada. Tiene, además, un evidente problema de peso que quiere corregir y una relación sexualmente fría con su esposa por motivos, convengamos, bastante absurdos.
Carol (Linda Cardellini), la esposa de Floyd, es la tercera y potencial pata de este triángulo. Clark y Floyd se hacen amigos al compartir un informe peligroso en medio de una tormenta y empiezan a compartir charlas, salidas al gimnasio y ciertas intimidades. Es allí que Clark –quien por sus horarios laborales también tiene una casi nula vida sexual– le propone usar la app que da título a la serie, cuya sigla «DTF» (o Down to F***) refiere a gente que busca tener relaciones sexuales sin compromiso emocional alguno. Clark busca, le dice, ponerle algo de «pimienta» a su vida, pero Floyd no está muy seguro de ser parte de eso. Unas semanas después alguien aparecerá muerto en circunstancias un tanto extravagantes. Y el misterio de la serie pasará por entender qué se torció en esa relación para llegar a tal final.
El crimen y las detenciones se producen ya en el primer episodio y, de allí en adelante, el guión se ocupa de ir y venir en el tiempo tratando de reconstruir tanto lo que pasó como la investigación en sí, llevada a cabo también por dos investigadores también un tanto particulares: el Detective Homer (el gran Richard Jenkins) y la oficial Plum (Joy Sunday). Ambos tienen sus diferencias de personalidad y funcionan casi como polos opuestos. El veterano Homer tratando de entender un mundo que, asegura, lo supera. Y la más joven Plum, que se autodefine como «pro-porno» y que parece entender mejor en qué tipo de mundillos se movían Clark y Floyd. Pero más allá de husmear las secretas vidas online de sus protagonistas, la serie va directamente al terreno más clásico y transitado del adulterio.

Si bien la temática no tiene nada de novedosa –los triángulos amorosos y/o adulterios son un lugar común del drama suburbano estadounidense desde los años ’50, tanto en la literatura como en la cine–, la serie apuesta a llamar la atención por la manera en la que está construida, por su persistente tono entre cómico y absurdo, por sus estilizados y enrarecidos diálogos –vean la cantidad de veces que todos repiten el nombre de un hotel o los evidentes dobles sentidos de cada frase–, por sus raras decisiones de ambientación y decorado –presten atención a la inusual estación de policía, al citado triciclo o a la ropa que usa Harbour– y por el tono zumbón con el que presenta una situación policial bastante shockeante.
Tampoco es necesariamente original hacer humor en base a una situación trágica entre gente en apariencia «normal». Lo que distingue a la propuesta de DTF St. Louis pasa más por lo bien que logra adaptar ese tono a un formato serial. La influencia de los Coen es obvia, pero raramente Conrad (de quien no vi ninguna de sus series previas pero ahora me dan ganas de investigarlas) la usa para burlarse de sus personajes. A su modo, tanto Clark como Floyd pueden ser un poco patéticos, pero hay un grado de empatía con sus circunstancias que, sino conmueven, por lo menos sirven para conectar con los personajes sin someterlos a la burla o el escarnio. Que los suburbios de cualquier mediana ciudad no son lo relucientes que pueden parecer eso es algo que todos sabemos, pero lo que la serie hace es encontrar formas simpáticas de meterse en esos ambiguos territorios.
Es cierto que Conrad por momentos «se pasa de listo». La serie, en ese sentido, exagera con la peculiaridad de los que la atraviesan. Es como si todos funcionaran en una misma sintonía y St. Louis fuera una ciudad más tipo Truman Show que una real. No es así, pero la apuesta por momentos se vuelve caprichosa y excesivamente excéntrica. Más allá de esos deslices, la nueva comedia de HBO tiene a favor que no se parece a nada en el mercado y que cuenta con tres actuaciones protagónicas (o cuatro, si sumamos a Jenkins) de esas que seguramente serán recordadas a la hora de los premios. Solo basta ver la tensión sexual entre Bateman y Cardellini, la extraña amistad entre él y Harbour, o las bizarras escenas con Jenkins para darse cuenta que el sistema funciona también por el carisma y el talento de sus protagonistas.



