
Series: reseña de «El joven Sherlock» («Young Sherlock»), de Matthew Parkhill (Prime Video)
Esta serie se centra en las aventuras juveniles y los peligros que atraviesa el mítico investigador privado creado por Arthur Conan Doyle. En Prime Video.
En la larga serie de adaptaciones audiovisuales de la obra clásica de Arthur Conan Doyle nos ocuparemos de las más recientes. Guy Ritchie fue el realizador encargado de dirigir las dos últimas películas sobre Sherlock Holmes –las que tuvieron a Robert Downey Jr. como protagonista– y es ahora quien hace lo propio con los primeros episodios, y con la estética en general, de Young Sherlock. La otra reciente continuación de aquel clásico detectivesco es la serie de ocho novelas de Andrew Lane tituladas Young Sherlock Holmes. Para los especialistas, entonces, esta serie no sería una adaptación estricta de Doyle sino una de Lane. En realidad, tampoco es así, ya que en los créditos figura como apenas «inspirada» en esos textos y con muchas diferencias en la historia.
En principio, en la serie creada por Matthew Parkhill –todos se referirán a ella como «la serie de Guy Ritchie» cuando en realidad no lo es–, Holmes no tiene 14 años sino 19, por lo cual cambia buena parte del sentido y la lógica del show. Y los personajes están también modificados y alterados, al punto que el futuro enemigo de Holmes, James Moriarty, acá empieza encarnando a su colega, amigo y ayudante de investigación. Interpretado por Hero Fiennes Tiffin (sobrino de Ralph y Joseph, quien encarna aquí a su padre, Silas), e joven Sherlock es un pickpocket, un pícaro ladronzuelo que se mete en problemas por diversión, ya que usualmente devuelve lo robado. Tiene, además, un trauma infantil que lo atormenta y una complicada historia familiar que se irá aclarando con el paso de los episodios.

Sherlock va a prisión por unos meses por unos robos y su hermano Mycroft (Max Irons) le ofrece un trabajo en la Universidad de Oxford donde conoce a James Moriarty (Dónal Finn). La llegada allí de una exótica princesa asiática llamada Gulun Shou’an (Zine Tseng) desata el misterio ya que la mujer llega con unos antiguos pergaminos que son robados. Y el importante Sir Bucephalus Hodge (Colin Firth) está convencido que Holmes y Moriarty los han robado. La explosión de una bomba que ellos mismos descubren no hacen más que incriminarlos, lo mismo que un misterioso asesinato. Y pronto ambos están escapándose de las autoridades y tratando de resolver los crímenes por los que los acusan en un asunto que va volviéndose más extravagante e internacional con el paso de los episodios.
La serie aprovecha el regreso de los murder mysteries como formato cinematográfico y serial (de los films de Rian Johnson a las muchas adaptaciones recientes de Agatha Christie) y los mete a ambos a enredarse en una historia que los llevará por el mundo y los hará conocer y enfrentarse a personajes cada vez más extravagantes. Al estilo de Ritchie, sin embargo, lo más probable es que el espectador pase rápido por esos escenarios y situaciones sin poder detenerse mucho en ellas, ya que el director británico tiende a filmar todo como si fuera una competencia de velocidad.
Como dato, basta un ejemplo: viendo los primeros 90 segundos del segundo episodio creí que estaban pasando un repaso tipo trailer del primero, pero no era así. La confusión parte de la manera de editar de Ritchie: la aceleración de los planos y los cortes en medio de los diálogos y los cambios abruptos de escenarios le dan a sus escenas muchas veces la lógica de un trailer. Mientras un personaje camina ya empieza la conversación de la escena siguiente y lo mismo pasa con la próxima. O bien es un director con ADHD o se trata de alguien que cree que nadie puede aguantar más de diez segundos en un mismo lugar y con un mismo grupo de personas.

Por fuera de ese nervio narrativo que hoy parece funcionar con los espectadores de plataformas de streaming, El joven Sherlock tiene cierta gracia, más que nada por el aporte de Finn como un inspirado Moriarty, un personaje inicialmente al menos mucho más interesante que los hermanos Holmes, y la enigmática Princesa asiática con su dominio de las artes marciales y trucos varios. Después de un tiempo el misterio se irá volviendo indescifrable y más enrevesado que lo necesario, pero eso será lo de menos.
El que compre esta nueva propuesta de transformar a las peligrosas ciudades inglesas del siglo XIX en algo cool y moderno –son varias las series en sumarse al formato, con las de Steven Knight a la cabeza– seguramente disfrutará lo que proponen aquí Parkhill, Ritchie y compañía. El espíritu es similar al de las películas que el realizador hizo con los mismos personajes, pero ni los actores ni los diálogos están a la altura. Como pasó con James Bond o Indiana Jones, las aventuras adolescentes de nuestros héroes adultos pueden ser simpáticas, pero raramente están a la altura de las clásicas.



