
Series: reseña de «La caza» («Traqués»), de Cédric Anger (Apple TV)
Cuatro amigos van a cazar y empiezan a recibir disparos de otro grupo de cazadores, comenzando una guerra que escalará hasta niveles imprevisibles. Con Benoît Magimel y Mélanie Laurent. En Apple desde el 4 de marzo.
Adaptada de una novela estadounidense de Douglas Fairbairn que ya fue llevada al cine en 1976 (tanto el libro como la película se llaman Shoot), la serie La caza muda la trama en la que se desarrolla a Francia, a una cultura y un modo de relacionarse socialmente bastante diferente al original. Y eso se nota bastante a lo largo de una serie que intenta entrelazar la cultura norteamericana de las armas y la violencia rural a escenarios bastante diferentes de los originales. Si bien hay toda una tradición de franceses adaptando y muy bien novelas estadounidenses a su país, acá por momentos el esfuerzo de ser «universales» se nota.
Acaso ese sea el inconveniente principal de La caza, serie de seis episodios de Apple TV que iba a estrenarse en diciembre pero que se atrasó a marzo por denuncias de plagio. Es que la serie fue acusada de copiar a la novela Shoot y, a juzgar por la manera en la que ahora se acredita y reconoce ese origen, se entiende que tuvieron que admitirlo con algún pago de por medio. Solo basta leer la sinopsis de la novela para darse cuenta que el punto de partida de ambas historias no solo es parecido sino que es idéntico. Luego la serie se extiende por otros costados, pero conceptualmente cuentan lo mismo: un mundo en el que la violencia engendra violencia y en el que la posesión de armas no ayuda demasiado a mantener la calma ni la paz, sino más bien todo lo contrario.

Todo empieza cuando Franck (el gran Benoît Magimel, en esta estapa madura y áspera de sus últimos años) está, junto a un grupo de amigos, cazando en medio de un bosque cercano a la ciudad rural en la que viven. Mientras intentan cazar un ciervo y no logran matarlo, empiezan a recibir disparos ajenos. No se trata de un error ni de alguien con mala puntería, sino que los están apuntando a ellos. Franck y sus amigos (interpretados por Damien Bonnard, Manuel Guillot, Cédric Appietto) se cubren y devuelven los disparos. En la balacera matan a uno de sus inesperados rivales. Pero como escapan de ahí y prefieren no decir nada a las autoridades, no tienen muy en claro qué es lo que sucedió.
Obviamente, no se quedan tranquilos y, tras leer en las noticias de que alguien ha muerto en el bosque, tratan de averiguar quién es, con quién podría estar conectado y algunos se preocupan respecto a potenciales consecuencias. Y, a juzgar por el aspecto de las personas posiblemente conectadas con el fallecido, hacen bien en preocuparse. Franck, especialmente, es el que cree que habrá consecuencias. Y pronto la realidad le da la razón. Unas balas dejadas en su correo, la cabeza de un animal que aparece en la puerta de su casa y un dispositivo trackeando los movimientos de su auto le confirman que los cuatro tienen que prepararse para algún tipo de venganza.
Ahí la serie abre el juego e involucra a las familias de todos ellos, especialmente a la de Franck, compuesta por su esposa, la Dra. Krystel (la actriz/directora Mélanie Laurent), y dos hijos que –como suelen escribirlos los guionistas de todas las series policiales– están siempre a un paso de meterse y meter a sus padres en problemas. La chica de 16 porque sale con un motoquero bastante violento. Y el más pequeño porque escucha cosas que no debería haber escuchado y empieza a actuar de maneras un tanto preocupantes. Y así pasa con los otros también: cada uno a su modo va sintiendo que su vida se desmorona aún más de lo que ya lo estaba.

La caza jugará con las persecuciones, sospechas y ese juego de gato y ratón entre Franck, sus confundidos amigos y quienes los están atacando. La serie juega con el misterio, además, de saber quiénes son estos «rivales» y cuál fue originalmente el motivo para atacarlos. Y allí también las puertas de los sospechosos se amplían más de lo que parece originalmente. Y es por eso que la serie acumula pequeños momentos de tensión prácticamente en todas las escenas y con casi todos los que se cruzan con Franck, su mujer, sus hijos, sus amigos y sus familias.
Si bien la trama fluye dentro de las convenciones de las series policiales, es imposible no sentir algo raro respecto al cambio de escenario. El mundo de personas que viven armadas en sus casas, que se juntan en bares a tomar cerveza y jugar al pool, que se mueven en coche todo el tiempo y que están rodeados de personas de aspecto amenazante se siente un poco fuera de lugar en el escenario en el que transcurre, ya que forma parte de una iconografía demasiado norteamericana. Si bien uno supone que en Francia existirán también cazadores armados que se manejan y mueven con códigos parecidos, la imitación se vuelve muy marcada. Salvo por un detalle no menor de la vida de Franck, que no espoilearemos, pero que es cien por ciento francés.
Con solo seis episodios, la serie es bastante directa y precisa en cuanto a su desarrollo narrativo. Y, por lo general, dosifica bien el suspenso y la creciente violencia con la complejidad que le otorga a sus personajes, especialmente a Franck, Krystel y al personaje que encarna ese gran actor –visto en incontables películas francesas– que es Bonnard. Donde se pierde en terrenos más obvios es en los previsibles conflictos en los que coloca a los hijos de la pareja protagónica. Esto de poner a niños y adolescentes a meterse en líos solo para tensar los hilos de una historia, es un lugar común agotador que los guionistas de series deberían dejar de lado por unos cuantos años.



