
Series: reseña de «The Madison», de Taylor Sheridan (Paramount+)
Tras una tragedia familiar, una adinerada familia neoyorquina viaja a Montana, donde el choque cultural y la vida rural transforman por completo sus relaciones y su futuro.
Hay dos formas de entrar en el mundo de The Madison. Una de ellas es tomarla como un drama que operan bajo el concepto «pez fuera del agua», en el que una persona o un grupo de personas debe adaptarse a vivir en un lugar cuyas reglas desconocen y no hacen más que equivocarse. La otra es pensarla como una puesta en escena de eso que llaman «la batalla cultural». No digamos la más brutal que existe ahora sino una un tanto más tradicional: entre campo y ciudad, gente del interior y de grandes capitales, personas educadas en la naturaleza y aquellos que se asustan con la presencia de una avispa, a las que hay que sumarle otras ligadas a adultos preparados para la vida y jóvenes que creen saberlo todo pero en realidad no saben nada.
Cuidándose de no meter asuntos políticos en el medio, la serie creada por Taylor Sheridan pone esa discusión al frente al llevar a su familia protagónica –gente muy adinerada de Nueva York– a vivir, o al menos pasar un tiempo, en una cabaña perdida en un paraje bellísimo pero alejado de todo en el medio de Montana. Stacy Clyburn (Michelle Pfeiffer) es una mujer de vida acomodada que vive en Manhattan y va de un acto benéfico a tomar el té con amigas y así. Su marido Preston (Kurt Russell) pasa su tiempo libre y vacaciones en esa cabaña de Montana, a la vera del Río Madison, en la que vive su hermano, Paul (Matthew Fox, unos cuantos años más grande que en Lost). Es el lugar que Preston más ama en el mundo pero uno al que la citadina Stacy no quiere pisar. Les alcanza con hablarse por teléfono y listo.

En Manhattan está la familia de ambos. Sus hijas Abby (Beau Garrett) y Paige (Elle Chapman) y sus dos nietas, hijas de Abby, recientemente divorciada. A ellos se les suma Russell (Patrick J. Adams), el marido de Paige, un tipo bastante inoperante al que su intensa y tontuela esposa trata bastante mal. Cuando, promediando el primer episodio, una impensada tragedia sacude las vidas de todos, Stacy y familia deben partir para Montana a arreglar asuntos, lidiar con las consecuencias y tratar de cerrar un doloroso episodio en sus vidas. O quizás, quién sabe, darse la oportunidad de empezar de nuevo en un lugar muy diferente.
Con una actuación soberbia de la gran Pfeiffer –quien de a poco está volviendo a las pantallas en varias series y películas–, The Madison podría ser una gran serie acerca de una mujer que tiene/quiere rearmar su vida en un lugar nuevo y que desconoce casi por completo. Alejada de las comodidades de la alta burguesía neoyorquina y teniendo que, literalmente, ir al baño en una letrina o en un establo, la serie tiene que lidiar con esa reconversión y renacimiento, llevándola a establecer vínculos y conexiones impensadas con personas y universos que desconoce, además de tener que ocuparse de sostener día a día una casa sin personal de servicio ni otros amenities a las que está acostumbrada. Eso sí, en medio del paisaje más espectacular de todos los Estados Unidos.
El problema de la serie de Sheridan es que es eso pero, a la vez, no lo es. Dedicado, como en muchas otras series, a mostrar oposiciones simplistas cuando podría ser un poco más ambiguo y complejo, el creador de Landman rodea a Stacy de una serie de inútiles: dos hijas, dos nietas y un yerno que parecen sacados de una mala comedia de los años ’90. Como buenos millonarios de la gran ciudad, no entienden nada en el nuevo lugar, no saben qué hacer, no resuelven un solo problema, se asustan con cualquier cosa y no hacen más que fastidiarse el uno al otro todo el tiempo. Y ni hablar de su curiosa corrección política, que los mete en problemas más de una vez de una manera que es más paródica que otra cosa.

Sheridan tiene por costumbre tratar a muchas mujeres jóvenes como versiones diferentes de «rubias tontas» (ver la hija de Billy Bob Thornton en Landman) y acá tiene un grupo grande para humillar, a las que hay que sumarle a un marido inepto para casi todo. Y la serie volverá esa parodia más evidente al mostrarlos en comparación a los locales: cálidos, inteligentes, ingeniosos, que saben resolver problemas, ayudar a los otros y son capaces de resolver en un segundo todos los problemas que hacen a los Clyburn gritar del susto.
Si bien es cierto que, promediando el tercer episodio, el exagerado contraste empieza de a poco a apaciguarse, también es cierto que lo hace de la manera más obvia posible: con la aparición de un «chico lindo» –policía y viudo, para más datos, interpretado por Ben Schnetzer– que enamora a Abby y la hace pensar que tal vez comer ciervo no sea el fin del mundo y que, con tal de tenerlo cerca, bien puede sobrevivir a que le digan «indios» a los «native americans». Hay peores cosas que eso, si encima todos ahí en Montana son un amor de seres humanos y el paisaje –mostrado con sensibilidad aunque al borde de la tarjeta postal por la realizadora Christina Alexandra Voros– es una cosa de no creer.
Cuando The Madison deja de lado la comedieta familiar llena de accidentes con avispas y miedo a los osos, mejora. Especialmente cuando se centra en la evolución de Stacy y por la manera en la que Pfeiffer cubre el enorme rango de emociones que su personaje atraviesa. Lo de Russell y Fox ocupa menos tiempo en el relato –ya verán los motivos–, pero las escenas que comparten los dos veteranos actores que no trabajaban juntos desde ese muy buen policial de 1989 llamado Tequila Sunrise alcanzan para levantar el peso de una serie que vive tirándose tiros en los pies a sí misma. Esa versión de The Madison es la que vale la pena seguir viendo. La otra, not so much.



