Estrenos: crítica de «Incontrolable» («I Swear»), de Kirk Jones

Estrenos: crítica de «Incontrolable» («I Swear»), de Kirk Jones

por - cine, Críticas, Estrenos
06 Abr, 2026 10:32 | Sin comentarios

Un joven con Tourette lucha contra tics verbales incontrolables mientras enfrenta rechazo familiar y estigma social, intentando encontrar su lugar en el mundo adulto. Estreno: 10 de abril en España.

Fuck the Queen», es una de las primeras cosas que se le escuchará decir a John Davidson (Robert Aramayo) al ingresar a una ceremonia presidida por la Reina de Inglaterra. No, no es su objetivo iniciar una revolución que acabe con la monarquía británica ni mucho menos. Davidson tiene, en realidad, Síndrome de Tourette, y no puede evitar decir malas y particularmente ofensivas palabras. No es el único de los inconvenientes derivados de esa enfermedad, pero sí el más llamativo, el que más lo mete en problemas y situaciones absurdas.

El caso de Davidson en la vida real se hizo conocido gracias a un documental, titulado John’s Not Mad, estrenado en 1989. Esta película retoma el inicio de esa historia –que se basaba en su adolescencia– y sigue la vida de John hasta la actualidad, signada por los inconvenientes y problemas ligados a ese síndrome que le han complicado el aspecto social, familiar, laboral, personal y sentimental. El caso volvió a salir a la luz en los premios BAFTA cuando Davidson tuvo un inconveniente producto de su dolencia (dijo algo agresivo y racista al elenco de Pecadores), pero se trata de algo que no tiene forma de evitarlo y el problema allí fue del canal que dejó eso al aire.

No será la primera vez ni la última que ese tipo de situaciones alteren su vida. A juzgar por la historia que cuenta el film de Jones, John comienza a tener este tipo de reacciones al entrar a la escuela secundaria –con compañeros nuevos– y tener además que mostrarse ante un scout de fútbol que venía a verlo por sus muy buenas condiciones como arquero. Poco antes de eso, John empezó con algunos movimientos y sacudones en su cabeza, escupidas, movimientos bruscos de brazos, gritos extemporáneos y las potentes «puteadas» que lo llevan a meterse una y otra vez en problemas.

En el pueblo chico de Escocia en el que vivían en los años ’80, el Tourette era algo totalmente desconocido y nadie entendía qué le sucedía, especialmente su propia familia. Su padre lo rechazará y se terminará yendo de la casa, mientras que su madre (Shirley Henderson) no sabrá cómo hacer para ayudarlo o manejarlo, optando por castigarlo, dolida además por su separación, de la que inconscientemente lo culpa. John tendrá problemas en la escuela, con las autoridades y con muchas personas con las que se cruza y a las que no puede evitar agredir verbalmente, diciéndole cosas bastante terribles en casi todos los casos.

Pero las cosas mejorarán un poco cuando, ya veinteañero, se reencuentre con un amigo del colegio que lo trata bien y conozca a su madre, Dottie (Maxine Peake), una enfermera que lo deja soltar todos sus tics sin juzgarlo ni nada parecido. Al contrario, el apoyo de esa familia es tal que John termina mudándose con ellos. Eso sí, corre un riesgo, ya que Dottie cree que John no debe medicarse, por lo que sus episodios se volverán más reiterados e intensos. Pese a eso, la mujer se organiza para conseguirle un trabajo (Peter Mullan encarna a un amable empleado público que lo comprende y lo contrata) y de a poco las cosas empiezan, no sin constantes dificultades, a aligerarse.

I Swear –término de doble sentido en inglés ya que quiere decir «lo juro», pero también «maldigo»– logra salir airosa de un límite muy delicado que tiene que ver con mantener la comprensión y la empatía aún corriendo el riesgo de caer en la broma. Es que, convengamos, por más seria que sea su condición, él mismo reconoce que hay momentos que su tendencia a decir lo peor posible en cualquier situación genera situaciones graciosas por lo incómodas. Pero la comprensión de la lucha del personaje es tal –y la actuación de Aramayo tan empática y humana– que la película jamás se siente burlona ni que explota su situación para el humor más de lo que sucede en la vida real.

El film del director de Walking Ned Devine, por fuera de la potencia dramática de la vida de Davidson, es bastante convencional, apegado a una tradición de comedia dramática social británica que es como un derivado accesible de los films de Ken Loach y compañía. Zonas humildes de Escocia, gente de clase trabajadora y esforzada, situaciones por momentos un tanto viradas hacia el drama: los elementos tradicionales de este tipo de relatos que se apoyan en el realismo pero se organizan más como pequeñas fábulas humanas.

De todos modos, pese a esos convencionalismos, la lucha de John emociona. Sus esfuerzos por lidiar con su situación y, ya de más grande, ayudar a otros que pasan por lo mismo (allí la película incorpora a muchos actores naturales que tienen realmente Tourette) ponen en evidencia la necesidad de que las personas con capacidades diferentes tengan un apoyo social, político y comunitario para poder encontrar y desarrollar las mejores versiones de sí mismos. Y eso, que no todos los políticos comprenden, es lo que esta cálida película celebra.