Estrenos online: crítica de «Exterminio: El templo de los huesos» («28 Years Later: The Bone Temple»), de Nia DaCosta (HBO Max)

Estrenos online: crítica de «Exterminio: El templo de los huesos» («28 Years Later: The Bone Temple»), de Nia DaCosta (HBO Max)

Mientras la civilización colapsa, un joven se une a un culto violento y un médico solitario crea un vínculo con un infectado, poniendo a prueba la empatía humana.

Las películas de zombies no suelen ser demasiado poéticas. Es tan brutal, usualmente, su modus operandi, tan radicales sus mecánicas y procedimientos, que raramente hay espacio para introducir algo así como la belleza o la melancolía. A veces aparece, se deja ver a cuentagotas, pero no suele ocupar gran espacio. Hay que sobrevivir, después de todo, y no suele haber mucho tiempo para observar el mundo y reflexionar sobre la existencia. En Exterminio: El templo de los huesos también hay que correr y buscar refugio contra los atacantes, pero quizás haya otras maneras de enfrentarlos. O, mejor dicho, una manera de entender que quizás los «infectados» no sean los principales enemigos ni lo peor que les está sucediendo a los sobrevivientes.

Dividida, durante buena parte de su metraje, en dos relatos paralelos que eventualmente se cruzarán, el film dirigido por DaCosta utiliza dos ritmos y dos pulsiones diferentes para cada una de sus partes. Una de ellas estará más conectada a los modos y tensiones propias del film distópico y post-apocalíptico, aunque más entre humanos en distintas etapas de destrucción psicológica que entre los seres vivos y los no-muertos que pululan por lo que quedó de la Gran Bretaña. La otra, si bien tendrá a estas criaturas entre sus protagonistas (más que nada, a una de ellas), se alejará radicalmente de esa propuesta para funcionar como un sereno y reflexivo estudio acerca de la posibilidad de conexión entre hombres y bestias.

El final de Exterminio: La evolución, la tercera película de la saga craneada por Alex Garland no era especialmente promisorio. Un grupo de disfrazados sobrevivientes de la pandemia se quedaban con el joven Spike (Alfie Williams) y parecía que iban a llevar todo el asunto a un territorio más de acción pura y dura. Eso, de algún modo, persiste, pero el foco de DaCosta no pasa tanto por la supervivencia del pequeño en ese contexto sino por los desafíos que le genera ser parte de un grupo que funciona de un modo igual o más depredador que los zombies. Y peores, claro, porque lo hacen con la conciencia más o menos entera.

Liderados por un tal Sir Lord Jimmy Crystal (Jack O’Connell), cuya historia como sobreviviente con un pasado familiar religioso se contó al inicio del film anterior, se trata de un grupito pseudo-satánico que trae a la memoria al de La naranja mecánica: se maneja tipo secta y organiza lo que ellos llaman «caridades», que básicamente consisten en destrozar y destripar a sus enemigos, poniendo muchas veces a alguno de ellos a competir contra alguno de los «Fingers», como llaman a los integrantes del grupo, que suelen liquidarlos cruelmente

Spike logra sobrevivir a uno de esos desafíos acabando con uno de estes «Jimmies» (todos se apodan así). Es aceptado en el grupo pero ser testigo y parte de su primer enfrentamiento con otros humanos a los que capturan lo pone ante una complicada disyuntiva. No le queda otra que seguir con ellos pero, a la vez, se da cuenta que no puede actuar de esa manera brutal y sádica. De todo el grupo, solo la llamada Jimmy Ink (Erin Kellyman) parece entender lo que le pasa: ella es consciente también de los modos excesivamente violentos y crueles de Jimmy Crystal y sus secuaces, aunque ella misma sea una de sus brutales miembros.

Pero el verdadero logro de El templo de los huesos pasa por su otra mitad, la que sigue al Dr. Ian Kelson, el médico que ha logrado sobrevivir solo todos estos años a las hordas de infectados. Interpretado por un Ralph Fiennes en plan Apocalypse Now –teñido de iodo, escuchando discos de Duran Duran, cantando sus canciones a voz en cuello y consumiendo opiaceos para sobrellevar la existencia y la soledad–, Kelson es en realidad bastante más sensato y ubicado de lo que parece. Allí donde Jimmy Crystal representa los abusos de los hombres que dicen basarse en la fe, lo de Kelson pasa por la ciencia y, fundamentalmente, por la empatía.

Durante gran parte del relato, su principal problema pasa por lidiar con el que llama Samson (Chi Lewis-Parry), ese zombie Alfa ultradesarrollado, enorme como una criatura ancestral y capaz de arrancar cabezas con las manos y comerse lo que hay dentro. Kelson tiene una solución riesgosa pero sencilla para detenerlo: le lanza una droga con morfina y lo deja medio bobo, contemplando la naturaleza y el cielo. A tal punto lo calma que termina consumiendo de la misma y los dos parecen volverse los más raros amigos. Esa parcial solución se transformará en un raro experimento: ¿Existirá la manera, sino de curarlos, al menos de alterar los hábitos de estos zombies? ¿Será que demostrarles empatía puede re-humanizarlos?

Tarde o temprano aquel agente del caos y este lírico científico chocarán fuerzas de la manera menos pensada en un film que deja casi de lado a los zombies para ocuparse de lo que considera central: los modos de los humanos de lidiar con la disolución de la civilización. El segmento Kelson-Samson tiene características propias del clásico Frankenstein, en especial en lo que respecta a entender cómo la inesperada aparición de la empatía humaniza a un monstruo que hasta entonces actuaba agresivamente en función de cómo era recibido por los demás.

El film de la directora de Candyman bascula entre los dos tonos y ritmos de su relato, poético por un lado y más que nada brutal por el otro. En todos los casos, The Bone Temple dejará bastante de lado los bruscos movimientos de cámara y los curiosos gestos de montaje que caracterizan a los dos films de Danny Boyle de la saga, prefiriendo por una puesta en escena más clásica y por momentos inusualmente calma. Y la película lo agradece.

El encuentro entre ambos mundos tendrá características más que peculiares e incorporará el mejor uso de una canción de Iron Maiden en la historia del cine. Allí, Fiennes sacará afuera una versión metalera de su viejo y querido Voldemort en una escena que quedará para el recuerdo. En otras manos –o en un film con otro espíritu– la escena podría ser vista como algo gracioso y hasta bordear el ridículo, pero DaCosta la transforma en un suculento encuentro entre dos mundos y entre dos modos de lidiar con las amenazas. Allí, quizás, ya no haya lugar para la empatía. Pero el enfrentamiento será inolvidable.