
Estrenos online: crítica de «Los viajeros» («The Travellers»), de Bruce Beresford (HBO Max)
Un escenógrafo de opera regresa a la Australia para enfrentar tensiones familiares, choques culturales y un pasado que se desvanece. Con Luke Bracey y Bryan Brown.
Hay un conocido y, para muchos, controvertido comentario de Quentin Tarantino en el que él analiza el motivo por el que quiere solo hacer películas hasta los 60 años y dejar el cine allí. Dice que, por lo general, son muy pocos los directores que han mantenido el nivel de calidad de su obra pasada esa edad. Si bien es un análisis que generaliza en exceso –hay muchas grandes obras de directores de más de 60, 70 y hasta de 80 años–, hay algo de cierto en esa caracterización. Hay una cierta edad que los cineastas (o muchos de ellos) pierden cierto pulso no necesariamente respecto a las modas de cada época sino en relación a su propia obra, entregando films cada vez menos creativos, interesantes, potentes.
Viendo Los viajeros esa afirmación se me venía una y otra vez a la mente. Si bien nunca estuvo entre los más destacados cineastas australianos, Bruce Beresford supo ser un muy buen realizador, con películas clásicas como Breaker Morant, Tender Mercies, la popular Driving Miss Daisy y varios éxitos comerciales de los años ’80 y ’90. A los 85 años, el director sigue filmando películas para cine y TV en su nativa Australia y, a juzgar por este film que estrena HBO Max, su nueva obra está lejos de ubicarse entre sus clásicos. Da, de hecho, una sensación similar a la que comentaba Tarantino: la de un realizador que ha perdido el pulso, la brújula y hasta el contacto con el mundo real.

En ese sentido, la curiosamente llamada The Travellers (no hay viajes que ameriten un título así, más allá de algunas idas y vueltas del protagonista) es una comedia dramática familiar que apuesta a emocionar con los trucos más básicos del manual. Es un film sentimental y old fashioned al que, a duras penas, su elenco (en realidad, uno de sus tres actores principales) salva de caer en eso que hoy llaman cringe. Uno ve la película por momentos deseando que no caiga todavía más bajo. Y, por suerte, se detiene justo en el límite.
Todo ya luce bastante feo desde los planos de inicio, con una fotografía chata y un montaje televisivo. Luke Bracey encarna a Stephen, un famoso diseñador de escenarios para operas de origen australiano que vive y trabaja en Europa hace años. Ante la inminente muerte de su madre, que ya casi no lo reconoce (y a la que el film trata como un personaje muy poco importante), Stephen regresa a su país natal a acompañar a su padre, Fred (Bryan Brown, veterana estrella del cine australiano que colabora con Beresford desde las viejas épocas), quien está viviendo solo y tampoco parece estar del todo lúcido.
El reencuentro de Stephen con la vida de pueblo chico (el lugar en el que habitan está en una zona poco habitada de Australia Occidental, a unas horas de Perth, la ciudad más populosa de esa región) es un compilado de choques y desencuentros: con ex amantes, ex compañeras de escuela, ex bullies del colegio, con su preocupada hermana (Susie Porter) y, especialmente, con su excéntrico padre, cuya casa se cae a pedazos y quien se conduce con todo tipo de excentricidades: se baña con la ropa puesta, come de una manera más que básica y tiene la casa hecha un caos.

El film se ocupará de los conflictos de Stephen con su profesión –tiene que volver pronto a Europa para una puesta en Alemania–, con su familia, con sus «chicas», con los toscos ex compañeros de escuela y con su familia. Los conflictos incluyen también un lado de choque cultural. A Stephen lo pinta Beresford como alguien entre refinado y snob –toma vino en lugar de cerveza, le gusta «el arte», sabe pronunciar Giuseppe Verdi y pide chai latte con leche de almendras– frente a la gente del pueblo que toma pintas de cerveza, ve cricket en la tele y bebe café «con azúcar y leche normal». Hay personajes secundarios racistas y algunos comentarios de su padre que a Stephen le resultan ofensivos y así. Todo puesto en términos muy básicos.
The Travellers no logra ser emotiva –lo intenta de manera brusca en el final, con segmento de opera incluida y no lo consigue–, tiene algunos giros narrativos extravagantes y hasta se presenta como un film, a juzgar por su final, con posible secuela, ya que tiene un cierre inusualmente abierto para este tipo de dramas tradicionales. Todo funciona de la manera más simple y pedestre imaginable, algo raro de imaginar para un realizador que tiene en su haber varias nominaciones al Oscar (como director y guionista) y que compitió cuatro veces en Berlín y tres en Cannes. De no ser por ciertas peculiaridades que ofrece la caracterización de Brown, estaríamos hablando de un film sin ningún valor. No digo que Tarantino tenga razón con su fundamentación para retirarse, pero algo de sentido su comentario tiene.



