
Festival de Cine Francés / Estrenos: crítica de «El Gran Arco» («L’Inconnu de la Grande Arche»), de Stéphane Demoustier
Un arquitecto danés idealista enfrenta política, burocracia y egos mientras trata de construir un monumento en París, arriesgándolo todo para mantener la pureza de su visión. Con Claes Bang, Swann Arlaud y Xavier Dolan.
Dios se va a dar cuenta«, dirá el arquitecto danés Johan Otto von Spreckelsen cuando le informen que han cambiado las dimensiones de los pilares en los que montará la enorme construcción hoy conocida como el Arco de La Défense, en las afueras de París. El cambio solo es subterráneo y nadie lo verá, le aclara el arquitecto Paul Andreu, su socio local en la construcción, pero a él no le importa. Su visión tiene dimensiones específicas e inmodificables. Y si la gente no se entera, es secundario. Alguien más lo estará viendo y juzgando.
Johann es un desconocido en el mundo de la arquitectura cuando, a principios de los ’80, gana el concurso armado por el gobierno francés de François Miterrand para construir un monumento en la zona de La Défense, uno alineado a la perspectiva –el llamado eje histórico— que incluye al Arco de Triunfo y el Louvre, entre otros monumentos y espacios urbanos. A tal punto es así que, en el inicio casi picaresco de El Gran Arco, los funcionarios franceses sufren para ubicarlo y terminan yéndolo a buscar personalmente a un pueblito y llamándolo a los gritos mientras el hombre pesca con su mujer en medio de un río.

Encarnado por Claes Bang (The Square), Von Spreckelsen es un personaje peculiar, un tanto excéntrico. Incrédulo con la elección –él mismo dirá en conferencia de prensa que su obra consiste en «cuatro iglesias y mi casa»–, el hombre se mudará a París junto a su esposa Liv (Sidse Babett Knudsen, de Borgen) para llevar adelante el proyecto. Una vez allí se meterá en un universo completamente distinto al que conoce: burocracias, negocios, egos enfrentados, crisis políticas y, sobre todo, personas que no tienen «la pureza de visión» que él cree poseer.
Su principal apoyo es el del propio Miterrand (Michel Fau), a quien el film presenta como un tipo también un poco excéntrico e interesado en el arte, alguien que entiende a Von Spreckelsen y trata de apoyarlo en su búsqueda. Quienes lo rodean, en cambio, son más pragmáticos y piensan que lo posible es mejor que lo ideal, empezando por Subilon (encarnado por el también realizador Xavier Dolan), el burócrata encargado del proyecto, y Andreu (Swann Arlaud, de Anatomía de una caída), un prestigioso arquitecto francés que construyó el Aeropuerto Charles de Gaulle, con el que confronta una y otra vez.
Adaptada de la novela de Laurence Cossé publicada en 2016, El Gran Arco (en España se estrenó como El arquitecto) irá profundizando estas diferencias, que se volverán más notorias a partir de circunstancias políticas, por un lado, y por la propia mezcla de obsesión y paranoia de Von Spreckelsen, que siente que debe pelear por conservar cada una de sus elecciones, lo que lo llevará a tensar casi todas las relaciones que tiene. En ese sentido, el film de Stéphane Demoustier es muy honesto a la hora de plantear una situación en la que no hay evidentes héroes ni villanos, sino personas con diferentes puntos de vista y objetivos personales.

La falla –menor, pero falla al fin– de la película pasa por no desarrollar del todo bien el universo de sentido en el que funciona el protagonista, que sigue resultando un enigma hasta el final. Al conocerlo con el proyecto ya terminado y sabiendo poco de su vida, algunas de sus obsesiones parecen caprichos y a su misticismo le falta un sustento dramático que vaya más allá de sus recuerdos de un pasado familiar religioso. Y la actuación de Bang refuerza a esa zona gris en la que habita el personaje, que por momentos genera empatía y, en otros, incomodidad o hasta algo que se acerca al rechazo.
Lo mejor de un film que trabaja muchos temas similares a los de El brutalista, aunque desde una perspectiva más acotada y un tono un tanto más ligero, pasa por el retrato minucioso del día a día de un sistema burocrático que es capaz de abrumar a cualquier espíritu creativo. Si bien muchas de las objeciones que le hacen a Johann son sensatas (algunos materiales que quiere usar son potencialmente peligrosos, otros no están habilitados para su uso), la acumulación de restricciones y modificaciones terminan por desvirtuar la obra del arquitecto al punto de tornarla irreconocible para él. Y el sino trágico del personaje pasa por esa, si se quiere, filosófica decepción.
Por último, lo que Demoustier pone en perspectiva es el combate entre lo urgente y lo duradero, lo que responde a intereses políticos de corto plazo y trabajos como este que serán vistos y analizados por muchísimos años. Una escena en particular –ligada a lo que pasa cuando hay un cambio en la estructura de gobierno y aparecen nuevos interlocutores para los impulsores del proyecto– deja en evidencia esa disputa entre los que calculan el beneficio inmediato y los que sueñan con la eternidad y la grandeza. En el medio de esa batalla cultural, perdemos todos.
El film se exhibe en el Festival de Cine Francés de Buenos Aires el sábado 11 de abril a las 22 y el miércoles 15 de abril a las 19. En el Cinépolis Recoleta. Más info, acá.



