
Hollywood vs. Cannes: control, riesgo y el nuevo ecosistema mediático
Mientras Hollywood refuerza el control sobre sus relatos y campañas, los riesgos de pasar por Cannes parecen superar los beneficios, redefiniendo el rol de los festivales.
El paradigma de la distribución cinematográfica ha cambiado. Esto no es ninguna novedad. Los estrenos cinematográficos ya no son el centro de todo, las plataformas han crecido en peso y producción, y los festivales de cine están teniendo un rol diferente al que solían tener. El anuncio de que el Festival de Cannes no tendrá películas de los estudios de Hollywood, en ese sentido, aparece como un shock y, a la vez, no lo es. ¿Qué explica la ausencia de tanques o grandes nombres de la industria que tienen films casi listos para su estreno?
Una breve introducción. En los últimos años los estudios llevaron a Cannes algunas grandes películas, pero por lo general se trata de grandes pre-estrenos de estrenos inminentes: algún capítulo de las sagas de Star Wars, Top Gun, Indiana Jones, Mad Max, Misión: imposible y así, acompañado de grandes estrellas y el esperado circo de la alfombra roja. Este año esas películas brillan por su ausencia. Steven Spielberg no trae Disclosure Day, Christopher Nolan no lleva La Odisea, la dupla Cruise-Iñárritu llega con Digger y no hay lugar siquiera para The Mandalorian & Grogu. ¿Cuál es el motivo?

En principio suena raro. Las películas que pasaron por Cannes, en los últimos años, han logrado ocupar lugares importantes en la conversación cinematográfica anual por fuera del circuito festivalero, al punto que Valor sentimental, El agente secreto y Fue solo un accidente estuvieron nominadas al Oscar, ganaron premios y hasta coquetearon con el de mejor película. Esa repercusión podría dar a entender que Cannes tiene un lugar cada vez más preponderante en esa «industria del prestigio». ¿A qué se debe entonces la ausencia?
Hay un motivo tradicional que tiene que ver con las fechas: Cannes llega en mayo y para los Oscars falta mucho. Los estudios prefieren esperar a lanzar sus productos en el último tercio del año para impactar más directamente en la temporada de premios. Es por eso que es más usual ver películas de los estudios en Venecia, en donde también aceptan de mejor gana los títulos surgidos en plataformas.
Si uno presta atención a los títulos que mejor aprovecharon su paso por Cannes se dará cuenta que casi todos son «internacionales»: europeos, asiáticos, latinoamericanos. Para esos films con menor presupuesto y empuje para darse a conocer en todo el mundo, el paso por la red carpet y, con suerte, una buena repercusión crítica, puede modificarlo todo. Pregúntenle sino a Kleber Mendonça Filho, quien jamás imaginó que al presentar El agente secreto en Cannes iba a terminar pasándose un año entero de gira interminable por el mundo y que su carrera iba a cambiar por completo, convirtiéndolo en una estrella del cine mundial.

Eso no necesariamente sucede con las películas de Hollywood. No le fue bien a Matate amor, tampoco a Eddington, El esquema fenicio pasó relativamente inadvertida, y solo The Mastermind, mucho más pequeña, salió relativamente favorecida. Dicho de otro modo: Cannes es una plataforma ideal para películas medianas y coproducciones europeas de autor, pero para las grandes producciones hay más riesgos que potenciales beneficios, tienen más para perder que para ganar.
Tengo la impresión de que hay otro motivo, aún más central, para esa ausencia. El cambio del ecosistema mediático ha hecho que Hollywood pueda controlar la narrativa de sus películas localmente, mediante influencers amigos, publicidad en medios, prensa afín y un «control de daños» efectivo. Cuando esas películas van a Europa se encuentran con un universo mucho más áspero y más difícil de controlar: los tradicionales críticos –los franceses son especialmente duros– que muchas veces son menos amables con las grandes producciones y son menos manipulables por el poder de los estudios y las plataformas.
Películas como Eddington y Mátate, amor salieron muy dañadas de Cannes y no levantaron cabeza. Las grandes sagas corren menos riesgos –suelen ser impermeables a las críticas–, pero tampoco necesitan sí o sí de esa red carpet, especialmente cuando desembarcar en la Costa Azul requiere un enorme presupuesto, aún para ese tipo de empresas. Para ellos, queda cada vez más claro, es mucho más manejable seguir los lineamientos clásicos de hacer junkets de prensa en Estados Unidos y ciudades seleccionadas, armar clips virales con alguna curiosidad y no correr riesgos en la «selva mediática» incontrolable de Cannes.

Luego de lo que pasó en la Berlinale –en el que todos los periodistas presionaron a las estrellas a sentar posición sobre varios conflictos internacionales, en especial la situación en Gaza–, muchos estudios deben pensar que tampoco tiene sentido someter a sus talentos a ese tipo de interrogatorios en los que casi todos tienen para perder. Si dicen porque dicen, si no dicen porque no dicen. Alguien siempre se puede molestar y todo termina siendo un lose-lose situation. ¿Para qué enredarse en otro potencial problema?
Hollywood se ha recostado en sus fórmulas, su estructura conocida. Influencers pagos, una prensa dócil (que negocia acceso o publicidad por amabilidad), una estructura de redes sociales manejable vía algoritmos y así. Los festivales de cine (de todos ellos Cannes es el más duro, pero Berlín no le va atrás y solo queda Venecia entre los relativamente amables) son, en ese sentido, un incordio, un escándalo potencial, un negocio de alto riesgo. Spielberg no lo necesita. Nolan tampoco. Los festivales del futuro serán cada vez más europeos, en segunda instancia asiáticos y, bastante atrás, latinoamericanos o africanos.
A la larga y en medio de tanta confusión, quizás no sea un mal panorama para los años que se vienen.



