Series: crítica de «Privilegios» («Privilèges»), de Marie Monge y Vladimir de Fontenay (HBO Max)

Series: crítica de «Privilegios» («Privilèges»), de Marie Monge y Vladimir de Fontenay (HBO Max)

Una joven presa que hace una pasantía en un hotel de lujo en París enfrenta abusos, intrigas y alianzas peligrosas mientras su ambición la arrastra a un mundo corrupto. Con Manon Bresch y Melvil Poupaud.

El lado secreto de los hoteles de lujo –el detrás de las bambalinas que los clientes usualmente no ven– es el escenario principal de Privilegios, mezcla de thriller y drama urbano centrado en las experiencias que vive allí una joven que está a prueba para trabajar en un establecimiento de ese tipo, ubicado en pleno centro de París. Apoyándose en las tensiones cotidianas con distintos clientes, entre el personal y, más que nada, en la relación entre la protagonista y el manager, la serie francesa se presenta como un retrato seco y realista, aunque su trama por momentos la acerca más a un más tradicional relato de suspenso.

Adèle Charki (Manon Bresch) no es una empleada común. La chica en realidad está presa y acaba de conseguir una pasantía para trabajar en el ficticio Citadel, uno de los hoteles top de París. Le han dicho que el trabajo es muy exigente, que muy poca gente queda y, fundamentalmente, que cada noche, a las 20, tiene que volver a la cárcel. Adèle parece muy segura de poder quedarse con el puesto y, con la ayuda de una amiga que la lleva y trae en su coche, arranca sus funciones.

Ya de entrada queda claro que el lugar no solo está plagado de tensiones y de urgencias sino que el trato de los jefes y hasta de muchos colegas es bastante áspero, seco y hasta complicado. Lo peor en realidad son los clientes, todos millonarios y la mayoría de ellos arrogantes y maltratadores. Como el hotel los cuida, mima y protege para mantener su reputación como un lugar «amable» para ese tipo de clientela, el personal tiene que soportar de ellos todo tipo de humillaciones, especialmente el más raso.

A Adèle la ponen como maletera y pronto es acusada por un desagradable cliente de robarle un Rolex. Ella demuestra que no es cierto pero es castigada como si lo hubiera hecho. Y así, con todo. La chica, sin embargo, se entera de un requerimiento curioso de una estrella pop que allí se aloja, uno que nadie puede conseguir, y se dispone a hacerlo por su cuenta tomando unos cuantos riesgos. Cuando la cosa se complica aparece Édouard (Melvil Poupaud), el manager del hotel, que valora su esfuerzo, agradece su hallazgo y la saca de apuros.

Allí comienza una relación compleja ya que él –que se da cuenta que la chica tiene cierta iniciativa y no teme meterse en asuntos complicados– la utiliza para algunos «mandados» no del todo legales. Y ella aprovecha el tenerlo como padrino para ubicarse mejor en el ecosistema hotelero, plagado de potenciales conflictos. En el medio, Privilegios irá contando las historias de otros clientes –familiares del dueño, políticos de distintos países, un jugador del PSG que vive allí, entre otros–, sus negocios, sus caprichos y hasta sus caros, extraños o problemáticos consumos.

El universo que presenta la serie es mostrado desde el realismo más urgente, con una cámara móvil, inquieta y veloz, y con personajes que se comportan y actúan de manera directa, en un estilo muy deudor del drama francés urbano del cine contemporáneo. Y ese tono es la mejor arma que tiene la serie, ya que se trata de una intensidad que sirve para disimular algunos de sus problemas y recursos más trillados de guión que a veces utiliza.

Muchas de las situaciones que atraviesa y en las que a conciencia se mete la protagonista son de por sí entre insólitas y desafiantes, especialmente viniendo de alguien que sí o sí quiere conservar su trabajo. En lugar de tratar de asimilarse a su nuevo mundo, Adèle de entrada se destaca, ingresando en un mundo de disputas internas (entre el personal de seguridad, conserjería y distintos managers hay constantes tensiones y maltratos) y de fricciones que solo puede terminar mal. Lo que pasa en su vida por fuera del hotel queda en principio en segundo plano, pero algunos problemas que surgen allí condicionan su vida laboral también.

Muy buenas actuaciones, una más que creíble composición de lugar (el hotel es ficticio pero cada detalle está muy logrado) y una creciente tensión entre sus protagonistas son los elementos que mejor funcionan en esta serie francesa. Sus logros finales estarán en relación a si sigue estando cerca del realismo urbano que tan bien presenta desde su puesta en escena o si preferirá apostar a los recursos más típicos de un guión serializado en el que todo, todo el tiempo, tiene que ser cuestión de vida o muerte.