
Series: reseña de «Los testamentos: De las hijas de Gilead» («The Testaments»), de Bruce Miller (Disney+)
Una adolescente criada en Gilead empieza a cuestionar su mundo al conocer a una joven del exterior, iniciando un despertar que la acerca a la rebelión. Desde el 8 de abril por Disney+
La serie El cuento de la criada se apoyó, inicialmente, en la novela homónima en la que se basaba para luego –en sus restantes temporadas– moverse por su cuenta. Es que el libro clásico de Margaret Atwood, de 1985, fue cubierto en esa temporada inicial y ya el resto fue craneado por la imaginación del creador de la serie, Bruce Miller, y su equipo. En un punto intermedio entre todas esas temporadas (la serie se hizo entre 2017 y 2025), la propio Atwood escribió The Testaments, una secuela de la novela –no de la serie– que transcurría 15 años después de los sucesos de la original. Pero como la serie siguió avanzando, ahora esa secuela llega casi como una continuación directa, sin tantos años de por medio.
La diferencia de esta continuación pasa por tres ejes fundamentales. La protagonista ya no es June (Elisabeth Moss), sino Agnes (la actriz revelación de Una batalla tras otra, Chase Infiniti), una adolescente criada en Gilead, que solo conoce ese mundo y nada más, por lo que parece muy habituada a sus exigentes, curiosas y «tradicionales» costumbres. Es un personaje, además, que tiene un pasado relevante, pero los que no vieron The Handmaid’s Tale quizás prefieran no saberlo.
La voz en off de Agnes que conduce parte del relato, sin embargo, narra desde un futuro diferente. No sabemos desde dónde o en qué situación, pero sus expresiones dan a entender que los hechos que vemos sucedieron en el pasado y ella va reconociendo, al contarlos, su manera inocente de enfrentarse a ese universo y a sus raras costumbres. Luego la voz en off cambiará hacia otros de los protagonistas, pero para eso falta un tiempo.

El tercer ítem central y el que quizás más diferencia a ambas series es la edad de las protagonistas. Los testamentos funciona un poco como una novela para «adultos jóvenes», ese mercado tan popular década y algo atrás que tenía a adolescentes protagonizando épicas historias de supervivencia en universos distópicos (Los juegos del hambre es su mayor ejemplo). Y eso será central para entender la lógica de este relato que se apoya en el lento pero decisivo descubrimiento, de parte de Agnes, de que el mundo «normal» en el que creía estar viviendo de normal no tiene nada.
Esa revelación va cayendo de a poco. Al comenzar la historia, Agnes es una chica modosa, educada y piadosa que sigue a rajatabla todos los preceptos y obligaciones de las chicas de su edad. Se viste, como todas, de color «púrpura» y espera ansiosa su primera menstruación para poder ser entregada en matrimonio por su severa madrastra Paula (Amy Seimetz) y el equipo de fervorosas «tías» que controlan lo que hacen y dejan de hacer las chicas en Gilead, incluyendo a la ya mítica Lydia (Ann Dowd), cuya vida dio varios giros en El cuento de la criada y hoy la encuentra en un lugar un tanto particular, uno que la serie irá ampliando a lo largo de los episodios, al contar también su historia.
La primera temporada se ocupará de su lento descubrimiento de esa suerte de prisión misógina en la que habita. Y eso empezará a revelarse cuando Lydia le de como tarea conectarse y «educar» a Daisy (Lucy Halliday), una chica de su edad que, a diferencia de ella, llegó a Gilead tras vivir en Toronto. Daisy ve las cosas de otra manera ya que tiene en su cabeza cómo es la vida fuera de ese curioso estado totalitario, que parece una exagerada combinación entre lo que hoy son, supuestamente, dos rivales bélicos como Estados Unidos e Irán.
Si bien Daisy parecerá hacer lo posible por amoldarse a la forma de vida de Gilead, pronto –al final del primer episodio, con un flashback al pasado que traerá una aparición especial– quedará claro no solo que no puede hacerlo sino que, quizás, tenga otros planes. Las escenas de su vida previa pronto se sumarán a la historia e irán sirviendo para entender que lo que sucede en Gilead quizás no sea una conexión casual sino parte de un plan organizado.

La propia Atwood dijo haberse inspirado para esta secuela en movimientos como el #Niunamenos de la Argentina y en las campañas contra el aborto militadas por las mujeres jóvenes aquí, al punto de que el color verde será en algún momento importante en las vidas de las chicas. Y esa inspiración es la que lleva a que la historia, en esta trama, pase más por la rebelión juvenil que por la de los adultos, repitiendo similares ingresos laterales –vía adolescentes en un colegio– a universos conocidos, como funcionó en el caso de Merlina en relación a Los locos Addams.
A través de ir mostrando los diferentes procesos que Gilead obliga hacer a las jóvenes –a las que sus madres y sus «Martas» preparan para una vida de servilismo en plan trad wife y de las que casi todos los hombres cruelmente se aprovechan–, Los testamentos irá haciendo crecer una historia de suspenso, rebelión y posible escape de parte de varias de estas sojuzgadas jóvenes que pueden, para sorpresa de Gladys, combinar el más amable servilismo con un grado inusitado de violencia y crueldad.
En el medio habrá recursos narrativos un tanto más obvios, como desencuentros, posibles romances, confusiones, tensión sexual y la constante sensación de que las niñas están siempre al borde de perderlo todo si cometen el más mínimo error y son descubiertas. Cuando una de las chicas del grupo de Agnes se tropieza y casi se le cae una tetera con té, sabrá que su futuro en la vida ya está, al menos según las reglas de Gilead, perdido. Y así de tenso es todo.
Los testamentos sigue los lineamientos de la serie anterior y también su estructura. Lo más refrescante, si se quiere, es el recambio generacional y, sobre todo, la aparición de la carismática Infiniti en un rol que, de a poco, va a ir alterándose, en tanto su Agnes vaya descubriendo el mundo de sojuzgamiento en el que vive y que siempre consideró normal. A diferencia de la anterior, la nueva serie no intenta predecir el futuro sino que muestra una versión apenas excesiva del presente. La novela de 1985 fue pura ciencia ficción. La de 2019, transformada en serie hoy, se acerca tristemente mucho más a la realidad.



