Diario de viaje (Doha, Qatar) – Parte 1

Diario de viaje (Doha, Qatar) – Parte 1

por - Críticas, Otros
20 Nov, 2010 08:18 | Sin comentarios

Limbo. Eso es. Uno ha escuchado hablar de situaciones en las que sentís que no estás realmente ahí sino que lo soñás, que lo estás imaginando, que lo que te está pasando sucede en algún lugar que no existe en el mundo real. O, al menos, no en el lugar en el que uno vive […]

Limbo. Eso es. Uno ha escuchado hablar de situaciones en las que sentís que no estás realmente ahí sino que lo soñás, que lo estás imaginando, que lo que te está pasando sucede en algún lugar que no existe en el mundo real. O, al menos, no en el lugar en el que uno vive (lo que en inglés suelen denominar “out-of-body experiences”).
La experiencia de llegar a Doha, Qatar, fue bastante curiosa: el viaje en sí, el arribo, la recepción, recorrer la ciudad de noche, la llegada al hotel, el alucinante cuarto en el que estoy y, a los quince minutos, toparse en CNN con la muerte de Néstor Kirchner terminaron por hacerme sentir eso. Todo era bastante irreal antes, pero una vez que vi en televisión y luego confirmé online (sí, confirmé, porque no lo creía del todo) lo que había pasado, sentí como que algo raro había ocurrido y me había despertado después del viaje en avión en una dimensión paralela, en un mundo con otras reglas, otra lógica, donde tal vez la muerte de Kirchner era algo que sucedía en el presente, pero ese presente no era hoy, sino que -de algún modo- el viaje en avión me había depositado no sólo en otro país, en otra cultura y, sobre todo, en un extrañísimo paisaje, sino que me había transportado en el tiempo, o hacia una dimensión paralela.
¿Esto será el limbo?

 
No soy creyente, soy cinéfilo. Mi única posible explicación para esta sensación es una combinación de “Star Trek” y esa película de Albert Brooks que transcurre en el Paraíso. Pero si a eso le suman una ciudad que es una mezcla de Las Vegas y Miami, y que parece depositada por una cultura alienígena en medio del desierto, en la que hay shoppings con locales de las marcas más conocidas del mundo siendo recorridos por mujeres con burkas de los más complejos y extraños (nada supera la mujer con velos cubriéndole la cara y con anteojos de sol encima… estando adentro del shopping), pero a la vez con tal cantidad de extranjeros que lo que más se escucha es el inglés, la alucinación se agranda.
Y ni hablar del hotel, que si no fue diseñado por Philippe Starck le ando cerca, y una ciudad que mezcla dunas y obras en construcción con torres iluminadas al mejor estilo gran ciudad norteamericana, comidas de todo tipo y origen, McDonald’s en árabe y el blanco radiante de casi toda la escenografía (porque eso parece todo, vamos, una escenografía) musulmana. Podría seguir por un rato y no llevo ni siquiera un día: 4×4 de tamaños imposibles, un sol abrasador (40 grados de día), la sensación de que los objetos se desintegran apenas uno los deja de ver –o que no hay nada detrás de las fachadas– y que, en el medio de todo esto, hay un festival de cine puesto a todo trapo.

Todo es demasiado irreal: el viaje (una de las pocas veces que viajé en Business Class, lo cual ya de por sí te ubica en otro universo), la llegada (una asistente te hace los trámites de inmigración mientras vos esperar tomando algo en “la terminal premium” del aeropuerto), el calor al salir a la calle de noche, dar vueltas por la ciudad (¿ciudad?) esta mañana para conseguir una credencial, correr y llegar a ver la nueva película de Robert DeNiro y Edward Norton (“Stone”, bastante “pseudomística” de por sí) con menos de diez personas en el cine. Diez. En la siguiente, “Incendies” (número puesto para una nominación al Oscar extranjero), éramos cuatro.

 Está también el Centro Cultural Katara, un inmenso y semivacío complejo de más de 30 edificios numerados, puesto con todo el lujo del otro lado de la ciudad y donde el DTFF (Doha Tribeca Film Festival) tiene sedes que envidiarían todos los festivales del mundo (y tanta gente trabajando que casi podrían poner cuatro por invitado) y al que te llevan en buses con distintos colores según el recorrido. El hecho de que todo es gratis, todo el tiempo: comida, bebida, transporte. El “lounge” de prensa tiene un restaurante… gratis. Y así, cada evento, presentación y lugar. Todo mientras Qatar hace un esfuerzo por ser la sede del Mundial 2022 y uno, realmente, no tiene demasiada idea de qué es lo que pasa detrás de las fachadas.

No he hablado con nadie francamente del tema ni de las contradicciones que me despierta este lugar, pero imagino que debe tener su lado oscuro. Por más que vendan la imagen de ser el país con mejor ingreso per capita del mundo, la cantidad de policías y agentes de seguridad que rodean todos los lugares por los que pasé me hace sospechar que no todo es tan tranquilo ni, a su manera, armonioso. Acaso esa tensión tenga que ver con un elemento religioso que se ve bastante aplastado aquí. Seguramente hablo desde el desconocimiento de la geopolítica internacional -sé que Qatar, Bahreim, Arabia Saudita y los Emiratos Arabes tienen una relación con la cultura occidental, digamos, bastante más aceitada que sus vecinos como Irán, Irak, etc-, pero ver cuatro hombres con túnicas blancas y varias mujeres cubiertas de negro de pie a cabeza tomando algo en un Starbucks me resulta bastante extraño. Me vuelve medio talibán.

Y si la ciudad y el viaje y el hotel no fueran suficientes, y si el festival fantasma no alcanzara a describir la sensación de “limbo” que me atraviesa, lo que paralelamente se vive en la Argentina termina por cerrarlo. O, más bien, por hacerlo explotar. Veo la tele online y no puedo creerlo. Leo los diarios, Twitter, las noticias y me parece que no es posible, que -literalmente- viajé en el tiempo o a una dimensión paralela. Hace unas horas pasé por la inauguración de una muestra de fotos de Brigitte Lacombe (increíbles, ya que estamos) y tenía al lado a Harvey Weinstein (el ex boss de Miramax), Salma Hayek, Kevin Spacey y –en otro momento “despiértenme please”–… Andrew MacCarthy y diez minutos después estaba en la sala de prensa tratando de enganchar la transmisión online de la TV Pública para toparme con el ataúd, Cristina, la familia, la gente, la plaza, los llantos, las palabras, las emociones. Y después una proyección en la playa, donde nadie veía la película. Demasiado.

Podría seguir escribiendo horas pero en realidad no tengo mucho más para decir. Suena en Qatar Radio el dúo entre Gary Barlow y Robbie Williams (dos ex Take That, para los que no están en tema…) y confirmó que sí, que estoy en un mundo paralelo, o en un limbo en el que nada tiene demasiado sentido ni lógica. Me parece que no salgo del cuarto. Creo que la máquina de Nespresso, el 45 pulgadas y yo podemos convivir tranquilos y llevarnos bien los próximos tres días. No se si quiero ni enterarme de lo que pasa abajo.