Berlinale 2017: “On Body and Soul”, de Ildikó Enyedi y “The Dinner”, de Oren Moverman

Berlinale 2017: “On Body and Soul”, de Ildikó Enyedi y “The Dinner”, de Oren Moverman

por - cine, Críticas, Festivales
10 Feb, 2017 03:44 | Sin comentarios

Dos películas se presentaron en competencia en el Festival de Berlín el viernes. La primera, una bienvenida sorpresa de la veterana realizadora húngara. Y la segunda, una relativa decepción del habitualmente sólido guionista y realizador estadounidense de origen israelí protagonizada por Richard Gere y Laura Linney.

ON BODY AND SOUL, de Ildikó Enyedi

La realizadora húngara de 61 años ganó la Cámara de Oro en Cannes en 1989 y, desde entonces, sus películas –si bien han competido en algunos festivales internacionales– no han tenido la trascendencia esperada a partir de ese premio iniciático. Pero ON BODY AND SOUL deja en claro que se trata de una realizadora inteligente y creativa, con un ojo muy potente para crear imágenes inolvidables que enmarcan una historia que, más allá de ciertos mecanismos un tanto esquemáticos del guión, impactará a los espectadores.

El filme se centra, bueno, en varias cosas a la vez, pero el centro de la acción es un matadero en Hungría al que llega una nueva supervisora que incomoda tanto a los dueños como a los empleados del lugar. Distante y al borde del autismo, es tan fría como profesional, descalifica los productos y no toma contacto con el resto de la gente. Uno de los encargados del lugar intenta establecer una relación más amigable pero ella lo rechaza, más por incapacidad social que por ética laboral. Un día alguien roba una droga (una suerte de Viagra para animales) que se le da a las vacas allí y la policía viene a investigar. Con ellos, llega una psicóloga. Lo que la mujer descubre es que entre estos dos personajes existe una muy poderosa y sorprendente coincidencia/conexión que los va a llevar a ir uniéndose cada vez más, pese a las dificultades de ella y las dudas de él.



Esa conexión –que conviene no revelar aquí– explica también muchas de las imágenes que cortan durante buena parte del relato la historia principal. Son imágenes de un bosque helado atravesado por ciervos y que Enyedi filma de manera tal que logra dar la impresión que los animales tienen personalidades humanas. Este costado, si se quiere, espiritual/cósmico que envuelve al filme, podría ser indigesto en manos de un cineasta menos sutil, pero la realizadora se las arregla para ir moldeando su relato de manera tal que ambos mundos (el matadero y ese extraño universo) se combinen de una manera creíble y emocionalmente satisfactoria.

El guión, por momentos, no puede evitar algunos trazos gruesos en la definición de personajes y otras coincidencias y/o exageraciones que lo vuelven un tanto manipulador, pero en todo momento tanto el ojo de la cineasta para la puesta en escena como cierto humor seco logran evitar que la película caiga en algo que podríamos definir como la versión del Este de Europa del “realismo mágico”. En ese sentido, Enyedi es inteligente: sabe que el centro de la historia está en las vidas cruzadas de estos personajes y antes de caer en la tentación del regodeo espiritual o místico prefiere atenerse a la complicada pero creíble y muy humana verdad psicológica de sus protagonistas.

 

THE DINNER, de Oren Moverman

Un cineasta que, tanto en sus películas como director (THE MESSENGER, TIME OUT OF MIND, THE RAMPART) como en las que colaboró como guionista (I’M NOT THERE, LOVE & MERCY, JESUS’ SON) había siempre demostrado un mediano o alto nivel tiene su primer importante fracaso artístico en este filme que no está a la altura ni de su obra previa ni del talento actoral reunido delante de la cámara.

Si bien no se basa en una obra teatral, hay mucho aquí que parece extraído de una pieza de ese tipo ya que la mayoría de las escenas están construidas en base a largos diálogos entre los cuatro personajes centrales, la mayoría de ellos alrededor de la mesa en la que transcurre la cena que da título al filme. Una pareja la integran Laura Linney y el comediante británico Steve Coogan (en un raro rol dramático) y la otra, Richard Gere y Rebecca Hall. Coogan es un profesor bastante resentido con la vida y que, de a poco, vamos entendiendo que sufre algún tipo de trastorno maníaco/depresivo. Linney viene atravesando un complicado cáncer. Por el otro lado, Gere encarna a un político importante en plena campaña (es el hermano mayor del personaje de Coogan) y parece tener problemas con su más joven mujer (Hall). En flashbacks vemos que está separado de su primera esposa, encarnada por Chlöe Sevigny.

La película va y viene de los flashbacks al presente en el que las parejas cenan en un muy exclusivo lugar donde cada comida es explicada en detalle en un gag un tanto cansino que se burla de los restaurantes más exclusivos y “snobs”. La tensión en la mesa es palpable y de a poco nos enteraremos cuál es el principal problema que los reúne: los hijos adolescentes de ambos han sido responsables de un acto un tanto siniestro que puede comprometer las vidas de todos y, especialmente, la ascendente carrera política de Gere. A partir de allí se discutirá respecto a qué hacer con el tema, si ocultarlo y negarlo o hacerse cargo de la situación públicamente y soportar las consecuencias.

El problema principal del filme no está en el tema ni en las situaciones que plantea sino en la forma. La película es casi una competencia de monólogos cruzados que por momentos hace acordar a la reciente e indigesta experiencia de la última película de Xavier Dolan. Entre confusos flashbacks, la película va y vuelve a los protagonistas en la actualidad. El que peor la lleva es Coogan, ya que su personaje es decididamente difícil de interpretar (un bipolar que ha dejado por su cuenta la medicación) y por momentos su agresiva verborragia se vuelve tan incómoda para la ficción como para la audiencia. No por la enfermedad en sí, sino por la manera en la que su agotadora personificación fractura una y otra vez la fluidez del relato.

Ese match de voces cruzadas termina volviéndose tedioso y reiterativo (los personajes insisten una y otra vez con sus conflictos éticos) y el final tampoco ayuda a mejorar lo visto antes en un filme que se siente hasta mal ensamblado y poco claro. Tal vez el primer fracaso artístico hecho y derecho de la carrera de Moverman.