Cannes 2018: crítica de “Blackkklansman”, de Spike Lee (Competencia)

Cannes 2018: crítica de “Blackkklansman”, de Spike Lee (Competencia)

por - cine, Críticas, Festivales
15 May, 2018 10:00 | Sin comentarios

La nueva película del director de “Haz lo correcto” lo muestra retornando a su mejor forma, con un relato basado en un hecho real que combina policial, comedia y manifiesto político contra el racismo. John David Washington encarna a un policía negro que, con la ayuda de un colega (Adam Driver), logró infiltrarse en el Ku Klux Klan de Colorado en los años ‘70.

La nueva película del realizador de HAZ LO CORRECTO lo muestra combinando varias vertientes de su cine para entregar uno de sus mejores títulos en mucho tiempo. Por un lado, es una película militante. Por otro, es un thriller policial. Y, a la vez, una comedia de formato casi clásico. Todo eso, como en sus mejores filmes, fluye a la perfección, logrando a la vez funcionar como relato de género y como manifiesto político por los derechos de los afroamericanos.

BLACKKKLANSMAN se centra en una historia real que sucedió en Colorado a principios de los años ‘70 cuando la policía de la ciudad de Colorado Springs decidió aceptar candidatos negros a su fuerza. Allí se sumó Ron (John David Washington), un joven con un enorme afro en el pelo y una actitud un tanto militante para ese lugar tan conservator y tradicionalista. Maltratado por sus propios compañeros, el hombre enfrentaba todo tipo de bromas y agresiones como podía hasta que un día decidió ofrecerle a su jefe hacer algo que él podía realizar mejor que nadie: infiltrarse en la comunidad negra. Es así que conoce a militantes ex Panteras Negras sobre los que tiene que reportar para su fuerza. Y es así que termina enredado románticamente con Patrice (Laura Harrier), una militante del “black power”.

Pero lo mejor vendría después ya que, buscando nuevas oportunidades para trabajos de infiltración policial, Ron ve un aviso del Ku Klux Klan en un diario y no tiene mejor idea que llamar por teléfono. Modificando su voz y acomodando su dicción (un chiste recurrente del filme), logra convencer al que lo atiende de su genuino interés de ingresar al tristemente famoso grupo racista. Consigue una reunión para aplicar pero por obvios motivos no puede presentarse él mismo por lo que otro agente especializado en trabajar “undercover” se hace pasar por él. O algo así. Es de ese modo que Flip Zimerman (Adam Driver) se hace llamar Ron y logra convencer a los muchachos del KKK de que es uno más de ellos aunque en realidad es judío, algo que los de la túnica blanca tampoco ven nada bien.

La película seguirá los enredos que se producen en el intento de infiltración de ambos en el KKK. El verdadero Ron sigue trabajando en el caso haciéndose cargo de las comunicaciones telefónicas (por motivos que nunca se entienden bien, ya que es un riesgo un tanto inútil que corren pero que parecen hacer para divertirse) y siguiendo de cerca a Flip, por si surge algún problema. Y es obvio que puede surgir porque el test de aplicación lleva a que ambos tengan que usar sus más groseros y terribles epítetos contra negros y judíos imaginables. Todo esto llevará al descubrimiento de un posible atentado contra los estudiantes universitarios militantes negros como víctimas.

Como acostumbra, pero de manera más orgánica y con menos ruido que en otros filmes suyos, Lee mete momentos documentales, ironías políticas actuales, chistes varios y escenas (como una con Harry Belafonte, otra con Alec Baldwin, entre otras) que tienen su acostumbrada marca de estilo, con los racistas blancos de entonces y de ahora como eje de lo que está históricamente mal en su país. Y tanto los apuntes más sutiles de humor como algunos de los más gruesos (no todos) aportan para que BLACKKKLANSMAN sea a la vez un efectivo filme de género con dupla policial de por medio (una inversión de roles del formato ARMA MORTAL) que funciona como tal y una película sobre los prejuicios raciales en la vida, en la cultura y en el cine. Como en las películas que lo posicionaron como una de las grandes voces del cine afroamericano de todos los tiempos, Spike Lee vuelve aquí a aportar a dos causas conjuntas: la política y la cinematográfica.