En ojotas

En ojotas

por - Otros
27 Nov, 2010 02:24 | comentarios

Hay varias máximas que rodean a los críticos de cine. Una, acaso la más popular entre nosotros, es que no manejamos. Pocos tenemos coche y, los que sí lo tienen, en general los maneja su mujer, novia o acompañante terapéutica. De hecho, una máxima derivada de esa es que si un crítico sabe conducir un […]


Hay varias máximas que rodean a los críticos de cine. Una, acaso la más popular entre nosotros, es que no manejamos. Pocos tenemos coche y, los que sí lo tienen, en general los maneja su mujer, novia o acompañante terapéutica. De hecho, una máxima derivada de esa es que si un crítico sabe conducir un auto no es realmente un crítico de cine en serio. “Ese es un periodista”, dirá un colega malicioso en referencia al tipo sentado frente al volante: “algo mal debe estar haciendo”. No sé si esta máxima se aplica a otras profesiones del campo, si se quiere, intelectual, pero entre los críticos de cine la proporción es asombrosa. También lo es el hecho de que no muchos llegan a fin de mes, con lo cual el asunto de comprar un auto, y aún más manejarlo, es absolutamente secundario.

Hay muchos otros hábitos y costumbres que uno ha detectado a lo largo de varios años rodeado de críticos de cine, pero casi ninguno es tan universal y, a la vez, tan específico como ese. Se dice también que son fóbicos, que tienen mínima vida social, que casi no hacen deportes y que tienen desórdenes alimenticios y/o sexuales, algo que sucede, en algunos casos, pero no necesariamente en una proporción mayor a la de los técnicos dentales o los fabricantes de zapatos. Algunas, más obvias, como que viven obsesionados por el cine y ese tipo de cosas, no merecen demasiado análisis, aunque suelen ser ciertas, como que los periodistas deportivos saben de memoria la formación de Chacarita del ’69.

Hay otra particularidad de los críticos de cine que, casi, rivaliza con la primera y es la que le da título a esta sección. Aclaremos: “En ojotas” no es el título de una nota, es el de una suerte de sección, que irá saliendo alternativamente ciertos días de fin de semana veraniegos, en la que no se hablará de cosas del campo del cine, la música y la televisión.


¿De qué se hablará aquí? Bueno, de todo aquello que entra en la categoría “Otros” y que puede ir de experiencias personales y anecdóticas -como la que cuento hoy acá-, a observaciones de ínfimo o nulo valor periodístico y , probablemente, también de discreto valor literario. “Boludeces de fin de semana”, como me comentaban antes, “algo para leer que no sea la última película que viste, por qué tal disco te gustó o los méritos de tal o cual serie de televisión chota de esas que ves sólo vos y cuatro amigos tuyos”.

“En ojotas” no hace referencia, al menos no directamente, al hecho de que estemos entrando en el verano y uno se ponga en la cabeza a un lector con look playero -con mallita, remera y, claro, ojotas-, tomando mate el sábado a la mañana mientras, por algún motivo que ni yo mismo entiendo, husmea lo que se escribe por aquí. Eso es secundario.

Las ojotas en cuestión son las que integran esa segunda máxima bastante universal entre los críticos de cine: que jamás toman sol ni van a la playa, y que se mantienen alejados de todo lo que no sea oscuro y tirando a tenebroso como ámbito de comodidad. Casi tanto como la de manejar coches, esto es literalmente así: aún los que viven en zonas cercanas al mar, le escapan al sol y a la playa como al cine de Iñárritu. He estado en decenas de festivales de cine ubicados frente al mar, en hoteles con piscinas, en bares y chiringuitos de puertos, en escolleras, bajo sombrillas y en terrazas que brillan al sol, y nunca encuentro a críticos de cine allí. “La playa no me gusta”, es una frase casi tan popular como “me encanta Hitchcock”.

Parece que el sol es como la kryptonita: los hace desaparecer, les anula cualquier atisbo de poder intelectual, les derrite la capacidad de análisis, les da… color. Munidos de bolsos, pantalones largos, zapatos, camisas y anteojos de sol o gorritas, los críticos pasan al lado de las playas como si no existieran, y ni siquiera se ponen mal por tener que entrar a un cine en un día soleado: es casi un alivio a esa tortura mundana.

Habrán notado que en la primera máxima usé la primera persona del plural mientras que en la segunda preferí la tercera. Es que yo soy de los que no manejan (tengo registro, sé hacerlo, pero no tengo coche ni, a esta altura, ganas), pero sí me gusta la playa, el sol, las piscinas y terrazas y solariums, y me cuesta enorme esfuerzo meterme en una sala de cine a las 2 de la tarde en un festival si el día está radiante. Me deprime. Obviamente que mi imposibilidad de cumplir con esta regla me ha hecho pensar si soy realmente un crítico de cine o simplemente un bañista que sólo ve películas cuando cae el sol, pero la terapia la dejo para series protagonizadas por Gabriel Byrne. No es el momento.

Estaba yo en ojotas y look absolutamente playero –de ahí venía, precisamente- cuando me topé, el último día del festival de Mar del Plata, cuando el trabajo había cesado y sólo quedaba la entrega de premios y poco más, con algunas personas en el centro de prensa que me miraron entre divertidos y azorados, sin poder creer que estaban viéndome con ese look que, admitámoslo, tampoco es el más elegante ni cool del mundo.

Sí, algunos críticos de cine vamos a la playa, tomamos sol y podemos pasar días enteros (si nos dejan) sin ver películas. Y sí, algunos críticos de cine podemos –queremos—escribir sobre cosas que no necesariamente incluyan las palabras “thriller”, “estreno”o “taquilla”. Somos pocos, pero resistimos. Con protector solar en mano, claro está, de 45 para arriba, para que no se note tanto que no somos fieles a la causa.