Entrevista a Viggo Mortensen en el rodaje de “Todos tenemos un plan”: versión extendida

Entrevista a Viggo Mortensen en el rodaje de “Todos tenemos un plan”: versión extendida

por - Críticas
08 Jul, 2011 10:17 | comentarios

El viaje en auto, por horas, nos aleja cada vez más y más de la ciudad hasta dejarla muy atrás, como un punto distante que la mirada no alcanza a resolver. Luego el bote, avanzando lento por el río hasta llegar a la isla -ingrata, desolada, reseca-. El frío, helado, que lo cubre todo y […]

El viaje en auto, por horas, nos aleja cada vez más y más de la ciudad hasta dejarla muy atrás, como un punto distante que la mirada no alcanza a resolver. Luego el bote, avanzando lento por el río hasta llegar a la isla -ingrata, desolada, reseca-. El frío, helado, que lo cubre todo y lo vuelve lúgubre, espectral. Viento y más viento. Allá, en el fondo, detrás de unas chozas derruidas y unas carpas a medio armar, en un pequeño espacio abierto entre hojas resecas que lo tapan casi todo, un grupo de hombres vestidos de blanco de pies a cabeza están reunidos, agrupados, juntos. ¿Sobrevivientes de una plaga? ¿Astronautas? ¿Personajes de ciencia ficción?

La locación de “Todos tenemos un plan” tiene algo de ficción en sí misma. Los pesados cables se entremezclan con la basura del piso y en un enorme tacho un tronco se quema largando humo y chispas y calor. La gente habla poco -parece cansada, sucia- y mira al visitante con cierto desdén, como quien observa a un sujeto extraño aproximarse a un grupo de sobrevivientes. Podría ser una escena de “The Road”, en la que el propio Viggo Mortensen actuó. O un episodio inédito e invernal de “Lost”. O un plano de “Stalker”, de Tarkovsky, esperando por ser filmado.

Los hombres vestidos de blanco no son astronautas, claro. Son el propio Mortensen, Sofía Gala, la directora Ana Piterbarg y parte del equipo técnico que tiene que filmar una complicada escena que involucra el manejo de peligrosas abejas. El asunto no es fácil. Además de la mecánica propia de la escena –que involucra cuestiones narrativas que no conviene adelantar-, hay que lidiar con los caprichos de los insectos y las inclemencias del tiempo. Y por más que haya dos cámaras cubriéndolo todo, hay que repetir una y otra vez la cuestión.

En un alto del rodaje, mientras los elementos se preparan, un Mortensen sin la capucha que cubre su rostro busca con el cronista un lugar cómodo para conversar y elige una choza que funciona como improvisado trailer, posiblemente uno de los más deprimentes de la historia del cine. “Con el frío las abejas no salen, no quieren salir”, dice, explicando una complicación inesperada de la escena mientras se acomoda sobre… algo.

Ya se sabe. A esta altura no sorprende conversar con Mortensen como se lo hace con un vecino del barrio y empezar la charla hablando del descenso de River, de los disturbios a la salida, si debía o no haber ido público y si recuerda cuando San Lorenzo descendió. Tampoco que tome mate y que su termo tenga el escudo cuervo que lo acompaña a todas partes. En medio de ese panorama desolador que es esta zona del Dique Lujan -cerca de varios barrios privados y countries, pero tan lejano como para parecer de otro planeta- su presencia calma y su tono de voz bajo, relajado, son familiares, casi apaciguadoras.

En el primer filme argentino de toda su carrera –de su vida-, el actor de “Una historia violenta” se pone en la piel de dos gemelos, Agustín y Pedro. El primero es un hombre que se ha mudado a Buenos Aires y que parece vivir una vida tranquila –aunque algo frustrante- hasta que se entera de la muerte de su hermano, que vivía en el Tigre, donde ambos crecieron. Agustín va hacia allí y termina tomando la identidad de su hermano, sin saber que Pedro estaba envuelto en un mundo criminal y que su vida, hasta entonces apacible, comenzará a correr peligro.

 
“Son temas que tienen que ver con las dos primeras películas que hice con Cronenberg –dice Viggo, refiriéndose a Una historia violenta y Promesas del Este, y exceptuando a Un método peligroso, en la que interpreta a Sigmund Freud y que tendrá su premiere mundial en septiembre en el Festival de Venecia-. La cuestión de la identidad, de cómo nos presentamos frente a nuestra familia, amigos, lo que sea. Aunque sea leve la diferencia, presentás un personaje diferente a cada persona, depende de lo que sientas o lo que quieras. Es natural que cambies un poco tu presentación. Hasta los niños aprenden a hacerlo”.
 
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En tu caso debe ser aún más especial ya que está el Viggo “argentino”, el “estadounidense”, el “danés”, el actor famoso… 
 
Y sí, cada vez que vuelvo acá pienso en cosas de mi infancia. Ahora que estoy hace un rato largo trabajando todos los días con argentinos, de repente veo algo y me acuerdo de cosas, de maneras de hacer o decir las cosas. Ese es el lado personal que también tiene él al volver al Tigre: poder revivir eso. Aunque no vas a volver, acordarte.
 
Que un hermano tenga que hacer del otro es, para un actor, como duplicar su trabajo. Hacer de alguien que hace de alguien.
 
El que hace Agustín, tratar de reemplazar a su hermano, es el trabajo del actor. Observar qué está tratando de hacer el otro, prestar más atención. Si por ejemplo yo tengo que interpretarte a vos, te observo más detenidamente de lo normal: cómo hablás, cómo te sentás, cómo caminas, cómo te pones la ropa, esas cosas. Aunque este hermano puede ver como el otro se pone la ropa y sabe algunos de sus gestos, no es un actor. Y aunque fuera muy buen actor, cuando lo ve alguien que conoce al otro es difícil, más de lo que piensa. Y eso lo pone nervioso…
 
¿Ahora quién sos? (risas)
 
El que hago ahora es el otro, Pedro, pero el 70, 80 por ciento del tiempo soy Agustín tratando de ser Pedro. Y en general le va bien, pero no es sólo hacerlo bien, dudás de muchas otras cosas. Cuando ese tipo te mira, ¿te conoce o sólo te está mirando?. El trato con el del almacen, ese perro que espera en el muelle. ¿Es mío? No sé. A la vez, al fingir tanto, haciendo el esfuerzo de ponerte literalmente en los zapatos del otro, lo vas entendiendo a él mejor. Y también te vas conociendo más a vos mismo. Y en un momento para de estar nervioso y le importa menos, le va gustando…
 
Si bien no lo fue, parece una película armada para vos, ya que tenés una persona que se va a los once años de donde vive, como vos te fuiste de la Argentina…
 
Sí, él se fue de esta zona a los once años con su hermano. El otro volvió por su cuenta y no había buena relación entre ellos. El conoce mejor al hermano haciendo de su hermano después que él muere.  Cuando vivía no lo conocía bien, no sabía mucho de él. A mí me pasa también que mi relación con la Argentina se normalizó estando más tiempo. Estoy acá, trabajando, es normal. Estoy viviendo acá cerca y rodamos poco en Buenos Aires.
  
Tenés dos hermanos menores (tiene dos, Walter y Charles). Ellos recuerdan algo de su paso por acá.
 
Cuando nos fuimos tenían 8 y 6 años. Yo tenía 11. Se acuerdan de imágenes. El del medio se acuerda más. Pero el más chico no hablaba una palabra de inglés. Entendía, pero hablaba sólo español y mis padres estaban preocupados. Me acuerdo en el avión, cuando nos fuimos, hablábamos entre nosotros en castellano. Después empezamos a hablar inglés y mi hermano menor, a la semana, se soltó y se olvidó totalmente del castellano, perdió el vocabulario. Yo, al volver, lo recuperé todo…
 
La trama parece que fuera una puesta en ficción de cosas personales: las distintas identidades, los hermanos que tomaron caminos diferentes, el irte de un lugar a otro a los once años y, después de un tiempo, sentirte como en casa al volver…
 
Algo de eso hay. Hacer la película me trae esta cosa de acordarme de mi infancia. Hablando de hermanos: hay fotos que se ven en la película que son mías con un hermano mío. Hay una cosa que se está mezclando. Cuando te vas a la ciudad, ya adulto, perdés cosas de la infancia, te olvidás y eso no se puede recuperar. Hay un mundo interior que tiene que ver con la pérdida de la inocencia, con cierta cosa interior, física, mental. Agustín tienes ganas de ver las cosas como nuevas, de disfrutar. Ha cumplido con todo lo que tenía que hacer, vive en un departamento lindo con su mujer, en Recoleta, es médico. Todo parece perfecto, pero él no siente que es suyo eso. Y al hacer del otro, de su hermano, siente que llega a ser más él mismo. Al principio es un poco torpe con la lancha, las abejas, pero va aprendiendo, se va acostumbrando al silencio. Estando acá se va acordando: la casa, el muelle, el arroyo, la casa de los abuelos donde los chicos se criaron hasta los once. Y yo me fui a los once. Es muy parecido: te vas acordando las cosas.
 
En “Alatriste” hablás en castellano, pero hacés un acento. Este es tu primer papel en el que hacés de argentino cien por ciento…
 
Hice un papel pequeño en “La pistola de mi hermano”, de Ray Loriga, allá por 1996. Era una escena, un argentino exiliado en España que vivía en el campo. Ahí hablé un poco. Acá hay una diferencia entre los hermanos: uno habla más correcto y con otro tono. Es médico, vive en Buenos Aires, habla bien. El otro es un poco más isleño y habla como yo, medio “blablablá”. Es sutil, pero es una diferencia.
 
Respecto a la forma de trabajo, ¿la sentís muy diferente a la que estás acostumbrado en los Estados Unidos?
 
No, tiene algo parecido a la forma de hacer cine independiente allá. Obviamente que hay una forma de ser, cultural, acá y en España, que son distintas. Pero en general el trabajo se hace igual de bien. Cambia la manera de hablarse, me gusta, eso de darles un beso a todos los que ves en la mañana…
 
¿Cómo la ves a Ana, haciendo una opera prima tan compleja, que requiere tanta responsabilidad?
 
Bastante tranquila. Debe sentir presión, pero no se nota. Es muy cuidadosa y no quiere desperdiciar la oportunidad. Pero es un desafío grande, filmar en el Delta, en invierno. Respetamos mucho el guión que ella escribió. Buscamos también cosas, hablamos, tenemos una muy buena relación. Siempre hay cambios, diferencias, pero todo es muy fiel a lo que ella escribió.
 
Así como estás enganchado con la literatura joven argentina, ¿estás viendo cine nacional también?
 
Un poco más ahora. En España veía algunas cosas, en Estados Unidos menos. Cuando vengo compro películas, veo lo que puedo. Acá hay mucho más. Pensando en esta película vi “La León” y es hermosa. Ver cómo es la gente de esta zona –los isleños, los paraguayos-, el paisaje. Está muy bien. También había leído Sudeste, de Haroldo Conti, y lo releí. Sudeste es una meditación y también tiene un aspecto de thriller, y hay párrafos, frases de ese libro, que me ayudaron mucho. Otro libro excelente que se reeditó y que toca este tema es “La ribera”, de Enrique Wernicke, en la relación entre el hombre y Rosa (personaje de Sofía Gala). Hay cosas inspiradas en esa novela.
 
Contame del trabajo con los actores argentinos. ¿Cómo fue hasta ahora?
 
Con Soledad (Villamil) hicimos escena muy difíciles y muy bien. Ella viene a avisarle a un hermano que el otro falleció. Con (Daniel) Fanego también, hicimos una escena clave y está muy bien también. El tiene una presencia bárbara. Y Sofía es genial también. Ensayamos mucho, más de lo que lo suelo hacer, pero me gusta. Y a los que vienen del teatro les gusta mucho. Todos nos preparamos lo mejor posible, los actores, la directora, los técnicos, porque después que arranca la cosa, todo es lo que hiciste antes y tenés que aguantar con eso…
 
¿Qué dice tu agente cuándo te aparecés con proyectos como éstos?
 
Se querrá matar (risas). ¿Para qué “Alatriste”, ésto, teatro? Pero es que es lo que me gusta. De repente recibí ofertas por mucha guita y no, estoy haciendo esto. No me niego a hacer películas grandes, no hago sólo cosas independientes. Hago las cosas que me gustan. Y, sobre todo, cuando digo que voy a hacer algo, lo hago. Sé que hay actores que dicen “una mierda, me van a pagar un millón de dólares por otra cosa, me voy”. Y no. Si hubiera dicho que sí a una peli de estudio y me llegaba este guión, hacía lo mismo.
 
Pero no debe ser el primer guión argentino que te dan…
 
Siempre que vengo de visita me llevo varios. Y el de Ana no sólo podía hacerlo, sino que me interesó mucho. Otros no me interesaron o estaba haciendo otras cosas y no podía. No estuve trabajando tanto últimamente. Iba a hacer teatro en España, pero mi mamá se enfermó y mi padre tuvo algunos problemas y tuve que dejar varias cosas para estar con ellos. “La carretera” la filmé hace mucho ya. Estos fueron dos años difíciles. Hasta hace seis meses he estado mucho con mis padres. Suerte que pude, pero hizo falta decir que no a varias cosas. En la película de Cronenberg reemplacé a otro. El me dijo: “Sé que estas con tus padres, pero se puede hacer todo concentrado en una semana y si tenés que volver, volvés”. No la ví la película, pero sé de gente que la vio y le guste. Hice eso y un papel muy corto en “On the Road”, de Walter Salles. Rodé en New Orléans, el papel de Old Bull Lee, que se basa en William Burroughs. Lo hicimos en una semana. No vi nada de la película todavía.
 
Y cómo viene la reunión del elenco de “El Señor de los Anillos” para “The Hobbit”. ¿Vas a participar en eso?
 
Me preguntaron si me interesaba y si estaba dispuesto para cuando se estrenó “La carretera”. El personaje no está en The Hobbit, pero era para trazar un puente entre las dos películas. Ahora ya la están haciendo y todavía no sé nada. Pero si va a volver Aragorn, prefiero ser yo el que lo haga.