El intérprete: Bob Dylan en el Gran Rex

El intérprete: Bob Dylan en el Gran Rex

por - Música
27 Abr, 2012 09:11 | comentarios

El jueves fui a ver a Bob Dylan por cuarta vez en mi vida. La primera, en el estadio de Obras Sanitarias, allá por 1991, en su primera visita al país, sentado en la popular. Recuerdo que tocó tres noches seguidas y me arrepentí por años no haber sacado entradas para las tres. Volví a […]

El jueves fui a ver a Bob Dylan por cuarta vez en mi vida. La primera, en el estadio de Obras Sanitarias, allá por 1991, en su primera visita al país, sentado en la popular. Recuerdo que tocó tres noches seguidas y me arrepentí por años no haber sacado entradas para las tres. Volví a verlo como soporte de los Rolling Stones, en aquella extraordinaria serie de conciertos en River Plate, en 1998. Fui una vez, nomás, y de ahí me quedé con la rara sensación de que a buena parte del público que estaba (que no era tanta a esa hora; plena luz del día), mucho no le importaba el asunto. De hecho, esperaban que se fuera para que llegaran los Stones. Me senté (y me sentí) solo en la primera fila de una platea baja semidesierta y el tipo pareció tocar para mí. Después de 5 minutos de fastidio (la gente hablaba alrededor como si nada), logré abstraerme y disfrutarlo.

La tercera vez fue hace poco, en el Estadio de Velez. Pese a un mal sonido que no permitía escuchar mucho más allá de las primeras 20 filas del Campo VIP (yo estaba un poco más atrás), ahí recuerdo que pensé mucho en qué fue lo que pasó entre unos shows y otros para que este artista que nunca fue masivo en la Argentina de golpe metiera, no sé, 40 mil personas en un estadio. Solo. Creo que fue el show que menos me movilizó de los tres. Me parece que el problema fue sencillo: no se escuchaba nada…

Este de ayer tenía algo muy especial. Era un teatro, situación ideal para ver a Bob, por el tipo de sonido que tiene la banda, por su voz cada vez más «goyenechesca» que no se proyecta demasiado y porque es un show que parece armado, conceptual y sonoramente, para un espacio pequeño. Fila 7 al centro, entonces (gracias a la gentileza de la jefa de prensa), la ocasión no podía ser mejor para ver el mejor de todos los shows de Dylan que vi en mi vida.

Y lo fue. Con una banda que suena como debería sonar una banda «de música americana» (mezcla de blues, boogie woogie, tex mex, americana, music hall, folk y rock & roll) y un Dylan fiel a su estilo de reinventar, destripar y rehacer sus propias canciones, el hombre hizo muchos de sus más grandes éxitos (ver el set list) no sólo alterados por su «delivery vocal» sino, otra vez, por arreglos completamente diferentes a los que uno lleva en la cabeza.

Esa situación que a buena parte del público fastidia, a mí me parece que es algo único y distintivo en Bob. Es lo que hace que, como espectador, todo el tiempo estés con expectativas ante un cambio, un giro, tratando de reimaginar esa canción que está en tu cabeza en esa canción que Bob canta y la banda toca. Muchas veces, los shows de tus bandas favoritas juegan a rebotar contra tu memoria sensorial: arranca un tema, a los x segundos definimos (advinamos, recordamos) cuál es, y luego utilizamos una suerte de memoria emotiva para reproducirlos mentalmente. De ahí en adelante, todo funciona como un eco, un ida y vuelta. Puede ser mejor o peor, pero el camino está bastante trazado de entrada. Y gran parte del público suele ir a ver eso, a reconfortarse en ese reencuentro.

Acá no. Bob Dylan es el anti Roger Waters. No hay nada de más (ni videos ni casi juegos de luces), nada está pregrabado, nada suena igual al disco, nada suena medido, justo, exacto, perfecto (Bob se equivoca y se ríe, se distrae por momentos, deja algún pedazo de letra sin «decir») y hasta el sonido en general no sorprende por su enorme calidad (se escucha bien, normal, tirando a sucio). Estamos viendo a una banda en vivo: seis tipos, tocando las canciones de nuestras vidas, como ellos quieren y de la única forma en la que se pueden tocar ahora, como sonidos en mutación permanente.

Si se fijan en la lista verán que fue lo más parecido a un grandes éxitos que puede hacer Dylan. Pero uno no lo notaría por el público. Y no es porque no conocen los temas o no los reconocen (se tarda, pero se llega, como en el caso de «Blowin’ in the wind», que por más de memoria que una sepa la letra, ni siquiera se entiende muy bien qué está diciendo, y la música es completamente diferente), sino por el hecho de que esa no incitación a la identificación inmediata y a la respuesta sensorial directa produce una suerte de, digamos, descompensación casi física.

Es increíble que con más de 70 años, el músico de rock más importante de todos los tiempos, una suerte de mito vivo de la cultura popular y un tipo que podría estar circulando por grandes estadios con un show enorme y prolijo, efectivo y efectista (coristas cubriendo las zonas vocales a las que Bob no llega, etc.), se dedique a tocar sus canciones de esta manera. En un punto, es como si estuviera con The Band en el subsuelo de esa casa donde se grabaron los Basement Tapes, probando y tratando de encontrar el mejor sonido posible para canciones que parecen traídas del principio de los tiempos, standards y temas tradicionales que se corporizan, como en una suerte de exorcismo (agrandado gracias a esas sombras de película de terror que dan las figuras de los músicos en la tela de fondo) de la cultura norteamericana.

Lo que hace Bob es desenterrar las canciones y, como un arqueólogo de la cultura popular, desarmarlas, reencontrarlas, reinterpretarlas. Dylan es hoy la definición perfecta de lo que significa ser un intérprete. No alguien que sube a hacer lo que tiene que hacer, a repetir una versión de lo que ya hizo y dejó grabado, sino alguien que descubre, en cada momento -en cada verso, en cada solo-, cómo hacer lo que quiere hacer, casi como un «action singing»: una canción que se va creando mientras se interpreta. Vean, sino, cómo los músicos lo siguen tratando de «adivinar» qué va a hacer.

El más clásico de los clásicos puede así ser tradicional y vanguardista a la vez (el sonido de la banda vs. el sonido de su voz), un artista reformulando su creación en vivo, casi como ensayando ante miles de personas. Ser testigo de ese proceso es una experiencia que le recomiendo a todo el mundo.

Vuelvo el sábado, obvio.


SET LIST: 26/04/2012

Leopard-Skin Pill-Box Hat
It Ain’t Me, Babe
Things Have Changed
Tangled Up In Blue
Beyond Here Lies Nothin’
Tryin’ To Get To Heaven
High Water (For Charley Patton)
Spirit On The Water
The Levee’s Gonna Break
A Hard Rain’s A-Gonna Fall
Highway 61 Revisited
Love Sick
Thunder On The Mountain
Ballad Of A Thin Man
Like A Rolling Stone
All Along The Watchtower

Blowin’ In The Wind