MARGARET: Adolescente, adjetivo

MARGARET: Adolescente, adjetivo

por - Críticas
02 Jul, 2012 09:22 | comentarios

Es una curiosa experiencia enfrentarse a MARGARET, por diversos motivos. Primero, por el hecho de que uno conoce su tortuosa historia hasta llegar a los cines. Segundo, por que uno no sabe muy bien de quién es y a quién representa “el corte” que está viendo. Y tercero, por el simple asunto de que la […]

Es una curiosa experiencia enfrentarse a MARGARET, por diversos motivos. Primero, por el hecho de que uno conoce su tortuosa historia hasta llegar a los cines. Segundo, por que uno no sabe muy bien de quién es y a quién representa “el corte” que está viendo. Y tercero, por el simple asunto de que la película no se parece a casi nada de lo que sale del cine norteamericano en las últimas décadas. Ni al mainstream, ni al indie, ni a todo eso que circula por el medio. Es un Objeto Cinematográfico No Identificado. O una suma de referencias e influencias que uno jamás se animaría a poner juntas, en la misma película.

Hagamos un breve repaso de la compleja historia de producción de esta segunda película del guionista (ANALIZAME, PANDILLAS DE NUEVA YORK), autor teatral (THIS IS OUR YOUTH) y director de la muy buena (pero más “convencional” YOU CAN COUNT ON ME), Kenneth Lonergan, rodada en 2005. El que quiera conocer la complicada historia en una versión extensa, en inglés, puede leerla en esta nota de The New York Times. Resumiendo, se puede decir que fue la típica confrontación director vs. productor: Lonergan tenía derecho a corte final siempre y cuando su película durara 150 minutos o menos, pero el hombre no quería (o no podía o no sabía cómo) reducirla de una duración de tres horas. Finalmente llegaron a este corte de 150 minutos, pero no fue aceptado por el productor, que tenía un corte propio, hecho por su cuenta, de dos horas. El asunto quedó en un limbo y ahí apareció Martin Scorsese para ayudar y editó con Thelma Schoonmaker una versión de 160 minutos que el productor tampoco quiso aceptar. Esta tensa situación -con juicios cruzados que aún siguen-  se extendió tanto que el filme, rodado en 2005, recién se estrenó (en aquella versión que hizo Lonergan forzado a reducirla dos horas y media) en unas pocas salas en los Estados Unidos a fines de 2011. Si uno se queda hasta el final de los créditos, figura como un filme… de 2008.

El filme pasó casi inadvertido en su estreno, pero fue rescatado por algunos críticos (no todos) y se organizó una campaña en las redes sociales bajo el hashtag #teamMargaret para que Fox se ocupara más y mejor de la película: estreno en más salas, campaña para Oscar, etc. No pasó gran cosa en ese sentido. Lo que sí pasó es que la película se transformó en una especie de “causa célebre” para muchos críticos y su status ya mítico se acrecentó aún más. Ahora se acaba de editar en DVD y BluRay tanto en la versión de 150 minutos como en lo que llaman “Extended Cut”, que dura 186 minutos (no es el editado por Scorsese, sino el original de Lonergan) y seguramente generará una nueva tanda de opiniones y comentarios al respecto. El corte que yo vi es el de 150 minutos y tengo la impresión de que la versión de 186 puede llegar a ser todavía mejor.

¿Por qué?

MARGARET es una película que intenta contar una etapa en la vida de una adolescente neoyorquina en un momento histórico al que se podría vagamente definir como “post 11/9”. Hay un disparador en la trama que es muy claro y efectivo: Lisa Cohen (Anna Paquin, que no se llama “Margaret”, luego iré sobre eso) está buscando un sombrero de cowboy para ir a Nuevo México a unas vacaciones con su padre, que está separado de su madre y vive en California. Cuando sale de un local ve que el conductor de un colectivo (autobús, bus, bondi, transporte público, como gusten llamarlo) tiene un sombrero igual al que ella busca. Lisa no llega a subirse, pero persigue al colectivo por la calle haciéndole señas al chofer (interpretado por Mark Ruffalo) acerca del sombrero en cuestión. El tipo se distrae con ella, pasa un semáforo en rojo y atropella a Mónica, una mujer que, después de una agonía de 5 minutos que afecta terriblemente a Lisa, que la sostiene en sus brazos, muere. En el primer momento, ambos deciden -sin consultarse entre sí- contarle a la policía que la luz estaba en verde y el caso termina cerrándose. Pero Lisa no podrá superar el trauma, cambiará de opinión y empezará a tratar de hacer algo al respecto: una confesión del chofer, que lo despidan de la empresa, no sabe. Sólo necesita resolver de alguna manera el asunto y para eso se relaciona con la mejor amiga de la fallecida, busca al chofer, presiona a la policía, se pelea con los familiares de Mónica. No sabe ni puede parar en su búsqueda que no es estrictamente de justicia. Es, digamos, de “ocupar un lugar en el mundo”, de “transformarlo en su gimnasio moral”, como ella dice, citando a Shaw, pero negando que esa sea su intención.

Este eje narrativo atraviesa la trama, pero no la controla de la manera clásica, no hace que todo fluya hacia ella. Con un espíritu “novelístico”, el guión de Lonergan lo toma como la manifestación más fuerte y evidente de la ansiedad y angustia adolescente de Lisa, una chica privilegiada, judía, de colegio privado del Upper West Side neoyorquino. También Lisa tiene que lidiar con su madre, una exitosa actriz de teatro, con la que no tiene una buena relación y que empeora mientras Lisa se obsesiona por el caso dejando bastante de lado los estudios. A su vez, Joan (interpretada magníficamente por J. Smith-Cameron, actriz de teatro y, a la vez, esposa de Lonergan), la madre de Lisa, está empezando una curiosa relación con un empresario colombiano (sí, Jean Reno, que es francés, en acaso la subtrama menos interesante del filme), y entre eso y la obra no parece hacerse una idea de la real dimensión -justificada o no- de la desesperación de su hija. A la vez, su padre, entre relajado, falsamente comprometido y distante (interpretado por el propio Lonergan) tiene una pareja que tampoco parece llevarse bien con la chica.

Luego está el colegio. Allí está en juego su relación con un profesor que interpreta Matt Damon, tímido y conservador, a quien ella empieza a acosar en busca de consejos. Hay otra clase, que da Matthew Broderick, en la que se discute literatura y que “sirve” para poner en juego ciertas cuestiones temáticas del filme (de allí sale el poema “Margaret” que da el título al filme y que se puede leer aquí y más abajo en este post). Y una tercera, de debate, en la que varios alumnos plantean sus divergentes posiciones respecto a la guerra en Irak, los atentados, etc, y en la que Lisa muestra tener una llamativa versión en extremo patriótica y agresiva respecto, por ejemplo, a una compañero de curso de origen sirio. Como si hicieran falta más “subtramas”, hay un chico que gusta de ella a quien Lisa seduce e ignora constantemente; otro más “cool” con el que toma una decisión llamativa y así…

Creo que ya me extendí demasiado con la trama, pero la cuento por un motivo fundamental a la hora de explicar lo curioso de la película: casi todos estos elementos tienen un peso importante en la historia. Lisa va de un asunto a otro y puede estar diez minutos discutiendo con un policía y luego cinco intentando seducir a su maestro y de ahí a hablar otro tanto con su padre por teléfono. El filme, además, tiene un carácter, digamos, sinfónico en su planteo: es una película sobre una persona en un momento de su vida pero, también, sobre una ciudad en “un momento de su vida”. Cada tanto, Lonergan inserta planos que ponen a Lisa en contexto: rodeada de gente en las calles, caminando por barrios alejados de los que habitualmente solía circular, y hasta largos planos de barrios y edificios de la ciudad. El “viaje emocional y físico” que surge tras “la tragedia” es un viaje también geográfico y, en cierta medida, una toma de pulso de ese universo visto por ella. En ese sentido, MARGARET es la película que TAN FUERTE Y TAN CERCA debería haber sido: los elementos en común son muchísimos, si uno la va desmenuzando de a poco.

Siguiendo con las metáforas de música clásica, también se podría hablar del carácter operístico del filme. Lo es de una manera, en principio, obvia: la madre de Lisa y su pretendiente colombiano van a ver una ópera al Met y una segunda visita al Met -en este caso a ver THE TALES OF HOFFMAN– cierra la película. Pero lo es también en su manejo de las situaciones, las actuaciones, la intensidad con la que los personajes, especialmente Lisa, transmiten sus ideas. Hay algo del filme que es muy realista y verdadero, crudo (los diálogos, la fotografía que hace parecer a Nueva York una ciudad del Este de Europa), si se quiere, pero la fiereza de los choques verbales, la estilización de los diálogos, las actuaciones desbordadas, tornan a MARGARET en un filme operístico. No en su puesta en escena, sino en la intensidad de las emociones que los actores expresan, lo que genera un choque estilístico al que cuesta adaptarse.

Ese “realismo excitado” me hizo acordar mucho a John Cassavetes. Y son varios los que han comparado la actuación cruda de Paquin (que hizo la película antes de soñar con TRUE BLOOD) con Gena Rowlands, por la forma en la que lleva sus emociones a flor de piel. No sólo ella, también Emily (Jeannie Berlin), que encarna a la amiga de Mónica, entra en un duelo de intensidad con Lisa propios del cine norteamericano de los ’70. La película es muy “cassavetiana”: desprolija, incisiva, desgarradora, sucia, irritante por momentos, salvaje en otros, siempre tironeando al espectador de varios lados. Y, a la vez, logra crear un personaje de una complejidad inusual, ya que Lisa tiene razón y no la tiene, hace cosas “loables” y otras “horrendas” con minutos de diferencia, se maneja con la confusión de una adolescente que cree que puede moldear el mundo a su antojo y finalmente se da cuenta que no es tan fácil. Que el mundo -y los demás seres que lo habitan- tienen sus propias razones y que pueden ser tan válidas y/o respetables como la suya. Las discusiones y debates son un continuo en el filme: es una película en la que los personajes, durante gran parte del tiempo, discuten, se pelean, se agreden verbalmente.

Lo que me lleva a otro punto del filme, el que a mí más me interesó y sorprendió. Y es el punto que, seguramente, hizo que a Lonergan le costara cortar la película y que, a la vez, a los productores fastidiara. MARGARET es una película disgresiva como lo son, digamos, algunas películas rumanas. Una situación lleva a otra que puede tener muy poco que ver con la anterior y las conversaciones en general se extienden “más de la cuenta” para lo que es un filme estadounidense. Y, especialmente en las discusiones ligadas al caso policial, tienen ese tono de “conversación de procedimiento” muy propio de filmes rumanos como POLICIA, ADJETIVO o la turca ERASE UNA VEZ EN ANATOLIA, o hasta las retóricas idas y vueltas de películas iraníes, todos filmes con escenas que un editor convencional consideraría “innecesariamente largas”. Es que aquí se discute semántica, interpretaciones de la ley (la charla telefónica entre Lisa y un policía es imperdible), se debate Shakespeare (una discusión sobre la frase “As flies to wanton boys are we to the gods/They kill us for their sport”, de EL REY LEAR, da paso a una escena larga y genial, de las mejores del filme, entre Broderick y un alumno al que no habíamos visto antes en toda la película) y las conversaciones de Lisa con su padre se superponen con la que él tiene con su mujer (otra escena notable en su realismo).

Ese extraño combo de realismo y estilización, crudeza y refinamiento, minimalismo y maximalismo, la pequeña vida de una adolescente y la vida de una ciudad, micropolítica y macropolítica, es lo que hace de MARGARET una película difícil de asimilar, de identificar, más fácil de acusar por sus ambiciones desmedidas que de entender por sus logros que, de una manera esquiva, las trascienden. Acaso por los distintos montajes, también es un filme raro en su respiración interna, en la forma en la que salta de tema en tema, de escena en escena, en lo abrupto de determinados cortes y en el manejo de los tiempos narrativos, casi como si el tempo del filme fuera también musical (sí, operístico). Supongo que a muchos podrá causarle cierto fastidio, pero entiendo que es una película que admite, acepta y hasta busca eso. Es imperfecta, como las verdaderas obras de arte. Hasta fallida, si se quiere, en esa forma maravillosa que tienen las grandes películas de serlo. Se asume como densa y metafórica, hasta alegórica si se quiere, pero también se autobiocotea y, como la adolescente que la protagoniza, no sabe muy bien qué quiere ni adónde va. MARGARET es como Lisa y Lisa es como MARGARET. Es una persona y una película sobre el dolor en todas sus facetas: el de dejar la adolescencia, el de aprender que el mundo excede nuestros deseos e impulsos, el de enfrentar a padres y a madres, el dolor de lidiar con la confusión de no saber muy bien qué se quiere pero dejar todo en la búsqueda de eso, por más inasible que sea. El poema lo deja claro: “It is Margaret you mourn for”.

Y al final, MARGARET es también una película sobre sí misma, sobre su propia y complicada vida: de la gestación a la madurez, pasando por una adolescencia más que conflictiva. Cada vez que en el filme se habla del “juicio” que debería hacerse a la empresa de transportes, uno no puede evitar pensar que Lisa no se da cuenta del todo que ese juicio la inculparía también a ella. De la misma manera, los juicios que involucran a la producción producen una sensación similar: Kenneth es ahí Lisa, el que no se va a dar por vencido ni aún vencido. Por suerte: gracias a eso tenemos a Lisa y a MARGARET.

 

SPRING AND FALL TO A YOUNG CHILD, by Gerard Manley Hopkins (1918)

Margaret, are you grieving
Over Goldengrove unleaving?
Leaves, like the things of man, you
With your fresh thoughts care for, can you?
Ah! as the heart grows older
It will come to such sights colder
By and by, nor spare a sigh
Though worlds of wanwood leafmeal lie;
And yet you will weep and know why.
Now no matter, child, the name:
Sorrow’s springs are the same.
Nor mouth had, no nor mind, expressed
What héart héard of, ghóst guéssed:
It is the blight man was born for,
It is Margaret you mourn for.