El estilo es la sustancia: algunas ideas sobre Tim Burton y Wes Anderson

El estilo es la sustancia: algunas ideas sobre Tim Burton y Wes Anderson

por - Críticas
04 Nov, 2012 04:27 | comentarios

Unas noches atrás, tras observar durante un rato una charla en Twitter acerca de los problemas que tendría –según varios de los que participaban en la conversación- la última película de Wes Anderson, MOONRISE KINGDOM, no pude evitar entrometerme. La mayor acusación parecía circular alrededor de que Anderson no sería un cineasta propiamente dicho sino […]

Unas noches atrás, tras observar durante un rato una charla en Twitter acerca de los problemas que tendría –según varios de los que participaban en la conversación- la última película de Wes Anderson, MOONRISE KINGDOM, no pude evitar entrometerme. La mayor acusación parecía circular alrededor de que Anderson no sería un cineasta propiamente dicho sino algo así como un “director de arte”, alguien que presenta bonitas postales, cuadros en movimiento, prolijos encuadres con sus colores coordinados y sus personajes como figuras, casi marionetas. Es, de todas, la acusación más repetida y también la más obvia y perezosa que se le hace al cine de Anderson: que es “puro” estilo, que bajo la apariencia perfecta y cuidada de la superficie no hay nada. O nada interesante.

El cine de Tim Burton ha sido muchas veces criticado por lo mismo. Su universo plagado de marcas autorales es reconocible en apenas unos segundos y lo que sus películas tienen para contar quedaría sepultado por esas decisiones estéticas excesivas, hundido bajo el peso del diseño. Sin embargo, salvo en casos en los que sus películas son ostensiblemente flojas (caso EL PLANETA DE LOS SIMIOS o ALICIA EN EL PAIS DE LAS MARAVILLAS), la mayoría prefiere considerarlo como “su mundo”, “su universo”, y generalmente se lo admira por tenerlo.

Viendo las últimas películas de ambos, no termino de entender por qué lo que es criticado en uno es celebrado en otro. Creo que son dos películas extraordinarias y, en más de un sentido, muy similares. Las dos se centran en niños, preadolescentes, que tienen una distante relación con sus padres, y que se conectan (esconden, fugan) con otros niños en situación similar, enfrentando a los “bullies” de turno y preocupando en el interín a sus familias. En el caso de MOONRISE es una más clara historia de amor entre chico y chica. En el de los algo más pequeños protagonistas de FRANKENWEENIE, la relación entre Victor y su vecina Elsa (una futura pareja “gótica”, digamos) está “mediatizada” a través de sus respectivos perros.

El resto de las coincidencias temáticas son fácilmente encontrables, y las estilísticas ya las conocemos. Cada uno con sus obsesiones y gustos específicos, ambos presentan universos exagerados, excesivos, alejados de cualquier tipo de realismo y lleno de marcas propias, esas que muchos ven como cliches de “director de arte”. Por algún motivo, al menos en estas películas, las peculiaridades de uno parecen no causar problema alguno, mientras que las del otro sí. Me cuesta entender la lógica de esa diferenciación, aunque me atrevo a apostar con que, simplemente, a algunos críticos una película les gustó, la otra no (o no tanto), y el resto es tratar de explicar los motivos usando –a mi entender- razonamientos que no conducen a nada.

No digo que las películas no tengan debilidades y no sean criticables, lo que me resulta insulso es toparme con ese tipo de acusaciones simplistas, ligadas a cuestiones estilísticas, especialmente cuando ambos cineastas proceden de similar manera. Anderson y Burton tienen universos muy reconocibles y es cierto que, en una primera mirada, esa serie de recursos puede abrumar al espectador (o fascinar, depende del “bando” en el que se encuentre), impidiéndoles ver cómo esas decisiones estilísticas no sólo conectan con lo que la película quiere transmitir sino que, en un sentido un poco más amplio, son la película,.

No hay nada en FRANKENWEENIE que Burton no hubiera hecho antes. De hecho, es la versión largometraje de un corto de sus inicios como animador. Y esa misma superficie que en otros filmes ha sido criticada o bastardeada aquí funciona a la perfección porque todos los elementos que están en juego se combinan casi sin fisuras (tengo mis dudas con la invasión de “monstruos”, se me hace un poco “chiste fácil”, aunque su rol narrativo es indiscutible), haciendo que los mismos temas y personajes que obsesionan desde siempre al director de ED WOOD encuentren un canal de comunicación perfecto. Es, definitivamente, eso lo que funciona: el estilo, la forma, las decisiones de puesta en escena.

Con este breve texto no pretendo ahondar en cuestiones de estilo y sustancia, forma y contenido, discusiones sobre las que se han construido carreras universitarias de las más variadas (si sacamos el debate de Burton y Anderson, nos quedamos a vivir acá) y sobre las que se mueve no sólo el mundo del arte y la cultura en particular, sino casi todo lo que somos y hacemos. Por eso, volviendo al cine (y a estas películas, más específicamente) tengo la impresión de que el mayor o menor reconocimiento que se le puede dar a una película frente a la otra, debería ir más allá de este tipo de análisis de “diseño”.

El cine es superficie, y si algo ha logrado la crítica aportar en las últimas décadas es eso: poner en primer plano la idea de la puesta en escena como cuestión central del análisis cinematográfico, relegando viejos debates en los que la trama, la actuación, la fotografía, el tema o las posturas ideológicas de los directores eran lo central a tomar en cuenta. Sin ir más lejos, la muy valorada ARGO, de Ben Affleck, fue especialmente aplaudida por eso, priorizando los críticos sus valores cinematográficos sobre confusas discusiones ideológicas.

Affleck puede jugar más cerca del realismo, si se quiere, pero sus decisiones estéticas son la sustancia de su película, tanto como lo son en el cine de Anderson y Burton. Su particular gusto va por el lado de la narración clásica hollywoodense –en cierto sentido, en FRANKENWEENIE, Burton también apuesta por otro vector  de esa misma tradición, el cine de horror clásico-, pero eso no deja de ser una decisión estilística como cualquier otra. Podía haber hecho ARGO como melodrama, como película de animación, como comedia (de hecho, en un punto lo es). Eligió hacerlo así y eso es lo que la película, finalmente, es. 

Acaso, al no inspirarse tan claramente en ninguna tradición cinematográfica clásica (la literatura y hasta el teatro parecen ser influencias igual o más importantes aquí), el cine de Wes Anderson aparece como más aislado, huérfano si se quiere, librado a los “caprichos” de su realizador. Si ese “arte” que Anderson “dirige” se inspirara en el cine de terror de los ’30, en las películas de gángsters de los ’40, en los melodramas de los ’50, o en lo que sea, seguramente no se lo acusaría de lo que sea que se lo acusa. Los suyos serían llamados “homenajes” y se graduaría con honores en el conservatorio de la cultura cinematográfica.