«El hombre de acero»: más grande que las películas

«El hombre de acero»: más grande que las películas

por - Críticas
12 Jun, 2013 04:42 | comentarios

Es una película extraña EL HOMBRE DE ACERO. Para ser una superproducción carísima, una de las más esperadas del año y en la que Warner Bros. pone toda «la carne al asador» tratando de crear una franquicia con futuras secuelas, este filme de Zack Snyder no es del todo convencional. Pero no se trata de […]


Man of Steel PosterEs una película extraña EL HOMBRE DE ACERO. Para ser una superproducción carísima, una de las más esperadas del año y en la que Warner Bros. pone toda «la carne al asador» tratando de crear una franquicia con futuras secuelas, este filme de Zack Snyder no es del todo convencional. Pero no se trata de un filme de autor ni de una película fuera de los formatos típicos de estos tanques de taquilla. Es una película extraña, rara porque me da la impresión de que salió así, de que Snyder no puede -por más que quiera- hacer un filme del todo convencional. Todo tiene que ser ligeramente más grande, más ampuloso, singularmente arrítmico y desacompasado, grandilocuente, operático. En una palabra, imperial.

man of steel prisionEL HOMBRE DE ACERO no está pensada como un gran producción sobre un superhéroe, sino como la más grande superproducción sobre el más grande superhéroe que jamás existió. Y si bien la factura no siempre está a la altura de la ambición, en esos huecos, en esos errores y problemas, otra película más interesante se revela. Una en la que las fallas (narrativas, estéticas, de interpretación, lo que sea) terminan dándole algo de humanidad no sólo a los personajes, sino al filme en sí. Una en la que los errores son más interesantes -divertidos, intrigantes- que los aciertos.

Si bien la presencia de Christopher Nolan como productor y coautor de la historia se deja ver a cada momento, no es ésta una película similar a EL CABALLERO DE LA NOCHE. La psicología de Superman fue siempre más simple y por más vueltas que se le de al asunto, es imposible generarle una complejidad dramática importante al personaje. Es una película y un personaje más luminoso y amable, por más que Nolan/Snyder (y David S. Goyer, guionista) le busquen problemas familiares e intenten traumatizarlo respecto a sus superpoderes. A esta altura uno extraña a los viejos superhéroes que no parecían tener demasiados problemas con volar, vencer en combates a todo el mundo, regenerarse tras sufrir heridas o transformarse en hielo o bolas de fuego. Es casi obligación del subgénero, estudios de mercado mediante, transformarlos en «freaks».


Man-of-Steel-Russell-CroweSi de algo trata el filme es del viaje de Clark Kent del rechazo a la aceptación de sus poderes y de su rol «mesiánico» (tiene 33 años, como Jesús) en nuestro planeta. Su misión concreta en el filme será repeler los intentos del General Zod -un «compatriota» suyo del planeta Krypton- por dominar la Tierra y convertirlo en la base para crear (genéticamente) una nueva generación de «kryptonianos», ya que si bien casi todos perecieron en la explosión del planeta, son recreables mediante un Código Genético que posee (sin saberlo) el propio Kal-El (por si no lo saben es el nombre original de Clark Kent/Superman).

Este «combate» se desarrollará en dos partes. Al principio, como en el SUPERMAN de Richard Donner de 1978, Snyder nos mete de lleno en las últimas horas de Krypton, planeta que peligra por problemas ecológicos, pero que también sufre un enfrentamiento de poderes entre los reyes y el citado Zod (Michael Shannon). Jor-El (Russell Crowe) enfrenta a ambos al mismo tiempo y, sabiendo que al planeta le quedan horas, decide poner a Kal, su hijo recién nacido (por parto natural, algo que no pasaba hace cientos de años en el planeta y escena con la cual Snyder arranca el filme) en una cápsula y enviarlo a la Tierra.

man of steel kLa secuencia que se desarrolla en Krypton deja ya en claro que estamos ante una película ambiciosa. Desde la escena bíblica que abre el filme a la mezcla de reyes, dragones y extraños robots digitales que habitan el planeta pasando por los diseños escenográficos sci-fi vintage, es claro que Snyder apuesta a tirarnos por la cabeza un supermercado de referencias culturales que incluye tanto a los griegos como a Shakespeare como a… Moebius (de hecho, el diseño se parece al de la nunca filmada DUNA, de Alejandro Jodorowsky, otro que trafica en la estética del «grandiosismo»).

Las escenas de acción tienen algo de aparatoso, de teatral, como si estuviésemos viendo a Crowe y Shannon sobre algún escenario londinense gritándose y simulando golpearse y perseguirse. De hecho, en algún momento tuve la impresión de que Crowe se ponía a cantar, pero por suerte no lo hace. Hay algo falso, entre desbordado y grasa, en estas escenas. Snyder no es cool y no sabría cómo serlo. Puede tratar de hacerse el «realista», pero en el fondo lo que quiere es hacer una enorme y desaforada opera de personas en calzas. El segmento termina con Zod matando a Jor-El, Mamá Superman mandando al baby y los códigos genéticos rumbo a… Kansas, y con Zod desterrado a vivir miles de años en el espacio, algo que no está nada mal si tu planeta está a punto de explotar.

manofsteel02.jpgLa parte «realista» vendrá después -se extenderá entre los 20 minutos y la hora de película- y será la más consistente pero a la vez la más normal y predecible de la película. Con una estructura bien armada de flashbacks, nos encontramos con Clark Kent adulto salvando de la muerte a los tripulantes de un barco pesquero y de ahí la película seguirá en paralelo su actualidad (el hombre está en un viaje de autodescubrimiento tras una circunstancia traumática que prefiero no adelantar) y algunos momentos clave de su infancia y adolescencia: el descubrimiento de sus sentidos, el rescate de un micro que se hunde con chicos de su escuela y peleas varias en las que le es siempre inevitable dejar entrever que no se trata de un hombre normal.

Es que sus padres en la Tierra (en Smallville, Kansas, para ser exactos, encarnados por Kevin Costner y Diane Lane) no querían que su hijo adoptivo revelara sus poderes, ya que creían que el mundo no estaba preparado para conocerlos y él iba a sufrir mucho en consecuencia. Al crecer, Clark descubrirá su origen extraterrestre y podrá comunicarse con su padre muerto (los momentos más claramente HAMLET de la película), quien tendrá una opinión muy distinta de cuál es la función de su bebé en el Mundo: él cree que Kal debe hacerse cargo de sus poderes y de su rol de salvador universal. La gran crisis del futuro Superman será cuál es estas opciones elegir y/o cómo integrarlas.

man-of-steel-henry-cavill-diane-laneEstas serán las escenas, digamos, de «realismo psicológico» del filme. Clark es un humano perturbado que no sabe qué hacer con su vida, que conoce a una mujer que pronto sabrá su identidad pero que la ocultará a pedido suyo (Lois Lane, interpretada por Amy Adams, que está muy bien aunque el personaje no tiene demasiado desarrollo). La película adopta aquí un tono más convencional, casi poético, lo más parecido a ese formato medio «Terrence Malick» que parecían prometer los trailers del filme, con mucho campo y océanos y hielos, con padres dando lecciones de vida en frases bastante grandilocuentes, pero sin perder nunca de vista que se trata de un filme que debe tener acción, siempre. El eje de cada flashback o giro del guión estará ligado a alguna situación de suspenso y/o violencia y sus consecuencias psicológicas. Cuando Clark aprende a volar, este segmento de EL HOMBRE DE ACERO llega a su punto culminante: es el superpoder como pura epifanía.

Cuando Zod llegue a la Tierra a buscarlo, la película deberá reincorporar su parte más… olímpica. Y así, naves espaciales, subtramas sobre cómo reconfigurar el planeta para llenarlo de «protokryptonianos» y una serie de personajes que parecen salidos del album de fotos familiares de Thor se cruzarán con periodistas y militares en un enfrentamiento en el que los detalles dramáticos narrativos se pasarán por alto (o serán confusos) para centrarse en una especie de lucha permanente, que va del shopping mall de Smallville a Metropolis, entre Superman (a quien, salvo una vez, nunca se lo llama de ese modo) y una serie de nada efectivos soldaditos de juguete contra este grupo de karatecas del espacio exterior.

manofsteel14.jpgLos combates irán creciendo en tamaño y esas cada vez más enormes peleas se irán volviendo curiosamente más y más vacías de sentido. La destrucción es tan aparatosa y demencial (ciudades enteras se derrumban) que se pierde no sólo ya el sentido del desastre sino la densidad de la situación. Cuando Clark se detiene para salvar a un grupo de tres personas (futuros colaboradores suyos en The Daily Planet, seguramente) en el fondo del plano se pueden ver edificios con miles de personas derrumbándose como si fueran de papel. Difícil tomar dimensión humana en medio del caos digital…

Algo similar sucede con las peleas. Ya que ni Superman ni sus enemigos parecen siquiera despeinarse al atravesar las paredes, cuesta tomar real dimensión del daño y el riesgo. Es el colmo de un formato de acción maximizada que gana por atronador, que convence por sumisión, que atenaza al espectador desde la espectacularidad, pero en el que parece no haber nunca nada realmente en juego, no hay sentido del peligro. Snyder -todos los directores del subgénero, en realidad- intenta compensar esa falta de materialidad de las escenas a través del sonido, latoso y machacón. Y sí, nos atrapa, pero a la fuerza. Con un avión y tres, cuatro autos, RAPIDOS Y FURIOSOS 6 tiene, también sobre el final, una larga secuencia de acción cien veces mejor hecha, más enervante y efectiva.

manofsteel17.jpgEn medio del caos, crece este teatro olímpico que Snyder parece querer traficar todo el tiempo por debajo del «realismo nolanista» y que Shannon entiende, desde lo actoral, a la perfección. A Henry Cavill, dirigido para priorizar el ángulo de su mandíbula antes que lo que sale de su boca, le cuesta un poco más. No es del todo malo el actor, pero le resulta por lo menos difícil salir de un molde muy calculado en la que cualquier elemento de su cuerpo (pectorales, peinado, abdominales) parece ser más importante que su personalidad. Y su rostro, abandonado a su suerte, no logra transmitir nada demasiado dramático…

Ese combate entre realismo y estampita, entre kinesis cinematográfica y pose fotogénica, entre psicología y arquetipo, está presente a lo largo de todo el filme y lo que le da, para mí, su extrañeza; lo que la hace, de a ratos, muy buena y muy mala al mismo tiempo. Es que por momentos la película parece casi una parodia de sí misma (difícil no pensar en FLASH GORDON en dos o tres momentos) y esa zona de exceso supongo involuntario es también la que la saca del molde severo y del formato «héroe apesadumbrado», como las escenas en las que el Guasón de Heath Ledger aparecía en EL CABALLERO DE LA NOCHE y su sola presencia parecía desarmar la estructurada tesis universitaria que era la película y que volvió a ser en la tercera. Aquí, cuando Snyder saca la biblioteca clásica y pone a Dioses y a Héroes a lanzarse llamas de fuego entre sí, la película cobra una grandilocuencia y una espectacularidad que la saca de cualquier rutina. Para bien o para mal, no lo tengo muy en claro, pero que se transforma en algo único, de eso no hay duda…

EL HOMBRE DE ACERO no es una gran película, es una película grandiosa. Ya no tiene sentido decir «más grande que la vida». Aquí es, más bien, «más grande que las películas», esa forma habitualmente exagerada de plantear los conflictos humanos que a Snyder parece quedarle chica.