Festival de Venecia: un modo de filmar

Festival de Venecia: un modo de filmar

por - Críticas
27 Ago, 2013 02:57 | 1 comentario

Abrimos nuestra cobertura del Festival de Venecia con otro invitado de lujo y también habitué de este sitio: Santiago Palavecino. En lugar de entrevistarlo, optamos por que el director (y ocasional crítico) escribiera aquí acerca de la génesis de su película ALGUNAS CHICAS, que compite en la sección Orizzonti del festival que comienza mañana. La […]

ALGUNASCHICASAbrimos nuestra cobertura del Festival de Venecia con otro invitado de lujo y también habitué de este sitio: Santiago Palavecino. En lugar de entrevistarlo, optamos por que el director (y ocasional crítico) escribiera aquí acerca de la génesis de su película ALGUNAS CHICAS, que compite en la sección Orizzonti del festival que comienza mañana. La película del realizador de OTRA VUELTA y LA VIDA NUEVA tiene como protagonistas a Cecilia Rainero, Ailín Salas, Agustina Muñoz, Agostina López, Juan Barberini, German de Silva, Agustina Liendo, Pedro Merlo, Alan Pauls y Edgardo Cozarinsky, entre otros.  Aquí, entonces, la presentación de ALGUNAS CHICAS por su director.

Santiago Palavecino

ALGUNAS CHICAS empezó a gestarse casi sin que lo advirtiera, se coló en mis días trabajándome por su cuenta. Así fue como de pronto me encontré haciendo ciertas cosas. Por ejemplo, comprar ejemplares de ENTRE MUJERES SOLAS, de Cesare Pavese, y regalarlos a actrices que iba encontrando por el camino o que ya me había cruzado. El regalo iba acompañado de una anticonsigna: podían hacer con la novela cualquier cosa, leerla, no leerla, dejarla reposar años, odiarla, etc. Pero si sentían ganas de hacer algo no sobre sino a causa de ella, podían llamarme.


ALGUNASCHICAS1Cada una a su turno, las cuatro protagonistas acusaron el impacto y fuimos convirtiendo charlas y discusiones en improvisaciones y ensayos. Que no sólo no tenían que ver con la novela, sino tampoco con un guión que yo iba escribiendo sin confesárselo. Se trataba de conocernos, de que poco a poco fuera aflorando lo que ellas, y solamente la mezcla de ellas cuatro, podía generar. Encuentro lo femenino tan fascinante como impredecible, y en los sucesivos encuentros quería entender cómo abrirle la puerta a ese misterio tan escurridizo, no obstaculizarlo con la pretensión de “comprender”.

Paralelamente, iba discutiendo con los productores y el equipo cómo debía hacerse ese filme. Porque no quería (no debía) aferrarme a ninguna receta en ninguna de las diversas tareas necesarias para filmar: la estrategia de puesta en escena debía estar al servicio de lo que sucediera, y no lo contrario. Se trataba de hacer siempre algo que no supiéramos de antemano, ir hacia lo desconocido.

ALGUNASCHICAS2Por suerte, todo el mundo fue lo suficientemente inconsciente como para acompañarme en la aventura. No se buscó la corrección. Todos habíamos hecho algunas cosas antes y contábamos con ciertas destrezas, más o menos módicas según los casos; pero las tomamos como puntos de partida, resultaron muy útiles para ser abandonadas, en lugar de confirmadas.

Lo que llamo ensayos fue una convivencia intensa, lo que se llama fotografía fue aprender cada imagen desde el negro total, lo que se llama rodaje fue disponer de 20 días para que cada una de las personas convocadas pudiera elegir cómo existir. Terminado el rodaje, montar ese material fue reentrenar el ojo para descubrir cuál era la película -el guión había funcionado, por suerte, no como alambrado sino como brújula: muchos de los elementos centrales de la trama (la lluvia, el traje mojado, los sueños convividos, los matrimonios disueltos y rebarajados) fueron apareciendo de manera imprevista, e incorporados.

ALGUNASCHICAS3Lo mismo con el sonido: reescuchar toda la música (casi literalmente: desde Monteverdi a Charly Garcia, desde Mahler hasta Keith Jarrett), renovar nuestra relación con los rumores del mundo. Finalmente: poner en relación elementos que no parecían destinados a convivir. Aprendimos muchísimo, aunque no sabría decir qué. O sí: aprendimos a hacer esta película. Y más aún, a hacer la siguiente, si nos animamos a empezar otra vez de cero.

Por supuesto, la película cuenta un cuento. No queríamos el caos: anhelábamos un orden extranjero a nosotros mismos, que podía cristalizar o no. Y lo que resultó fue un relato diáfano, me animaría a decir casi clásico, que alberga emociones muy complejas. Y que podría glosarse así:

«Con la excusa de una crisis matrimonial, la cirujana Celina se toma unos días en la casa de campo de una vieja amiga a la que no ve desde sus días de estudiante. Allí advierte que algo parece suceder con Paula, la hijastra de su amiga, que brilla por su ausencia. Dos chicas, la mística Nené y la cínica María, acosan a Celina no sólo con preguntas sobre Paula sino tratando de integrarla a su grupo disfuncional. Pronto sabremos que Paula ha tenido un intento de suicidio. Pero Celina no puede cuidar de nadie, ni de sí misma: poco a poco entendemos que está escapando de algo oscuro, pero ha caído en el lugar menos indicado. En el limbo de ese pueblo infernal, sus fantasmas no harán sino resurgir y contagiarse con los de las demás: atravesará con ellas porosas pesadillas, juegos peligrosos y una incertidumbre creciente acerca de los límites entre sueño y vigilia, entre vida y muerte.»