Festival de Venecia: «Stray Dogs», de Tsai Ming-liang

Festival de Venecia: «Stray Dogs», de Tsai Ming-liang

por - Críticas
05 Oct, 2013 11:58 | 1 comentario

Después de una película esencialmente fallida como VISAGE (2009) -acaso la exacerbación del costado menos interesante de su cine y su fascinación por la nouvelle vague francesa-, Tsai Ming-liang empezó a dar muestras de sus nuevos intereses a través de los planos largos grabados en digital de un corto como WALKER, que mostraba a un […]

stray-dogsDespués de una película esencialmente fallida como VISAGE (2009) -acaso la exacerbación del costado menos interesante de su cine y su fascinación por la nouvelle vague francesa-, Tsai Ming-liang empezó a dar muestras de sus nuevos intereses a través de los planos largos grabados en digital de un corto como WALKER, que mostraba a un monje budista caminando muy pero muy lentamente a lo largo de más de 25 minutos de película. Más que nuevos intereses, uno podría hablar de retorno a los orígenes por la vía del video digital.

STRAY DOGS, ganadora del Gran Premio del jurado del Festival de Venecia 2013, sigue explorando un terreno estético similar, enfrentando a personajes «fuera de sistema» con la locura de la gran ciudad. Como en WALKER aquí tampoco hay una línea narrativa clara y recién a la media hora de película empieza a asomar: un hombre trabaja parado en la calle sosteniendo carteles publicitarios de venta de departamentos de lujo, literalmente contra viento y marea. No se trata, de cualquier modo, de un trabajador sacrificado y ejemplar: buena parte del tiempo se la pasa bebiendo y tirado en cualquier parte.

El hombre tiene dos hijos con los que vive en algún tipo de refugio improvisado en lo que parece ser un subsuelo y en la vida de este trío (que come en la calle y se lava en baños públicos) aparecen una serie de mujeres que, si bien no queda claro al ver la película, se trata de tres actrices diferentes interpretando a su ex mujer. Como dato de color, su hija tiene como extraña mascota una enorme planta de lechuga.


SONY DSCPero esos detalles narrativos son casi secundarios a la hora de apreciar el filme y funcionan más como referencias para orientarse en el camino sin rutas que propone Tsai. Las formas son lo que priman aquí: el padre (el actor fetiche de Tsia, Lee Kang-Sheng) y sus hijos son «perros de la calle» a lo que se refiere el título y su extraña confrontación con el mundo que los rodea es el centro del filme. Así, los chicos pasan buena parte de su tiempo dando vueltas por un enorme supermercado y comiendo las «muestras gratis» que pueden encontrar ahí. Así, el padre tiene el hábito -como los protagonistas de VIVE L’AMOUR– de pasar a veces la noche y quedarse en los departamentos que ayuda a vender. Así, la ciudad sigue su marcha mientras ellos circulan ocultos entre sus pliegues.

Y la película del director de THE RIVER se centra en esos pliegues. A partir del uso de planos largos (algunos larguísimos, como los que tienen lugar en un edificio abandonado con un enorme mural «paisajístico», que llegan a los 14 minutos), Tsai observa a los personajes en su contexto y lo hace de una manera tan bella como poética, logrando que esos cuadros vivos expresen todas esas contradicciones sin casi tener que recurrir al uso de la palabra. En los llantos del protagonista, en su desesperación al engullirse bestialmente esa planta de lechuga que, convertida en marioneta, parece estar viva, en los perros desesperados de hambre que pasan de acá para allá y, especialmente, en esa lluvia torrencial tan típica del cine del realizador que parece acabar con todo a su paso, STRAY DOGS incorpora a esa «belleza pictórica» la emoción necesaria como para mantener el interés del espectador.

straydogsçEs claro que no se trata de una película sencilla y seguramente generará estampidas varias en los cines (un hombre mirando una pared durante 10 minutos puede llegar a ser demasiado para buena parte del público), pero no hay duda que Tsai confirma aquí ser uno de los grandes maestros del minimalismo cinematográfico, capaz de desprenderse de estrategias narrativas literarias para optar por transmitir cinematográficamente las emociones e ideas que le produce una situación como la que atraviesan estos personajes. Cerca del final, cuando el núcleo familiar parece restituido, no sabemos si estamos en el presente, en el pasado o en algún tipo de sueño. Es un momento de reposo, poético, a la cruenta pero por momentos extrañamente feliz supervivencia cotidiana.

Allí donde un cineasta más apegado a los mecanismos tradicionales hubiera profundizado en los detalles circunstanciales de la vida de esos personajes (o en traducir psicológicamente sus conductas), Tsai da por sentado que podemos imaginarlos y nos entrega, simplemente, una mirada al mundo que atraviesan y a las consecuencias emocionales de su dura realidad. Paredes que lloran, una cena callejera, un supermercado lleno de delicias ajenas, una botellita de alcohol de mala calidad: de esos detalles está hecha la película, en ese mundo viven nuestros «animales abandonados». Entre los residuos de otro mundo y de otra gente que casi no alcanzamos a ver.