Cannes 2014: «Mange tes morts», «Cold in July», «Whiplash»

Cannes 2014: «Mange tes morts», «Cold in July», «Whiplash»

por - Críticas
22 May, 2014 05:41 | Sin comentarios

Las tres películas que integran este post sobre el Festival de Cannes son de la sección Quincena de Realizadores. Si me fijo en los puntajes que les puse a las películas presentadas allí –de hecho, si se gijan en los promedios de todos los votantes– noto que son, en promedio, bastante elevados. Es una sección […]

Quinzaine_2013Las tres películas que integran este post sobre el Festival de Cannes son de la sección Quincena de Realizadores. Si me fijo en los puntajes que les puse a las películas presentadas allí –de hecho, si se gijan en los promedios de todos los votantes– noto que son, en promedio, bastante elevados. Es una sección que muchos hemos discutido en los últimos tiempos, desde que tiene la conducción Edouard Waintrop, por su abandono casi total del cine de búsqueda y experimentación que caracterizaba a la sección cuando la dirigía Olivier Pére. Es verdad, Waintrop no se caracteriza por darle demasiado espacio a los cineastas más radicales prefiriendo un tipo de cine más mainstream y con una apuesta fuerte por el género. Pero dentro de ese tipo de búsqueda hay que reconocer que este año la sección está ofreciendo muy buen material.

Las tres películas que reseño aquí –lo mismo que las anteriores y las que analizaré más tarde– así lo prueban. Más allá de las decisiones, digamos, «editoriales», las películas son muy buenas.

 

MANGE TES MORTS, de Jean-Charles Hue (Francia)


mange-tes-mortsUn grupo étnico/religioso que vive en el norte de Francia es el centro de esta película que opta por un registro semidocumental para contar las aventuras de un grupo de jóvenes de esta comunidad a la que se puede comparar con los «white trash» americanos. Rubios, obsesionados por los autos, las pesas y la violencia, esta especie de gitanos de look germánico tienen una característica particular: son devotos cristianos. El filme se centra en un adolescente que, cual personaje de Scorsese, debe optar entre una vida más calma y religiosa, o la vida más de robos, acción y locura de algunos de sus hermanos mayores.

El problema es que uno de sus hermanos (medio hermano en realidad) ha recién salido de la cárcel y se lo lleva junto a otros dos a cometer un delito esa noche en un auto manejado por ellos a muy alta velocidad y con una buena dosis de alcohol que se va acumulando por el camino. El filme describe la previa de esa noche y todos los eventos con la cámara acompañando la intensidad del grupo al que siempre rodea la amenaza de violencia, tanto interna como externa. Hue me hizo recordar un poco al argentino José Celestino Campusano en la manera en que describe este mundo de hombres violentos, casi una secta medio desconocida para los de afuera, convive con ellos y logra transformarlos en muy ricos personajes cinematográficos. El estilo es distinto (menos de género y más de observación aquí) pero la intención es la misma: crear un universo cinematográfico para ellos (a quien viene siguiendo a lo largo de varias películas) y habitarlo.

 

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COLD IN JULY, de Jim Mickle (Estados Unidos)

cold in julyLos fanáticos del retro ochentoso seguramente perderán las medias cuando vean esta película que, como si fuera un objeto encontrado de la era Walter Hill/John Carpenter del cine americano, se constituye como un policial clase B de alta intensidad y sin muchas vueltas. La película de hecho transcurre en los ’80 –se  basa en una novela del autor de pulp fictions Joe R. Lansdalee incluye esos absurdos peinados y bigotes, horrendos VHS y ese universo de detectives de poca monta, pueblo chico, mujeres en peligro y armas gigantes propio del tipo de cine.

Un hombre timorato mata a un intruso en su casa casi sin querer y de a poco ese hecho va abriendo las puertas para descubrir toda una red criminal con la que ahora debe lidiar. Un casi irreconocible Michael C. Hall (DEXTER) capitanea el elenco, que completan dos veteranos del cine de esa época: Sam Shepard y Don Johnson. Con una banda sonora de teclados propia de una película de Carpenter y algunos guitarrazos que parecen extirpados de las de Hill, la película no sorprende pero sí resulta un homenaje pasado de rosca a una era de cine que para muchos de nosotros es un recuerdo de la adolescencia. Tal vez no sea más que un simpático divertimento, pero vale la pena.

 

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WHIPLASH, de Demain Chazelle (Estados Unidos)

whiplashMultipremiada en Sundance y muy esperada aquí –la gente hacía filas para verla más de una hora antes–, la segunda película de Chazelle es un muy intenso, excesivo atrapante drama en forma de thriller centrado en la relación, enfrentamiento y pelea entre un profesor de música (J.K. Simmons, increíble) y un talentoso alumno baterista de 19 años (Miles Teller, no menos notable) que estudia con él e intenta entrar a la banda de jazz de la universidad que él dirige.

El profesor es de una dureza y crueldad pocas veces vista: agrede psicológicamente y maltrata físicamente a sus alumnos en pos de lograr una excelencia que los saque, asegura él, de la medianía y el conformismo y los transforme en los nuevos Charlie Parker. El alumno entra rápidamente en esa espiral competitiva y no quiere fallarle a su profesor por miedo a perder su lugar en la banda. La «guerra» entre ambos tiene algo de admiración mutua y trampas psicológicas, pero el asunto termina por irse de las manos en un filme que describe ese universo de una manera tan precisa y atrapante que el resto de las cosas (la familia, la novia, etc) parece quedar fuera de cuadro.

La fiereza del guión, las actuaciones y el ritmo del filme nos llevan de las narices a través de un territorio psicológica y éticamente complicado cuya ambigüedad se hace más evidente en un final un poco exagerado que intenta cerrar algunas puertas que no seon tan fácilmente «cerrables». Es inteligente que Chazelle no pinte a un joven amable e inocente «maltratado» sino a alguien tan o más competitivo que su profesor y no dispuesto a dejarse vencer por esta especie de «Cholo» Simeone del jazz que cree en que hay que practicar hasta sangrar y perder los sentidos, abandonarlo todo y a todos por la perfección en el arte.

El filme también logra eso: trabaja con la intensidad de un beat musical hasta hacerte entrar en su poderoso ritmo y atrona al espectador y lo somete con la fuerza de sus solos de batería. Solo después uno puede notar que la experiencia fue impactante, pero la melodía deja un regusto un tanto desagradable.