Ciclos: el Día del Director Audiovisual

Ciclos: el Día del Director Audiovisual

por - Críticas
21 Jul, 2015 01:20 | comentarios

Con motivo de cumplirse el Día del Director Audiovisual, el jueves 23 DAC (Directores Cinematográficos Argentinos) y el INCAA organizan la proyección –gratuita– de cuatro preestrenos nacionales: EL CIELO DEL CENTAURO, de Hugo Santiago; LULU, de Luis Ortega y los documentales WALSH ENTRE TODOS, de Carmen Guarini y CUERPO DE LETRA, de Julián D’Angiolillo. Las […]

dia realizadorCon motivo de cumplirse el Día del Director Audiovisual, el jueves 23 DAC (Directores Cinematográficos Argentinos) y el INCAA organizan la proyección –gratuita– de cuatro preestrenos nacionales: EL CIELO DEL CENTAURO, de Hugo Santiago; LULU, de Luis Ortega y los documentales WALSH ENTRE TODOS, de Carmen Guarini y CUERPO DE LETRA, de Julián D’Angiolillo. Las cuatro películas argentinas podrán verse con entrada libre en el Gaumont, BAMA, Artemultiplex, Artecinema y la Sala Leopoldo Lugones. Los horarios de las funciones pueden consultarse en todos los cines adherentes o a partir del martes 21 en www.dac.org.ar 

La fecha recuerda la creación –hace 57 años– de DAC (Directores Argentinos Cinematográficos), la asociación que fundada por legendarios cineastas como Fernando Ayala, Hugo del Carril, Lucas Demare, René Mujica, Leopoldo Torre Nilsson y Mario Soficci, entre otros, nuclea desde entonces a los realizadores audiovisuales argentinos y defiende su derechos como autores.

Además DAC, que este año celebra su 57 aniversario, realizará ese día «La gran noche del director audiovisual» en su amplia sede inaugurada el año pasado. Una fiesta en la que entregará premios a consagrados directores y directoras del cine y la TV como: Anahí Berneri, Adrián Israel Caetano, Carlos Sorin, Fernando Birri, Héctor Olivera y Hernán Abrahamsohn


Aquí van las críticas de las cuatro películas que se verán en el ciclo.

 

LULU, de Luis Ortega

LULU POSTERLULU (o LU-LU, según uno quiera llamarla, es casi a elección) es la sexta película de Luis Ortega, el precoz, talentoso, dispar y creativo realizador argentino que, pese a tan “larga” carrera recién anda por los 34 años. Con un debut promisorio y explosivo como CAJA NEGRA, Luis fue experimentando en películas más grandes (MONOBLOC), más chicas (DROMOMANOS), de curiosa ciencia ficción (LOS SANTOS SUCIOS) y hasta extraños modos de adaptación literaria (VERANO MALDITO, basado en Mishima). Tengo la sensación que en DROMOMANOS (2012) se fue reencontrando con el universo con el que más se identifica: el de los márgenes, el retrato de personajes que están al borde del precipicio, viviendo fuera de las reglas sociales “convencionales” y que coquetean con el peligro, la locura, la enfermedad y la curiosa libertad que todo eso trae aparejado.

LULU es, en ese sentido, una continuidad de esas temáticas pero, a la vez, una apertura a unas formas más accesibles, libres y relajadas desde lo narrativo. Es la película más clara, limpia y efectiva de su carrera en lo que respecta a lo formal. Si bien los temas permanecen casi inalterables y su cine no ha perdido nada de su libertad creativa, hay en ella un respeto a formas más tradicionales de la narración cinematográfica que, es de esperar, le acerquen su cine a más público.

LULU (o Lu-Lu) son Ludmila y Lucas, una pareja de jóvenes que vive en una casucha escondida ahí donde Recoleta se topa con Avenida del Libertador, Figueroa Alcorta y frente al Parque Thays, donde el verde de la zona, los árboles gigantescos y el “célebre” monumento de Botero suele impactar –para bien o para mal– a los que se lo topan a su paso. Lucas (Nahuel Pérez Biscayart) anda con un revolver en la mano, aparentemente cargado con balines, que usa para dispararle al monumento, al aire o a lo que se le ocurra. Es una especie de “alma libre” que hace algo parecido a trabajar recogiendo huesos de animales con una camioneta (conducida por Daniel Melingo) por las carnicerías de la zona. Pero su verdadera pasión está en deambular por la ciudad en plan anárquico: puede robar una farmacia, seguir una chica en la calle, emborracharse con desconocidos en un bar o payasear en el subte. Lo suyo –en la mejor escuela Dennis Lavant/Leos Carax– es vivir el momento sin pensar demasiado en el futuro. Disfrutar de esa cruza de vagabundo y flaneur que lo caracteriza.

LULU3Ludmila (Ailín Salas), un poco más perturbada y callada más allá de algunos momentos en los que “le sigue el tren” a su novio, anda en una silla de ruedas porque sí. O bien, da la impresión que en algún momento la necesitó (tiene una bala incrustada en el pecho, según una radiografía que muestra a un médico) y que ya la usa bien por diversión o bien para pedir dinero circulando en medio de las congestionadas avenidas. De la familia de Lucas se sabe poco y nada, pero la de Ludmila trae un bajage importante que no vamos a revelar acá. Solo basta decir que tiene un hermano pequeño al que ve y a otros miembros de su familia con los que está alejada.

LULU seguirá las desventuras casi “godardianas” de esta pareja. Hay en este electrizante vagar por la ciudad algo que caracterizaba a los personajes de las primeras películas de Jean-Luc Godard, de SIN ALIENTO a PIERROT EL LOCO, pero especialmente ASALTO FRUSTRADO/BANDE A PART: una sensación de recuperación y conquista de los espacios públicos, un dominar las calles por pura efervescencia juvenil. Aquí las cosas se volverán un poco más complicadas con el correr de la narración (la referencia a LOS AMANTES DE PONT NEUF en una versión pequeña y punk es inevitable), pero nunca se perderá de vista ese romance intenso pero frío a la vez –en el que conviven mucha complicidad y afecto, pero también muchos momentos de fastidio mutuo– que une a los protagonistas, dos sobrevivientes dispuestos a no dejarse llevar por las circunstancias.

luluEso es lo que hace a LULU una película inusual dentro de un subgénero o un registro temático recorrido. El filme se escapa del realismo estricto y del miserabilismo “festivalero” gracias a un espíritu festivo (Biscayart cada vez que puede baila o corre o salta o molesta a los que se le cruzan) y los momentos entre lúdicos y absurdos que viven los protagonistas. Aún las situaciones potencialmente más densas que les suceden tienden a resolverse con menos gravedad que lo esperado, algo que solo se pierde en la última parte del filme, donde acaso las apuestas y posibles pérdidas son más altas.

A mitad de camino entre la fantasía adolescente rockera (el cine argentino de los ’60 y ’70 aparecen como referencia, especialmente en el uso de espacios de la ciudad no siempre considerados como “cinematográficos” por las nuevas generaciones), algunos momentos del Favio de CRONICA DE UN NIÑO SOLO y la película sobre las vidas “al costado del camino”, LULU parece poder, a la vez, celebrar y cuestionar esa forma de vida, dando a entender que en ella conviven los placeres y los peligros, la libertad y la invisibilidad, el disfrute y el sufrimiento. En medio de autos que los pasan, veloces, de largo, y un torso humano extraño y sin cabeza que los mira desde el otro lado de la avenida, Ludmila y Lucas tratan de mantener su pequeño espacio de contención, su modesta familia sustituta. No les será sencillo, claro, pero en el camino vivirán algunas inquietantes aventuras.

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EL CIELO DEL CENTAURO, de Hugo Santiago

elcielodelcentauroTodo un logro el del festival el de tener en la apertura la nueva película del realizador argentino de INVASION, coescrita por Mariano Llinás y producida por La Unión de los Ríos, mezcla de admiradores y herederos de una tradición que el director radicado en Francia inauguró en el país. Esa mezcla ajustada de sensibilidades se nota en un filme que claramente es deudor de la manera de ver el cine de ambos, en lo que podría ser un thriller urbano, misterioso y elíptico, que transcurre alrededor de distintas locaciones de Buenos Aires y que toma a la ciudad casi como la verdadera protagonista.

EL CIELO DEL CENTAURO podría definirse como una historia detectivesca/existencial en la que un marino francés llega a la ciudad para entregarle un paquete a una misteriosa persona conocida por todos pero inhallable. Previsiblemente, las cosas se van complicando cada vez más ya que ni la persona ni el paquete en cuestión son lo que el hombre esperaba, lo que lo obliga a embarcarse en una suerte de gira de idas y vueltas por la ciudad buscándolo y encontrándose con una serie de personajes igualmente inquietantes y extraños por el camino.

el-cielo-del-centauro-672x256Suerte de HALCON MALTES en el que el “Fenix” en cuestión (el paquete que nuestro inocente y boquiabierto francesito debe entregar) es menos importante que la coreografía de acontecimientos que van de lo bizarro y humorístico al suspenso y que incluye escenas de enorme belleza y elegancia visual (la película es en un pristino blanco y negro, apuntalado con algunos colores estratégicamente posicionados) junto a otras algo más fallidas y un pequeño desvío hacia la divulgación histórica con un recorrido fascinante y didáctico sobre la obra del pintor Cándido López.

El filme mantiene algunas constantes propias de películas de Santiago pero embebido del espíritu del cine de “desventuras narrativas” que lo emparenta con el cine de Alejo Moguillansky, el citado Llinás y hasta de Matías Piñeiro, en su devenir narrativo y urbano alejado de la psicología y que encuentra en el propio placer por la aventura misma su gran argumento y fuerza. Un regreso más que bienvenido a un realizador que no filmaba aquí desde que Borges y Bioy Casares le escribían los guiones…

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CUERPO DE LETRA, de Julián D’Angiolillo

CUERPO-DE-LETRA_600El inquieto ojo del realizador de HACERME FERIANTE vuelve en este película, que cruza ficción con documental pero se vibra y siente como lo segundo más allá de que probablemente bordee lo que ahora se da por llamar “híbrido”. D’Angiolillo centra su historia en el universo de los grupos que hacen pintadas políticas en las avenidas, rutas y autopistas en los márgenes de la ciudad de Buenos Aires, poniendo el eje especialmente en las disputas barriales y locales de los distintos punteros y sectores políticos para los que los personajes trabajan.

El filme coquetea con encontrar una estructura de ficción que sostenga el retrato pero pronto parece abandonarla para apostar por un formato más impresionista y documental, mostrando las actividades cotidianas y el peligroso trabajo nocturno de estos “fantasmas de la ruta” que actúan en las sombras, cuando todos duermen, y nos sorprenden cada mañana con la alteración muchas veces violenta del paisaje visual cotidiano.

Si bien le falta algo de claridad y eje a los relatos del filme, es indudable que D’Angiolillo tiene un agudo y ajustado poder de observación, uno que tal vez esté necesitando la gran historia que lo haga finalmente explotar. El talento está ahí, a la vista y tan en evidencia como esos carteles que nos distraen en las rutas.

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WALSH ENTRE TODOS, de Carmen Guarini

walshEste documental busca capturar el trabajo de Jorge González Perrin en su intento por plasmar un homenaje a los detenidos-desaparecidos de la última dictadura militar mediante el trabajo artístico de su grupo, llamado Arte-Memoria Colectivo. Junto al artista, colegas, familiares y amigos de los desaparecidos y cualquiera que desee colaborar (no es necesario ser artista para hacerlo), Perrín monta obras ligadas a la memoria en distintos lugares del país. El filme de Guarini se centra en su trabajo, mostrando en especial la organización de uno de sus proyectos más ambiciosos, la construcción colectiva de un retrato de Rodolfo Walsh de grandes dimensiones, a colocarse en el centro de la ciudad, y en el que las personas colaboran con sus pequeños «cuadritos» dentro del gran cuadro. El filme evolucionará desde ahí a mostrar la «exhibición» en sí y otras zonas de su trabajo que poco tienen que ver con Walsh.

En los diálogos e intertítulos que separan las distintas escenas del filme conocemos un poco más las ideas y el pensamiento de Perrín ya que el documental no tiene entrevistas ni voz en off. La cámara de Guarini sigue el día a día de la puesta a punto de esa exposición (y otras), casi a la manera de un backstage/making-of del trabajo del artista y de sus colaboradores. La película en sí no sorprende demasiado ni posee un interés específico o estético que exceda al registro de la noble y generosa tarea de este hombre, cuyas ideas resultan admirables más en lo conceptual/social que en lo estríctamente artístico, especialmente por su destacable intento por celebrar la vida de estas personas de una manera si se quiere luminosa. Algo similar sucede con la película, cuyas intenciones son sin dudas más ricas e interesantes que su resultado y cuya amable luminosidad es su punto más destacable.