Estrenos: «El clan», de Pablo Trapero

Estrenos: «El clan», de Pablo Trapero

por - Críticas
18 Ago, 2015 12:55 | comentarios

Las películas sobre casos policiales célebres son armas de doble filo. A favor, claro, tienen el hecho de que la fama de esos casos las hacen comercialmente atractivas y «vendibles». En contra le juega el hecho de que, bueno, si el caso es famoso todos más o menos saben que pasó y cómo terminó. El […]

clan-graficaLas películas sobre casos policiales célebres son armas de doble filo. A favor, claro, tienen el hecho de que la fama de esos casos las hacen comercialmente atractivas y «vendibles». En contra le juega el hecho de que, bueno, si el caso es famoso todos más o menos saben que pasó y cómo terminó. El desafío en casos como EL CLAN es encontrar un eje que le permita a la película escaparse –o explayarse– a partir de esa situación. Y Pablo Trapero lo encontró en su filme sobre el Caso Puccio.

Es cierto que para muchos que tienen menos de 40 años el célebre caso de la familia Puccio es más conocido como un titular que por sus más turbios detalles, y por eso –a diferencia de muchas notas y entrevistas que he leído que cuentan la historia hasta el último detalle como si todo el mundo supiera exactamente lo que pasó– trataré de no «spoilear» sus acontecimientos principales. Lo que queda claro desde el principio es que el filme asume cierto conocimiento de parte del espectador y arranca con la detención del líder de la familia. Pero también queda claro que la intención es ir de allí hacia otro lugar, a uno que tal vez ni siquiera la propia película sepa que está yendo.

clan2EL CLAN no arranca bien. Tiene una serie de idas y vueltas en el tiempo que la vuelven confusa para los que no estén al día con las mutaciones de la Argentina entre 1982 y 1985, y demasiado obvia para los que sí lo estamos. En un punto, ese subrayado es innecesario: el caso de la familia Puccio, es cierto, deja en evidencia las diferencias entre la Argentina de la dictadura y la de la democracia, pero el ida y vuelta entre discursos de Alfonsín y Galtieri más los propios tiempos de comienzo y final de la saga Puccio (al menos de la etapa que se narra aquí) plantan una bandera preocupante ya que da la impresión de que la película intentará cargarse con la mochila de usar el caso para contar un capítulo importante de La Historia Argentina. Y que lo hará en mayúsculas…


Pero, por suerte, es solo un momento. Una vez que la película se saca esa carga de representar una época política de la Argentina, puede dedicarse a contar su historia, dejando a eso como marco, como «contenedor» que no explica todo, claro, pero que contextualiza el mundo en el que nos adentramos. Los Puccio eran, según se cuenta en el filme, una familia más o menos normal de San Isidro: con un local comercial, muchos hijos (los varones jugaban al rugby, claro) y una aparente armonía a prueba de sospechas. Pero tenían algunos secretos. Uno de ellos era que realizaban secuestros extorsivos. El otro, lo veremos más adelante…

clan1Arquímedes Puccio era un miembro de ese extraño universo que por entonces se daba en llamar «mano de obra desocupada» de la dictadura, gente que había empezado a utilizar para su beneficio económico personal metodologías usadas por repugnantes motivos políticos. Y, a su manera, por la negación o participando, su familia era cómplice de este sistema. En especial, Alejandro Puccio, su segundo hijo varón (el mayor, «Maguila», se había ido a jugar al rugby a Nueva Zelandia, evidentemente para escapar de ese disimulado infierno). Alejandro no sólo colaboraba con su padre en la tarea –a disgusto y con dudas, pero no podía oponerse a la poderosa figura de Arquímedes– sino que hasta les conseguía las víctimas.

El primer logro de EL CLAN es contar la película desde adentro de la vida de la familia. No hay policías ni investigadores ni periodistas siguiendo pistas. Lo que al filme le interesa es la mecánica familiar, los espacios y los secretos que poseen los miembros de una familia, con sus tensiones internas, su forma de relacionarse y de decirse (o no) las cosas, sus miedos y zonas de riesgo, hasta sus alegrías. Y es ahí –no en la narración del caso por caso, no en el «así era la Argentina entonces»– donde la película crece, donde se nota la mano de Trapero, un realizador que a lo largo de su carrera ha hecho de las relaciones familiares su tema principal.

clan4MUNDO GRUA era, después de todo, un filme sobre la relación entre un padre y su hijo, y si uno va más atrás encontrará que NEGOCIOS, un corto suyo de 1995, también se centra en un padre y un hijo que tienen un local comercial en el Gran Buenos Aires. En FAMILIA RODANTE, EL BONAERENSE y NACIDO Y CRIADO el tema familiar sigue siendo central y, aún en menor medida, sigue apareciendo en las películas posteriores. Es cierto que ninguna de las familias de esas películas hacía secuestros extorsivos, pero la mirada es la misma: la lógica de la mayoría de las cosas en sus películas «se cocina» en casa, a partir de lo que somos en el día a día familiar. Especialmente –como es el caso de los jóvenes Puccio– cuando somos menores y vivimos con nuestros padres.

La película es, entonces, sobre Alejandro y la relación con su padre, sobre su imposibilidad de escaparse de ese sistema por la pesada figura de Arquímedes y por su propia «tentación» de participar en un negocio que daba evidentes ganancias. Alejandro –muy bien interpretado por Peter Lanzani– es de algún modo el representante de la audiencia en este infierno ya que su propia negación y silencio (el de muchos, entonces) lo vuelve un curioso héroe de la trama: sabemos que es culpable, pero la película intenta involucrarnos en su lógica interna, en entender porqué no pudo salir de esa maquinaria macabra.

clan3Y ahí es donde entra, para mí, el tema más interesante de la película, que tiene que ver con una cuestión, digamos, de clase. Por decirlo de otro modo: en gran medida las actividades de Arquímedes, sus secuaces y el propio Alejandro estaban motivadas por una suerte de resentimiento social de una familia de clase media alta que no pertenecía a la elite de San Isidro (a los que se muestra con una vida lujosa, de fiestas, yates y grandes caserones) sino que, por el contrario, tenían que «trabajar» para conseguir ese acceso. El trabajo podía ser legal o no, pero lo importante –para Alejandro especialmente que, con culpa, entregaba víctimas– era poder pertenecer a esa elite, como sea. Eso le impide salirse. Y más cuando aparece una novia de por medio…

Es una zona compleja de analizar la de las diferencias de clases sociales entre los ideólogos y los ejecutores durante el Proceso, entre los participantes de los Servicios de Inteligencia, la clase media «aspiracional», los militares y la elite económica. Sin meterse demasiado en eso, casi de soslayo, la película husmea una zona enrarecida de la historia política argentina, no tan clara como la que se subraya entre la dictadura y la democracia. Es ahí, siento yo, donde Trapero tiene algo para decir, pero casi sin decirlo. Si bien algunos críticos a los que le molesta que el Nuevo Cine Argentino que Trapero ayudó a fundar haya hablado poco y nada sobre la historia política argentina en sus películas, creo que EL CLAN lo hace, pero no de la manera que la propia película invita a ser leída sino de otra, más sinuosa y ambigua.

A211R6MUEs un eje que también siempre estuvo en el cine de Trapero. Desde «El Rulo» de MUNDO GRUA a la chica de clase media metida en una cárcel de LEONERA, ese choque social es un motivo reiterado en las películas de este cineasta que estudió cine en la FUC, a kilómetros (y años luz en otros sentidos) de distancia de su negocio familiar en San Justo. Acaso inconscientemente, ese eje resuena permanentemente en EL CLAN y es el que permite, de algún modo, que Trapero y el espectador se identifiquen con Alejandro y su particular forma de negación.

Es cierto que para que eso exista tiene que existir también una figura temeraria como la de Arquímedes, monstruo que Guillermo Francella construye con filosa precisión en el que tal vez sea el mejor trabajo de su carrera, trabajo en el que el actor debió actuar contra su propia imagen. Si algo tiene a su favor Francella es su capacidad de empatía con un simple arquear de cejas o movimiento de labios y aquí debía hacer su absoluto opuesto. Y la transformación es notable, logrando convertir a Arquímedes en un personaje de temer, tan alienado como frío, tan mecánico como falsamente amable. Una mezcla de cínico con psicótico.

A todo esto, casi no es necesario decirlo, EL CLAN funciona en sus elementos más básicos: está muy bien narrada (más allá de ciertos baches ya clásicos en el sistema narrativo algo lagunero de Trapero), es técnica y actoralmente irreprochable, y tiene la suficiente tensión y suspenso como para transformarse en un éxito comercial. Que el «cine industrial» argentino haya llegado a un nivel como para no tener que hablar demasiado de estas cosas es un logro en sí mismo, uno que tal vez las nuevas generaciones no lleguen a apreciar tanto como los que crecimos con otro cine nacional. A la vez, que ese cine de factura industrial pueda seguir teniendo una impronta autoral permite pensar que dilucidar qué es el cine nacional de hoy no consiste, simplemente, en hacer una lectura binaria independiente vs. industrial, sino que el asunto es bastante más complicado de lo que aparenta. Como la propia película…

(EL CLAN se presentará en la Competencia Internacional del Festival de Venecia)