SANFIC 2015: «Surire» y «Chicago Boys»

SANFIC 2015: «Surire» y «Chicago Boys»

por - Críticas
31 Ago, 2015 08:46 | Sin comentarios

Escribir sobre las películas que uno vio en un festival en el que estuvo como jurado suele ser una tarea complicada por motivos que son obvios. Por suerte, en el caso del SANFIC –el festival de cine de Santiago de Chile en el que fui jurado de la competencia chilena–, tuve la suerte de que […]

sanficlaurelesEscribir sobre las películas que uno vio en un festival en el que estuvo como jurado suele ser una tarea complicada por motivos que son obvios. Por suerte, en el caso del SANFIC –el festival de cine de Santiago de Chile en el que fui jurado de la competencia chilena–, tuve la suerte de que los premios que dimos fueron a las dos películas que más me habían gustado, lo que facilita el asunto. En su onceava edición, el SANFIC presentó dos competencias de largos (una local y otra internacional). Vi muchos de los títulos de la otra competición y se trata sin dudas de una buena selección de películas muy diferentes entre sí pero la mayoría con méritos para participar en esa competencia.

En la competencia de largos chilenos que me tocó juzgar el nivel fue un tanto más desparejo, pero entre ellos se destacó un filme documental que merece estar entre los mejores del año en ese género y otro que, si bien no está en ese nivel, es un importante e inusual recorrido por los últimos 60 años de la vida chilena, pero haciendo hincapié no tanto en la política sino en la economía. En realidad, en las conexiones entre ambas pero con el acento puesto en la segunda.

Aquí van las reseñas, entonces, de las para mí dos mejores películas de la competencia chilena –ambas premiadas como mejor filme y director, respectivamente– en el SANFIC.


 

SURIRE, de Bettina Perut e Iván Osnovikoff

SURIRE-Apolinario-Castro-678x330En un paraje desolado y desolador –una salina ubicada en el norte de Chile, a pocos kilómetros de la frontera con Bolivia–, los documentalistas chilenos ubicaron su mirada en los pocos habitantes de la etnia aymara que viven allí y cómo su modo de vida tradicional se va viendo modificado por la llegada de camiones y camiones que pasan como en fila hacia una zona en la que se está explotando un yacimiento y que solo vemos de lejos, como una suerte de fantasma amenazante.

Pero la cámara no se detiene en esto ni se parece a un documental de denuncia. Para nada. Los realizadores se enfocan en el cotidiano de algunas pocas personas: una anciana, una pareja muy mayor también y luego un niño que viene a estar un tiempo con ellos para cuidarle los animales cuando se vayan a Bolivia. Son solo esos pocos seres, sus animales (los flamencos son la característica más curiosa de la zona) y muy pocos más los que aparecen a lo largo del filme, que dedica casi todo su tiempo a observar sus rituales cotidianos, sus conversaciones casuales y a retratar su forma de vida pero sin ninguna intención ni falsamente folclórica, ni pintoresquista.

surire-2Los personajes, en especial la mujer, pueden ser secos, hoscos y solo por momentos simpáticos, pero el filme no intenta convertirlos en criaturas exóticas sino en lo que son: los últimos habitantes de una zona que, uno supone, pronto pasará a estar dominada por lo que suceda con el cercano yacimiento. Tampoco por aquí pasa la idea de convertir el lugar en un escenario «cósmico» o espiritual ni representativo de las grandes tragedias nacionales como otros filmes recientes han intentado filmando en zonas cercanas. Aquí los realizadores se dedican al retrato de una forma de vida. Las conclusiones quedan a cargo del espectador.

Lo que vemos puede ser por momentos muy divertido (un hombre pidiendo víveres por radio a alguien que casi no lo escucha, la anciana cortándole el pelo a su perro o puteando mitad en quechua y mitad en español ante un potencial incendio o el niño intentando andar en bicicleta de una manera un tanto peculiar) y también denso, duro, difícil. En los pies llagados y las manos secas de los protagonistas queda claro que la vida allí requiere un esfuerzo descomunal al que, si bien están acostumbrados, a su avanzada edad ya casi no le pueden hacer frente.

Más allá de una excesivamente gráfica escena en la que se mata y pela a un animal –el plano es innecesariamente cercano para mi gusto–, SURIRE es un documental incuestionable, inteligente y lúcido. Desde lo que elige observar hasta cómo lo observa, dándole al espectador imágenes de una extraña belleza pero sin transformarlo en un exótico paraíso (las imágenes borrosas a causa del calor que desprende el suelo le dan por momentos un carácter de pintura impresionista) y entrando en la vida de estos seres sin condescendencia ni intento de victimización. Al contrario, poniéndose a la altura de lo que están contando y sin emitir sentencia alguna más que a partir de ciertas contradicciones visuales. El respeto a la inteligencia del espectador que otros documentales –incluyendo algunos chilenos muy recientes y más celebrados internacionalmente– no tienen.

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CHICAGO BOYS, de Carola Fuentes y Rafael Valdeavellano

UnoChBoys_foto-gentileza-Carlos-Massad de las temas más curiosos y contradictorios (al menos para los argentinos) del país vecino es su historia económica neoliberal y cómo se ha implementado de un modo que, a menos a primera vista, parece haber funcionado mucho mejor que en otros países del Tercer Mundo, como Argentina específicamente, al punto que fue uno de los motivos que impidieron que la dictadura de Pinochet acabara antes y con las unánimes condenas sociales que tuvieron todas las dictaduras en América Latina.

Este documental de tono periodístico y de investigación se ocupa de los llamados «Chicago Boys», estudiantes de la Universidad de Chile que fueron becados en los años ’50 para estudiar economía a la Universidad de Chicago, donde aprendieron bajo la órbita de Milton Friedman. Personajes que luego se convertirían en los líderes y gurúes económicos de Chile.

chicago1Entrevistando a varios de los miembros de esa primera generación de estudiantes, la película irá mostrando cómo lo aprendido allí se fue empezando a aplicar en Chile bajo la dictadura de Pinochet, políticas que, desde entonces y más allá de los cambios de gobierno, tampoco parece haberse modificado demasiado. Sin hacerlo evidente desde el discurso o el montaje sino desde los contradictorios y en algunos casos repulsivos testimonios de los economistas que hablan en la película, es claro que ese «ladrillo» de medidas económicas (así se lo conoce, «El ladrillo») solo pudo ser aplicado mediante la violencia política, la misma violencia que los entrevistados niegan haber estado enterados.

CHICAGO BOYS muestra en claro esas conexiones pero lo hace de una manera ambigua, sin usar recursos obvios de esos que ponen en evidencia a los héroes y a los villanos, sino dejando que sean los propios testimonios hagan que los protagonistas, digamos, «se incendien» solos. A tal punto es sinuoso ese registro que seguramente no faltará quien piense que el documental celebra a esos economistas que sacaron el país adelante de las manos de «los subversivos y los comunistas» que se alineaban con Salvador Allende.

En una película de formato relativamente convencional –entrevistas más material de archivo–, el gran logro de CHICAGO BOYS es desnudar, en sus propias palabras, a los artífices de un sistema que ha generado enormes desigualdades en Chile en los últimos 40 años. Desigualdades que, en algún sentido, se «esconden» bajo la espuma exitosa de unos pocos y el silencio de unos cuántos más que prefieren mirar para otro lado y justificar lo injustificable.