Estrenos: «Mecánica popular», de Alejandro Agresti y «Salud rural», de Darío Doria

Estrenos: «Mecánica popular», de Alejandro Agresti y «Salud rural», de Darío Doria

por - Críticas
27 Abr, 2016 12:10 | comentarios

Una larga noche de verborragia, alcohol e intentos de seducción son el centro de esta nueva película de Alejandro Agresti, en la que el director de VALENTIN vuelve a cierto formato (o forma) que supo darle algunos buenos resultados mucho tiempo atrás. Aquí se trata de un veterano editor literario (Alejandro Awada), alcohólico y desencantado de […]

mecanica_popularUna larga noche de verborragia, alcohol e intentos de seducción son el centro de esta nueva película de Alejandro Agresti, en la que el director de VALENTIN vuelve a cierto formato (o forma) que supo darle algunos buenos resultados mucho tiempo atrás. Aquí se trata de un veterano editor literario (Alejandro Awada), alcohólico y desencantado de casi todo, que una noche recibe la visita en su editorial de una mujer joven (Marina Glezer) que no logra conseguir que su manuscrito sea tomado en cuenta por él y exige ser atendida, leída y eventualmente publicada.

A lo largo de la noche en la que se pasarán hablando, discutiendo y más, Awada aprovechará para explayarse y dar a conocer tanto su pensamiento sobre el mundo (especialmente, el de la cultura) como una parte importante de su historia personal mientras la chica tratará de colar sus opiniones como puede, exigiendo ser al menos escuchada, tomada en cuenta. Pero raramente lo logrará. Lo único que le importa al personaje es escuchar su propia voz y, bueno, ya se imaginan que más…

El monólogo del personaje de Awada es, de algún modo, una larga parrafada propia del realizador, una suerte de gran queja sobre la modernidad, sobre el snobismo, sobre los falsos intelectuales jóvenes, sobre la incapacidad intelectual de los que no atravesaron la dictadura y un manifiesto del desencanto que se verá trastocado cuando esta mujer le traiga a la memoria a otra de su pasado (Romina Ricci), que se confundirán en su presente. Otro rol importante lo juega Patricio Contreras como el sereno del lugar que al oír ruidos se hace presente en las oficinas primero para chequear qué pasa y luego para participar en forma más activa en la intensa situación que la escritora y el desgastado editor mantienen. Un personaje tratado con una condescendencia mayúscula.


mecanica 2El secreto de la película es Awada, que logra convertir los textos imposibles de decir que ha escrito Agresti para él en algo más o menos tolerable. Es una larga diatriba y bastante molesta –aunque el personaje y el director crean lo contrario, o así lo parece– contra todo y todos en un lenguaje entre pretencioso, teatral y literario que nunca parece del todo creíble en la boca de un alcoholizado protagonista. Awada hace milagros para que uno soporte esa parrafada de agresiones –a las mujeres, a los jóvenes, a lo que se le cruce en el camino– y casi lo logra. En su boca, textos imposibles que apenas podrían funcionar en un formato teatral parecen casi aceptables en una pantalla de cine.

Glezer y Ricci –en sus distintos pero cruzados roles– apoyan y sostienen el texto de Awada y lo hacen de la mejor manera posible, pero MECANICA POPULAR es casi una descarga personal del realizador puesta en boca de este gastado y descreído intelectual que se autocritica, sí, pero en el fondo no demasiado. También tiene su peso el personaje de Contreras, que cobrará más fuerza sobre el final, mientras que en un pequeño rol Diego Peretti intentará ponerle un poco de calma al asunto. Le será difícil: la película funciona como una incontinencia verbal de un director enojado con el mundo, con la intelectualidad, con la cultura, con el país y con la vida que, de no ser por un actor notable que transforma eso en algo con cierta forma y peso dramático, sería decididamente intragable.

 


 

salud-ruralSALUD RURAL, de Darío Doria

Este documental se centra en un médico rural que atiende a todo tipo de pacientes y cuya mayor particularidad es su amabilidad, generosidad y cariño por sus pacientes, que van desde los simpáticos comentarios, chistes y hasta apoyo terapéutico, como si el médico en cuestión fuera una mezcla de cura, amigo y doctor.

El Doctor Arturo escucha a los pacientes de manera personalizada y atenta –cultura que se va volviendo cada vez más antigua, ajena– y el filme se dedica fundamentalmente a seguirlo a lo largo de sus tareas cotidianas, que van de ancianas con Alzheimer, a mujeres muy doloridas, a personas con problemas mentales y a jóvenes con intentos de suicidio y así, en un abanico de personas y enfermedades que no conocen de especializaciones.

Pese a la densidad potencial de algunas de las situaciones e historias dramáticas de los enfermos, el filme termina siendo, sencillamente, una celebración de la solidaridad y la generosidad entendida como parte fundamental del trabajo médico. Doria le agrega dos datos que le juegan a favor al filme: el bello blanco y negro de la fotografía y una ausencia casi total de entrevistas clásicas. Tal vez eso nos lleve a perdernos partes de su historia de vida (que, de todos modos, aparecen mostrados a través de una serie de fotografías familiares viejas), pero lo que logra es una inmersión mucho mayor en el mundo y en el presente del personaje que retrata. Y, más sobre el final, de la zona en la que estos personajes habitan en imágenes particularmente bellas.