Series: crítica de «Better Call Saul» (Temporada 3)

Series: crítica de «Better Call Saul» (Temporada 3)

por - Críticas, Series
25 Jun, 2017 11:08 | comentarios

En su tercera temporada, la creación de Vince Gilligan y Peter Gould sigue creciendo y ya se ha convertido en una de las mejores series dramáticas de estos últimos tiempos. Y lo ha hecho apostando a recursos clásicos: una gran historia, una sólida narración y una serie de notables y complejos personajes.

En un año en el que THE AMERICANS quedó un tanto presa de su propia gravedad y la mayoría de las más recientes series/miniseries priorizan el espectáculo, el efecto visual o el truco narrativo, BETTER CALL SAUL parece candidata segura a convertirse en la mejor –o una de las mejores, no olvidemos lo que pueda depararnos TWIN PEAKS— serie dramática del año, sin renunciar jamás a su premisa básica, sin apurarse ni tratar de shockear. Y lo ha logrado apoyándose en los recursos más viejos de todos: una muy buena historia notablemente contada y, fundamentalmente, extraordinarios personajes. Como en BREAKING BAD, Vince Gilligan sigue demostrando un notable don para hacer que todos los personajes que se suman a la trama nos preocupen o nos importen. Y aún más que en esa serie, lo hace casi sin necesidad de pirotecnia (física o audiovisual) alguna.

La tercera temporada de la serie que aquí se ve por Netflix incorpora a un personaje (aparece ya en los primeros episodios y hasta estuvo en las campañas publicitarias pero aclaro por las dudas que es un posible SPOILER) como Gus Fring, que es central en la serie con la que BETTER CALL SAUL debería conectar, pero lo usa poco, apuntando a que su presencia sostenga un eje narrativo, vaya acercando de a poco ese triángulo de historias que sostiene a la serie. ¿A qué me refiero con triángulo narrativo o de historias? La serie tiene que unir las dos partes de base (las historias de Jimmy McGill y Mike Ehrmantraut) en la historia común que se insertará, lateralmente, en BREAKING BAD. Y lo hace agregando condimentos de a poco (Gus es uno de ellos), pero sin correr hacia esa suerte de postre en el cual los imanes se unen. La transformación de Jimmy en Saul es una larga «origin story«: un delicado plato gourmet que uno va degustando de a poco, demorando su evidente y conocida conclusión.

En el final de la tercera temporada (aquí, sí, hay que avisar por reales SPOILERS) recién se producen –o podrían producirse– algunos de los inevitables quiebres narrativos que van achicando ese triángulo, juntando esos ejes. La historia de Chuck McGill, el hermano cuya relación de amor/odio con Jimmy es el corazón de estas temporadas, parece llegar a su final con su aparente suicidio, que se produce cuando el hombre, que parecía haber mejorado notablemente su estado de salud, se reencuentra con Jimmy. Lo que termina sucediendo es lo que Chuck (hombre odioso y cruel pero que a la vez habitualmente tiene razón y/o dice cosas más que sensatas) le previno a su hermano: que todo lo que él toca lo destruye. Claro que aquí no es solo culpa de Jimmy, pero es evidente que hay mucho de eso en su forma de actuar.


El final de la temporada encuentra a Jimmy enfrentando varias situaciones similares a ésa. Kim (Rhea Seehorn, en un personaje que no para de crecer) tiene un accidente de tránsito del que es responsable por su enorme stress, pero un stress que es generado fundamentalmente por los problemas económicos/profesionales de Jimmy. Y el propio Jimmy tiene que hacerse cargo del embrollo que armó –económico y personal– con sus ancianas clientas del geriátrico. Todo esto motivado –son consecuencias indirectas, pero consecuencias al fin– de sus acciones de la temporada anterior. En el universo de Vince Gilligan todos los actos tienen consecuencias, aún cuando pasen años para que se noten. De hecho, la relación central (y traumática) entre los hermanos McGill viene desde la infancia de ambos.

Si bien ese costado excesivamente psicologista de la historia por momentos se vuelve muy marcado, queda claro que la serie intenta estar sostenida en pilares sólidos y clásicos: construcción de personajes complejos con relaciones ambiguas entre sí. Nunca queda del todo claro si es o no del todo romántica la relación entre Jimmy y Kim, aún no sabemos realmente que piensa Mike de Jimmy y, fundamentalmente, la propia forma de actuar del protagonista es de una ambiguedad/contradicción permanente: es un encantador de serpientes, querible y humano, pero que no deja de autojustificarse para burlar el sistema consiguiendo parciales victorias que lo llevarán a una inevitable derrota. Sabemos que lo hace, pero no podemos evitar querer que triunfe. Es más, sabemos hacia donde lo conducen esos «triunfos»: a su transformación en Saul Goodman. Pero aún así…

Escribiré menos sobre la parte «gangsteril» de la temporada porque ocupa menor tiempo narrativo y personalmente me interesa un tanto menos, pero su presencia nos sirve como recordatorio que el mundo al que Jimmy se acerca es denso, oscuro y peligroso. Ver juntos, mucho tiempo antes de su famosa escena en BREAKING BAD, a Gus y a Salamanca, puede impactar a los fans de aquella serie, pero Gilligan pone el eje de este encuentro en otro lado. En lugar de subrayarlo, se escapa por la tangente. Y lo que sucede con Hector Salamanca no tiene que ver tanto con Gus sino con el joven y ambicioso Nacho (Michael Mando), otro personaje que la serie construye con precisión, haciendo que nos preocupemos por su futuro ya que, como Chuck y Kim, sabemos que no lo volveremos a ver en BB. Pero allí están juntos, irónicamente o no, con Gus casi salvándole la vida al viejo Héctor, decisión que tendrá, muy a futuro, sus violentas consecuencias.

A tal punto confía Gilligan en su universo que Mike ni siquiera aparece en el último episodio de la temporada. No es necesario, creemos saber hacia donde se van uniendo las puntas aunque nunca logramos adivinar ni cómo ni cuándo lo harán. En esta temporada –en especial en su segunda mitad– Mike tuvo un rol menos destacado, pero cuando aparece lo hace en escenas y situaciones que no pasan desapercibidas. Gilligan y su equipo de directores dejan para la parte «gangsteril» de la historia sus lujos visuales, que generalmente tienen que ver con largas secuencias silenciosas, algunas secuencias de montaje o planos inusualmente largos para la TV. Si BREAKING BAD incorporó al mundo de las series todo un universo de recursos audiovisuales modernos, de características más «cinematográficas» (elípsis temporales, posiciones de cámara inusuales, fotografía más que expresiva), hoy esos trucos se han vuelto tan omnipresentes en la TV que el hombre tomó la decisión opuesta: BETTER CALL SAUL se ha vuelto una serie realmente cinematográfica, abandonando el efectismo superficial, y entendiendo que lo «cinematográfico» pasa por otro lado. De hecho, el lujo fotográfico más importante de la serie es uno que apenas se nota: la manera en la que está iluminada la casa sin electricidad y casi sin luz natural de Chuck McGill.

Con un último episodio notable que deja abierta las puertas a una evidente segunda etapa de la serie, la tercera temporada siguió dejando en claro que jugar el «long game» en las series de TV suele ser más inteligente que tirar la casa por la ventana de entrada y quedarse sin trucos en media docena de episodios. Si bien es cierto que pudo hacer eso a partir de tener el back up de BREAKING BAD y sus ya icónicos personajes, los cimientos de esta serie son tan sólidos que el edificio narrativo puede seguir sumando pisos sin temor a caerse en mucho, mucho tiempo. BETTER CALL SAUL es como una construcción de esas viejas y resistentes, hechas sin apuro y con los materiales más nobles posibles.