Series: crítica de «Fargo» (Temporada 3)

Series: crítica de «Fargo» (Temporada 3)

por - Críticas, Series
28 Jun, 2017 10:09 | comentarios

La nueva historia de la saga inspirada en la película de los hermanos Coen no está a la altura de las previas. Pese a un gran elenco e intrigantes personajes, su creador Noah Hawley no consigue encontrar un eje dramático claro y así, más allá de algunas escenas y momentos memorables, la temporada jamás cobra vida ni genera demasiado interés.

Tuve la (mala) suerte de ver el Episodio 8 de TWIN PEAKS poco antes de empezar a escribir este post sobre FARGO, por lo que no puedo negar que mis parámetros están completamente alterados. Especialmente en cuanto a estas series que, a su modo, son herederas de aquella creación de David Lynch, como lo son ésta y las últimas dos temporadas de THE LEFTOVERS, entre otras, las que apuestan a enfrentar al espectador con situaciones raras e inexplicables, por no llamarlas directamente bizarras. El problema de haber visto ese episodio (bah, toda la tercera temporada de TWIN PEAKS pero este caso es el más extremo) es que empequeñece al resto de las series que intentan, al menos mediante algunos recursos formales y ciertas decisiones narrativas que podrían ser consideradas «alternativas» o al menos raras dentro de los modelos de series psicológicamente realistas y ajustadamente guionadas, tomar la posta de la obra de Lynch.

De alguna manera, lo que hace Noah Hawley en FARGO tiene que ver con TWIN PEAKS, pero la comparación no hace más que dejar en claro lo que las unen y lo que las separan, de los riesgos narrativos que puede tomar la televisión y la diferencia entre ingenio e imaginación, entre talento y genio, entre inteligencia y sabiduría. En algún punto, Hawley es heredero del cine de Lynch, en especial de TERCIOPELO AZUL y TWIN PEAKS. Si bien, obviamente, su referencia principal es el mundo de los hermanos Coen –no solo FARGO, sino que en esta temporada aparecieron claros homenajes a otros filmes de ellos, especialmente EL GRAN LEBOWSKI–, existe una mirada similar de la América profunda, del «medio-oeste», esa zona de los Estados Unidos en la que, según ambos, amables personajes que viven en casas prolijas y de «verjas blancas», ocultan dobles o triples vidas. Como criminales, asesinos, estafadores o, simplemente, con un estilo de vida peculiar que no pega demasiado con la amabilidad que demuestran de la boca para afuera. Sonrisa y todo…

En ese choque se ha sostenido siempre el universo de FARGO. En lo que sucede cuando uno pega las sonrisas francas de los protagonistas y sus acentos campechanos (esos «oh yeah», «geez» o «ok, well, then», tan prototípicos) con lo que realmente sucede a puertas cerradas. En Lynch no es tan distinto (él mismo suele utilizar esos términos y tiene un acento igualmente inocente), solo que es un tanto más bizarro, oscuro y provocador. Hay sí, una diferencia grande entre el mundo de los Coen y el de Lynch y está en el que el realizador de CARRETERA PERDIDA quiere, entiende o al menos intenta acompañar las acciones de sus personajes mientras que los realizadores de SIMPLEMENTE SANGRE por lo general suelen tratarlos como idiotas que se merecen todo lo que les pasa.


En ese sentido, Hawley es un tanto más «humanista» que los Coen. Sus personajes, pese a sus contradicciones, su andar errático y sus egoísmos varíos, están presentados de manera tal que los espectadores pueden sentir cierta identificación con ellos. Salvo, claro, con el villano que encarna David Thewlis, pero diría que hasta ese personaje genera cierta simpatía. No por sus actitudes sino por su muchas veces inapelable lógica. En esta temporada, Hawley hizo una jugada riesgosa, y otra que lo acerca a Lynch: decidió (o le salió así) que su serie fuera más abierta y disgresiva, menos claramente delineada en términos dramáticos, narrativos y de suspenso que las anteriores. Pero el experimento no le salió del todo redondo.

¿Por qué? Un posible motivo es que, a diferencia de Lynch, sus set pieces, sus escenas y secuencias sueltas, si no tienen un fuerte hilo conductor y un peso dramático que las conecte entre sí, se sienten como ingeniosas construcciones de puesta en escena y no mucho más. Lynch tiende a hacer esto –armar escenas que no tienen demasiada lógica y son disparatadas, desconectadas y bizarras– pero su apuesta por el sinsentido se siente más orgánica y menos una pose. Viendo FARGO uno no puede dejar de pensar que las muchas y en muchos casos muy buenas secuencias de la serie imponen un sinsentido desde el guión mismo. Es como si se notara el gesto del absurdo y la mano del prestidigitador o titiritero quedara muy en evidencia. Siguiendo la carrera de Lynch es obvio que no hay gesto para afuera, sus disgresiones no son cool, sino que más bien suelen poner en riesgo la continuidad de su propia carrera.

FARGO en esta temporada no terminó de encontrar su centro y eso que en los personajes de Carrie Coon y la excelente Mary Elizabeth Winstead tenía dos evidentes posibilidades de obtenerlo. Coon –para mí el descubrimiento actoral de los últimos años– era el ancla de la temporada, la voz de la lógica y la sensatez en medio de los absurdos e insensatos crímenes que se iban apilando. Y Winstead era casi un personaje de Tarantino: una mujer de armas tomar que, ante la traición, intenta volverse una cruenta vengadora. Pero la película iba y venía entre ellas y los dos personajes de Ewan McGregor, cuya pelea por su pasado y su presente (encarnan a hermanos con literales deudas pendientes) retomaba por momentos los peores toques de ironía hueca y canchera de los Coen. Dos hermanos bastante idiotas peleándose por una idiotez y cuya historia se vuelve trágica por una circunstancia igualmente idiota.

Esa serie de disgresiones narrativas y la imposibilidad de centralizar la historia en un par de ejes claros hacía que las escenas brutales, como las que suceden especialmente en los primeros y en los últimos episodios, fueran completamente gratuitas. De hecho, la manera casi cómica en la que muere uno de los personajes principales –y el plano que atraviesa su cuerpo para mostrarlo– resulta bastante desagradable y hasta de mal gusto. Es como si Hawley, como los Coen, necesitara esa coraza irónica que no nos permita empatizar del todo con sus criaturas.

Otro de los recursos que Hawley –cuya serie LEGION también parece deberle bastante al cine de Lynch– utiliza en todas sus temporadas y que viene de los Coen es ese momento en que alguno de sus personajes, a la manera de SIN LUGAR PARA LOS DEBILES, tienen algún tipo de extravagante y curioso discurso sobre el estado del mundo, sobre el mal, el destino, el pasado o el futuro. Aquí recae en Varga (Thewlis), el gangster que toma la compañía de uno de los hermanos Stussy y da pie a un caos que se desenvuelve a lo largo de diez episodios (en paralelo, claro, al equivocado asesinato cometido en el primer episodio, ordenado por el otro hermano Stussy). Es el encargado de dar sus sentencias un tanto extravagantes sobre el mundo intentando que el espectador las tome como algún tipo de curiosa máxima cuando en realidad son puro gesto, más cerca del aforismo enrevesado que de algún tipo de verdad sobre… algo.

Tampoco importa demasiado. Cuando sobre el final de la serie (POSIBLES SPOILERS), los dos grandes enemigos se encuentran (la policía que encarna Coon y el malvado Varga) lo que él tiene para decirle está a mitad de camino entre ser algo inteligente y una absoluta ñoñez. Ahí es donde, una vez más, se aleja del mundo de Lynch, un hombre que cuando se juega al misterio se tira con todo el cuerpo adentro de un pozo ciego. Hawley se queda en los juegos de palabras, en las referencias incomprensibles, en hacer pensar a los espectadores si lo que pasó o lo que se dijo es o no importante y a qué se refiere, una especie de mensaje de chinese cookie que pareciera sonar muy importante pero que está escrito con astucia, ingenio y siempre a dos puntas: ¿hay que tomarlo en serio o es una tontería? La astucia, especialmente para cerrar los hilos de una serie, no parece ser la mejor aliada.