Series: crítica final de «Game of Thrones»

Series: crítica final de «Game of Thrones»

por - Críticas, Estrenos, Series
25 May, 2019 07:20 | comentarios

Más allá de cuestiones específicas de la dramaturgia y puesta en escena del último episodio, en su cierre la serie recuperó por fin algo del espíritu literario que parecía perdido, planteó algunas interesantes ideas políticas e hizo un homenaje al noble arte de contar historias.

Ya pasaron unos días desde el final de GAME OF THRONES y quizás haya tenido sentido no haber podido escribir hasta ahora. Lo digo porque suele suceder, más en las series, que uno se deja llevar por una visión inmediata, visceral y poco analítica, que reacciona más de lo que piensa, que pone en juego la confrontación entre expectativas y realidad más que dejarse guiar por la propia lógica de lo que está viendo. Es que el carácter episódico de las series convierten a las críticas en un objeto mutante, hasta inútil, una suerte de recorte cuya lógica es absolutamente parcial.

Dejar pasar unos días pone, en un punto, algunas cosas en perspectiva. Acaso no para hablar de detalles puntuales del último episodio –un análisis que usualmente consiste en decidir si nos gustó o no adónde fue a parar cada personaje y no mucho más que eso– sino para verlo como final de todo un largo y extraño viaje. Ya pasamos el territorio del SPOILER. Todo ya pasó y todo ya se sabe. No nos preocupa quién ni dónde fue a parar. Si algo queda por pensar, en el apuro por subirle o bajarle el pulgar al final de la serie, es si el objeto cultural generado en estas ocho temporadas fue valioso.

Y creo que sí, que lo fue. Y que la conclusión, más allá de diferencias acerca de cómo se organizó el contenido y la lógica narrativa de la misma, incluyendo esa farsesca reunión de consorcio en la que se eligió el nuevo rey, le da un cierto sentido definitivo al recorrido, al viaje. GAME OF THRONES, especialmente en las últimas temporadas, se enfrentó a una serie de problemas raros en la televisión o en cualquier medio. Para resumirlo: empezó como guion adaptado y terminó siendo un guion original. Y, se quiera o no, eso genera dos productos distintos. Uno, que viene de la literatura y arrastra sus marcas. El otro, puramente televisivo. Tengo la impresión que en el cierre algo del espíritu literario regresó.

Me refiero no solo a esos momentos de humor o «tiempos muertos» (como los de Tyrion acomodando sillas o los chistes de la escena de «los caballeros desconocidos» eligiendo al rey) sino a la propia esencia del final, a que la mecánica de los movimientos de piezas vuelvan a estar en función de una idea que cierre «el juego» en cuestión. Más allá de cómo se hicieron las cosas, lo un tanto ridiculo que fue ver a Drogon decidiendo quemar el trono y dejar a Jon Snow porque al parecer el dragón entendió el peso simbólico del mueble súbitamente (si no lo encontraron al final de la serie es porque debe estar dando clases de Ciencias Políticas en alguna universidad), lo obtuso de la puesta en escena de la reunión de CEOs de Westeros, la idea del cierre, del destino al que llegar, es inteligente y sólida. Y, si se me permite, literaria.

En su último episodio GAME OF THRONES habla de democracia, de lo problemático de basar una existencia en función del control totalitario del poder (de llegar al trono al paso fascista de Daenerys de querer conquistar al mundo con su única verdad pasó muy poco tiempo) y del muchas veces triste o solitario destino de los que, como Jon Snow, deciden no entran en ese juego. Es cierto que esas ideas contradicen la propia lógica violenta y conquistadora de la que comió la propia serie todos estos años, pero como final no deja de agradecerse. Y la decisión de poner a un rey que prefiere estar con la cabeza en el aire y dejar que sea una suerte de «mesa de gabinete» la que gobierne también es en cierto modo celebrable. Ninguno de los poderosos en King’s Landing parece tener mucha pinta de querer iniciar nuevas batallas.

Por último, en este rápido resumen de temas e ideas (el destino de Samsa y Arya lo encuentro más problemático, más ligado a contentar a fans o habilitar posibles sequeles o spin offs narrativos), GAME OF THRONES termina celebrando el propio arte de contar historias, de tener a la «máquina de la ficción» como aliado para sobrellevar y aligerar la propia existencia, la de los personajes en ese mundo y la nuestra, afuera. Con todos sus problemas y dificultades –y más allá de cualquier diferencia o discusión específica–, la de GAME OF THRONES fue una buena historia, acaso la última gran saga masiva que seguimos, episodio por episodio, a nivel mundial. Ante un futuro en el que la ficción de consumo casero se volverá seguramente cada vez más compartimentalizada por algoritmos, esta historia tuvo a gente de todo el mundo viendo algo más o menos al mismo tiempo. Y acaso eso ya no vuelva a suceder en el fragmentado universo de la TV. Si quieren experiencias comunitarias compartidas tendrán que volver al arte que siempre las tuvo y que, aunque también está en riesgo de perderlo, no parece dispuesto a bajar los brazos ni a abandonarlas: el cine.

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