Series: crítica de «Devs», de Alex Garland

Series: crítica de «Devs», de Alex Garland

por - Críticas, Estrenos, Series
19 Abr, 2020 05:03 | 1 comentario

Una premisa intrigante relacionada con el debate sobre la existencia de mundos paralelos, entre otros temas, se narra de una manera muy obvia y bastante pomposa en esta serie de ciencia ficción del creador de «Ex Machina».

De un comienzo más que promisorio a una segunda mitad completamente irrelevante, DEVS resultó ser una de las decepciones más grandes de esta temporada de series. Creada, dirigida y escrita en su totalidad por Garland (realizador de muy buenos títulos de ciencia ficción como EX MACHINA y ANIQUILACION, y guionista de la anticipatoria EXTERMINIO, además de reconocido novelista), la serie parte de una premisa intrigante y con mucho potencial para luego derivar hacia zonas impensadas: una suerte de policial de baja intensidad y una reflexión metafísica sobre la existencia que puede ser interesante en los papeles pero que está tratada de una manera tan hueca y pomposa que la convierte casi en una parodia de sí misma.

Viendo TALES FROM THE LOOP –serie que arranqué después y terminé antes– noté que trataba muchos temas similares a los de DEVS. Más que nada, la vida de un grupo de personas relacionadas a un centro de investigación donde se hacen experimentos complejos que pueden alterar el propio curso de la existencia tal como la conocemos. En ambos casos hay un tema central que es el del tiempo, el de su paso, el de la posibilidad de recuperar lo pasado o predecir el futuro.

En el caso de la otra serie, eso está tratado a escala humana, poniendo el eje en cómo esas ideas se manifiestan en las emociones de un grupo de personas, digamos, normales. Poco y nada se investiga acerca de qué es lo que se hace dentro de el centro en cuestión: lo que importa es cómo repercute en la gente, siempre de modo metafórico. Es decir: si una persona viaja en el tiempo o muta en otra no es tan importante que sea creíble el procedimiento. Es más una excusa para entender los comportamientos humanos. Y estéticamente la serie es contemplativa pero sin exageraciones ni pomposidad alguna. Una suerte de naturalismo de pueblo chico afectado por sucesos extravagantes.


En DEVS sucede todo lo contrario. Las emociones que se ponen en juego son traumas básicos contados de la manera más reduccionista posible pero con el tono de estar revelando grandes verdades sobre el universo. Forest (Nick Offerman) es el fundador y CEO de Amaya, una compañía que se dedica a la computación cuántica, paradigma de la informática muy diferente al que usamos actualmente. Resumiendo una historia compleja, en su empresa hay un departamento llamado «Devs» (Develpments) que está desarrollando un proyecto ultra-secreto ligado a conseguir hacer una simulación completa del universo entero, capaz no solo de «observar» el pasado sino también de conocer el futuro.

El planteo parece interesante por las puertas tecnológico-filosóficas que abre –una permanente idea de vectores paralelos en los que las cosas pueden estar sucediendo o no, un debate acerca del determinismo frente a los llamados multiversos cuánticos, del destino versus el libre albedrío–, pero rápidamente se mueve al policial cuando Sergei (Karl Glusman) es ascendido para trabajar en Devs, roba información sobre lo que ahí se hace y aparece muerto al día siguiente. La protagonista de la serie será Lily Chan (Sonoya Mizuno), novia de Sergei y también empleada de Anaya, una chica tímida pero muy inteligente que se da cuenta que la muerte de Sergei fue en realidad un asesinato para llegar luego, muy de a poco, al «corazón de la bestia». Es decir, conocer el misterio de lo que verdaderamente se cuece dentro de las futuristas oficinas de «Devs».

Luego de ese comienzo intrigante, la serie empieza a hundirse de a poco. Primero a partir de una trama de espionaje con rusos que parece una parodia de THE AMERICANS y luego en el «descubrimiento» de los secretos que guardan allí, que no son para los espectadores ni muy secretos ni muy llamativos, ya que los vamos conociendo desde el principio. Amaya se llama así por la hija que Forest perdió (una enorme figura de la niña domina el campus de la empresa) y es claro de entrada, por el tono y el look, que el tipo se cree una figura mesiánica cuyo rol en la vida es «recuperar» a su hija a través de estos complejísimos operativos cuánticos para replicar el mundo todo entero.

Apenas empezada la serie queda claro que la sutileza no es su fuerte por más que así intente parecerlo a partir de sus temas y de su tono grave y solemne. El equipo de «Devs» husmea en el pasado yendo a los grandes éxitos de la humanidad y el gran planteo ético que se hacen es sí pueden o no con la tecnología desarrollada mirar el futuro. Es claro que eso va a pasar. O que ya pasó. O que está pasando. Lo cierto es que el punto más interesante de la serie (digamos, el ligado a la idea de un universo en el que pasado, presente y futuro convivan permanentemente, la de la simulación total y perfecta) no está desarrollado de una manera que se abra a muchas de sus complejidades. Por lo visto aquí, es una tecnología que parece solo servir para husmear a Cristo en la cruz o ver a la hija de Forest, cual personaje de Terrence Malick, ir de acá para allá en medio de campos con el pasto muy crecido.

La bastante apática protagonista –y, convengamos, bastante mediocre actriz– tampoco es muy convincente en lo suyo y parece investigar con la pereza con la que uno de nosotros, en plena cuarentena, se da cuenta que tiene que volver a lavar los platos sucios. Todos los episodios del medio la meten en un thriller que no parece tener interés ni para ellos mismos y, cuando llegan las horas de las definiciones, la serie obviamente se pone mística y pomposa (solo basta ver la foto de apertura de esta nota) de una forma que causa risas involuntarias. No quiero adelantar nada, pero imagino que se darán cuenta al verla.

Los temas de DEVS –los temas de buena parte de la obra de Garland, en realidad– son interesantes y ponen en juego, otra vez, la idea de la posibilidad de la tecnología de afectar el universo tal como lo conocemos. Abre puertas a preguntas que algunos se hacen sinceramente (del tipo ¿existimos realmente o somos una simulación creada por alguna supercomputadora del futuro?) y que, tomadas en forma inteligente, permiten trabajar ideas interesantes, complicadas y hasta emotivas. Pero la serie las banaliza todo el tiempo, tanto al reducirlas a conceptos muy básicos (el trauma de la hija muerta de Forest, la falta de amor de Lily, el dolor de ambos) trabajados de la manera más «publicitaria» y obvia posible, y dándole un tono grave y pomposo que más que emocionar o intrigar, agobia.