Estrenos online: crítica de «Capone», de Josh Trank

Estrenos online: crítica de «Capone», de Josh Trank

por - Críticas, Estrenos, Online
16 May, 2020 12:28 | 1 comentario

La película del director de «Los cuatro fantásticos» y «Chronicle» se centra en el último año en la vida del célebre gangster, ya muy deteriorado mentalmente. Un film muy curioso protagonizado por un extravagante Tom Hardy.

Siguiendo lo que parece ser una tendencia respecto a biografías cinematográficas, CAPONE no es una película sobre el capo mafioso de Chicago en su apogeo sino una que se centra en el último año de su vida. La película de Trank (el director de la fallida y controvertida última versión de LOS CUATRO FANTASTICOS, de la cual fue prácticamente echado durante la postproducción) prefiere ocuparse de los «grandes éxitos» del pasado familiar, personal y mafioso de Capone solo a través de una manera lateral: a partir de los recuerdos, pesadillas y de la demencia del muy enfermo y desmejorado hombre que apenas tenía 48 años pero parecía tener veinte más.

Se nos aclara en un cartel de entrada cómo llegamos hasta acá. Cualquiera que haya leído la historia (o haya visto LOS INTOCABLES, de Brian De Palma, en la cual era encarnado por Robert De Niro) sabrá que el hombre terminó en la cárcel. Lo que quizás no se conoce tanto es que, en 1940, enfermo de neurosífilis y con su capacidad mental muy reducida, Alphonse («Al» en público, «Fonse» para la familia) Capone fue enviado a Florida a pasar el resto de sus días en una enorme finca, acompañado por su familia. Y, aparentemente, siempre vigilado de cerca por el FBI.

¿Por qué lo de «aparentemente»? Porque, en la lógica de CAPONE, nunca se sabe del todo bien qué de lo que vemos es real y qué es parte de los delirios y la demencia del obviamente desmejorado personaje. Interpretado por Tom Hardy (ya hablaremos luego de ese temita), «Fonse» vive en un estado de completa paranoia y demencia que lo hacen imaginar varias cosas, las que pueden o no estar sucediendo. Y Trank es bastante tramposo a la hora de jugar con los puntos de vista y con lo que puede o no ser real aquí.


A lo largo del tiempo que se narra en el film lo vemos a Capone interactuar con su amigo Johnny (Matt Dillon, uno que nunca parece envejecer), recibir llamados de un hijo que tuvo con otra mujer, ser atendido por su médico (Kyle MacLachlan) y compartir momentos más tensos que amables, más complicados que cálidos, con su mujer, Mae (Linda Cardellini), su hijo, su jefe de seguridad y con el personal, en muchos casos de origen latino, que trabaja en la finca. Lo cierto es que, salvo en algunos casos en los que es bastante claro, la película juega con la posibilidad de que gran parte de lo que vemos esté solo en la cabeza de Capone.

Es un acercamiento, en principio, interesante que permite incluir el pasado en ese presente a través de sus obsesiones, sus traumas y sus cuentas no saldadas. Sin esas «visualizaciones», estaríamos ante la perspectiva de ver una película acerca de un hombre muy desmejorado de salud y tremendamente paranoico que no hace más que descomponerse (por usar un término sutil, en la película es bastante más gráfico) y gritarle a medio mundo. Eso sigue sucediendo, pero en muchas de las escenas al espectador se lo ubica en medio de lo que parece ser su delirio.

Los ejes principales de la paranoia de Capone son, por un lado, la idea de que el FBI lo persigue hasta escondiendo espías detrás de las cortinas de su casa. Y, por otro, el misterio de un maletín con 10 millones de dólares que aparentemente se ha guardado de sus días criminales pero que no recuerda dónde lo dejó. Más central aún que eso es su culpa o trauma por haber abandonado a ese otro hijo llamado Tony y no haberlo vuelto jamás a ver. Como mencionaba antes, nunca es muy claro del todo qué es cierto y qué no de todo esto.


Trank se plantea un desafío complicado utilizando, también, armas que requieren de especial cuidado y mucho talento. Poder ir y venir de la pesadilla a la realidad cambiando puntos de vista es correr un alto riesgo, digamos, de credibilidad. En un punto, y es algo que sucede durante buena parte de CAPONE, un poco nos deja de importar qué es cierto y qué no lo es en la historia. Acaso sea algo buscado, intencional, pero ese potencial desinterés nos lleva a concentrarnos en otros factores, todavía más espinosos, de la película.

Y aquí vuelvo a Hardy. El hombre, se sabe, se caracteriza por personificaciones pasadas de rosca, muy ensimismadas y por momentos desconectadas del mundo exterior. Algunos lo han comparado con el Marlon Brando de los años ’60 en adelante (en esta película de hecho hasta se parece en algunos planos), otros pueden pensar en Nicolas Cage. Hardy juega su propio juego, uno que consiste en el uso de una voz rasposa y casi incomprensible (su italiano, además, es terrible), una mirada intensa pero perdida en el espacio, y un maquillaje, peluca y aspecto general que lo convierten en una especie de criatura marciana insertada en medio de la película. Y si el interés en la trama decrece, a uno no le queda otra que observar al actor, a sus anchas, «componer». Y es una experiencia, convengamos, un tanto abrumadora.

Es cierto. Pacino también estaba desaforado en SCARFACE y lo mismo se podría decir de Paul Muni, actor de la versión de 1932, y se sabe que tanto el «Tony Camonte» del film original como el «Tony Montana» de la remake se inspiraban en la figura de Capone. A ellos se le podría sumar De Niro en LOS INTOCABLES (ok, convengamos que no suele haber actuaciones medidas y sutiles en el cine de De Palma) y casi cualquier otro que haya hecho de Capone o compuesto un personaje inspirado en su peculiar y de por sí extravagante figura. Pero lo de Hardy es de otro nivel, más cercano al Brando de LA ISLA DEL DR. MOREAU (de hecho hay una escena que casi parece un homenaje a esa película) que a cualquier persona del género, digamos, humano.


Se podría justificar esa excesiva composición y esa desconexión con la realidad en la propia lógica delirante del estado mental del personaje, con sus continuos pasos hacia lo pesadillesco u onírico, pero Trank no es lo suficientemente audaz como para llevar toda la película a un territorio igual de extravagante. Esa forzada intención de mantener a su CAPONE ligada, aún de manera tenue, a la realidad, termina generando una rara fricción que no siempre funciona bien.

Por momentos da la sensación que la película se encuentra a sí misma cuando adopta en su forma los excesos de Hardy. En su tercer acto, por ejemplo, cuando la demencia de Capone es muy severa y tenemos una escena en la que su médico convence a los familiares que el hombre deje los habanos y los reemplace por… zanahorias, estamos literalmente en un territorio que podríamos definir como lynchiano (con McLachlan encarnando al médico, más aún). Y cuando la película homenajea, con guiño incluido, los sangrientos finales de SCARFACE, el asunto es tan bizarro que se vuelve extrañamente divertido. Ahí, CAPONE ya entró en uno de esos terrenos raros de aquellas películas que, por el camino del exceso, se vuelven buenas de lo malas que son.