Estrenos online: crítica de «DAU. String Theory», de Ilya Khrzhanovskiy y Aleksey Slusarchuk y «DAU. Nikita Tanya», de Ilya Khrzhanovskiy y Jekaterina Oertel

Estrenos online: crítica de «DAU. String Theory», de Ilya Khrzhanovskiy y Aleksey Slusarchuk y «DAU. Nikita Tanya», de Ilya Khrzhanovskiy y Jekaterina Oertel

Estas dos nuevas películas de la saga del instituto científico de la Unión Soviética se centran en la vida personal y profesional del científico Nikita Nekrasov, que intenta poner en práctica en sus relaciones amorosos algunos conceptos de la Física Teórica.

La saga DAU funciona a través de duplas, de contrastes. Entre películas y personajes, sí, pero más que nada entre universos. El principal, podríamos decir, es el de lo público y lo privado. En la mayoría de las películas de la saga, los conflictos suelen estar relacionados a cómo «el poder» (a través de los servicios secretos, fundamentalmente) se inmiscuye en las vidas personales y románticas de los personajes. En estas dos películas centradas en el científico Nikita Nekrasov, la NKVD no aparece en ningún momento. No hay «aprietes» políticos, amenazas personales, ni torturas psicológicas ni golpizas de los muchachos del Servicio Secreto de Asuntos Internos. Los mundos que se cruzan acá, que funcionan como dobles y espejos, son el de la ciencia y el de las vidas privadas. O el de la sensatez y los sentimientos, como decían por ahí.

Si bien la relación entre una y otra es más que nada metafórica, es claramente el eje que organiza esta dupla de películas que deberían haber sido una sola y mucho más breve. Es que NIKITA TANYA y STRING THEORY funcionan como dos partes de una misma historia. Si bien cronológicamente STRING THEORY parece suceder antes que la otra (o quizás NIKITA TANYA se cruza, en un punto tardío, en la línea de tiempo de la otra), los creadores de DAU las estrenaron a la inversa, por lo cual la historia de Nekrasov se completa, casi, de atrás para adelante. Al analizar las dos juntas, lo haré en forma cronológica. Esto es: empezando por STRING THEORY.

Nekrasov es el responsable del área de Física Teórica dentro del Instituto Dau y gran parte de su tiempo se le va en estudiar fórmulas y conceptos que no tienen aplicación ni demostración práctica y que acaso no lo tendrán por el resto de su vida. Fuera del ámbito científico, en el que se maneja con soltura, comodidad, es escuchado y respetado (el hombre es, en la vida real, un prestigioso académico dedicado a ese mismo tema), el Nikita de la ficción tiene más problemas y complicaciones con su vida sentimental. Acaso influenciado por la lógica de mundos paralelos (el «multiverso», las once dimensiones, etc) que son parte de la «Teoría de las Cuerdas» en la que trabaja, el científico piensa que, si bien no puede probarla de modo empírico, quizás pueda aplicarla en su vida personal. Dicho de una manera más brusca: que puede tener unas cuantas vidas amorosas en paralelo sin mayores inconvenientes. Y así, al menos metafóricamente, probar algunas de sus teorías.


Esto, que parece una broma, es tratado con absoluta seriedad en STRING THEORY. A lo largo de casi tres horas seguimos, por un lado, los amoríos de Nikita, un hombre casado, con distintas mujeres: la Katya que ya conocimos en KATYA TANYA, la rubia Zoya, la más moderna Svletana, la áspera Lyubov y otras. En cada una de estas relaciones, Nikita parece más involucrado románticamente que sus ocasionales parejas (la única excepción, acaso, sea Zoya), pero el hombre no las vive como «trampas» ni nada parecido. Al contrario, está convencido que el amor que cree o dice sentir por todas ellas (incluyendo a su mujer) debería poder coexistir en el mismo eje de espacio y tiempo, si quieren seguir con las comparaciones teóricas. Lo que quizás se le complica –ya que estamos en la misma teoría– es el asuntillo de la gravedad.

El problema de STRING THEORY y NIKITA TANYA –película en la que Nekrasov intenta convencer de esa misma teoría a su sufrida esposa, algo que se extiende durante todo su metraje, sumado a algunas interacciones con sus pequeños hijos– es que en las más de cuatro horas que duran ambos films el sistema se vuelve mecánico, reiterativo, tedioso. Una y otra vez vemos al cargoso Nikita comportarse cual «picaflor» convencido de que sus babosos avances sobre distintas mujeres no responden a sus deseos personales sino a una suerte de teoría poliamorosa poco aplicable en la realidad, especialmente en un instituto científico de la Unión Soviética de los ’40 a los ’60.

Las películas sufren, además, no solo por lo reiterativo y monotemático de sus diálogos, sino porque Nekrasov podrá ser un gran científico, pero actoralmente no logra transmitir demasiada emoción una vez que se aleja de los pizarrones y los debates sobre electrones, fotones y quarks. De hecho, la mayoría de las mujeres con las que tiene o intenta tener romances suelen dar la impresión de tener mucho más claro que él cómo funciona el mundo de los sentimientos y las emociones. Están las que no prestan mucha atención a su tediosa verborragia (como Katya o Svletana) y las que sufren por su libidinoso comportamiento (Zoya o su esposa Tanya, por más que ambas traten de mantener la compostura) todo el tiempo.


Pero si bien Nikita no tiene manera de hacer funcionar del todo bien su idea «multidimensional» en el mundo real, sí la tiene mucho más clara en el mundo de las ideas y de la teoría. Y allí es donde STRING THEORY gana en interés, algo que no sucede en NIKITA TANYA que no dedica ni un minuto al universo laboral del colorado Nekrasov. En sus presentaciones, en sus debates con académicos que visitan el instituto Dau (como los verdaderos científicos David Gross, Igor Klebanov, Shing-Tung Yau, Costas Bachas, Alexander Vilenkin, Vladimir Katanaev, Erik Verlinde y otros) y en las conversaciones posteriores, si se quiere más poéticas, con ellos y con sus habituales colegas, la película adquiere una complejidad, un interés y una fascinación mucho mayores, algo que se siente hasta en la cara del propio protagonista que se ve que la pasa mucho mejor hablando de lo que sabe.

Hay un par de escenas en las que participa este grupo (los científicos reales interpretan a científicos visitantes del instituto en esa época) que habilitan espacios de reflexión más inquietantes, ligados a la función del científico que trabaja en teorías que serán incomprobables por décadas solo por «su belleza» (siguen sin ser comprobadas al día de hoy) o bien a la relación entre el talento y la capacidad del científico en su profesión frente a su probable monstruosidad como ser humano, algo que grafica claramente una anécdota juvenil de Nekrasov.

Ese debate no solo tiene implicancias en el mundo de la ficción (al hablar de otra persona Nikita podría estar hablando de él mismo) sino que repercute en una discusión muy actual ligada a la posibilidad de apreciar la labor profesional de artistas igualmente monstruosos: lo que conocemos como la ya célebre «cultura de la cancelación». En la Unión Soviética ese tipo de cancelación no solo existía, sino que era aún más brutal y dolorosa, un tipo de desaparición fáctica que se ejercía sobre aquellos que no seguían la línea de pensamiento oficial. Ver la saga DAU debería hacer pensar dos veces a quienes hoy, aunque en apariencia desde otro lugar ideológico, promueven algo parecido para deshacerse de «elementos indeseables» de la sociedad.

En esta dupla de films, Nekrasov es algo así como un hombre al que hoy se podría definir como «tóxico», alguien que intenta justificar la crueldad de sus comportamientos de maneras tan rebuscadas como tediosas, el tipo de persona que prueba que la capacidad de crear belleza artística (si consideramos, como él lo hace, a ciertas ecuaciones físicas como formas bellas) no siempre está relacionada con otras capacidades humanas como la empatía o la generosidad. El rabino Adin Steinzalts –que regresa a la saga DAU tras su notable paso lleno de precisos comentarios en DEGENERATION— lo plantea de otra manera. «Si el mundo físico no tiene nada que ver con lo que vemos, sentimos y podemos tocar, si es un gran vacío cuya totalidad entra en un átomo, todo lo que creemos sobre nosotros mismos, nuestro sentido común, deja de existir y nuestro Yo desaparece», dice en la película. Acaso por ahí se puedan explicar algunos misterios que parecen escaparle tanto a la ciencia como a la experiencia. Y no solo la de Nikita Nekrasov.