Estrenos online: crítica de «The King of Staten Island», de Judd Apatow

Estrenos online: crítica de «The King of Staten Island», de Judd Apatow

La nueva película del director de «Virgen a los 40» es un relato casi autobiográfico centrado en la vida del comediante Pete Davidson, que protagoniza el film. Más drama que comedia, se trata de un relato acerca de un joven emocionalmente dañado que se niega a dejar «el nido» materno y el refugio de la adolescencia perpetua.

La dificultad de crecer suele ser el tema central de las películas de Judd Apatow. El director, guionista, comediante y productor se especializa en las historias de los que muchos han dado por llamar «hombres-niños», personas de edad adulta que siguen actuando como si la escuela secundaria jamás hubiese terminado. Por distintos motivos y con diferentes justificaciones, se trata de sujetos que parecen haber congelado su universo ideal en algún momento entre los 17 y los 20 años y les duele, muchísimo, moverse de ahí. Aún a los 40 y quizás más que eso también.

Una película como THE KING OF STATEN ISLAND marca una constante y, a la vez, un punto de quiebre en la carrera del director de VIRGEN A LOS 40. La constante es que el tema reaparece con toda la furia en la figura de Scott Carlin (Pete Davidson, peculiar comediante y perturbada celebrity, en una historia claramente autobiográfica), un tipo que tiene 25 años, vive con su madre, no tiene trabajo, se la pasa en el día dado vuelta y mirando la TV o jugando juegos con sus amigotes en el subsuelo de su casa. Es tan Apatow todo que parece una parodia. Pero Scott es algo más: es un tipo definitivamente perturbado. Y sus problemas son un poco más serios que los de los habituales personajes del director. Lo mismo que su manera de lidiar con ellos.

El padre de Scott murió cuando él tenía siete años y el asunto lo dejó psicológicamente maltrecho: atontado, incapaz de expresar sentimientos sin utilizar la ironía, agresivo, casi suicida, un tipo que parece vivir en un constante acting out frustrando a su madre (Marisa Tomei, otra vez en el rol de mamá amable que últimamente le asignan, pero siempre impecable, encontrando ángulos emocionales donde no existen), enervando a su más centrada hermana menor, Claire (Maude Apatow), e irritando a su amiga y ocasional pareja Kelsey (Bel Powley), que está empezando a cansarse de él. El único sueño de Scott –un obsesivo del tatuaje, como lo demuestra su propio cuerpo– es poner una mezcla de restaurante/sala de tatuaje, una idea tan improbable como comercialmente nula, de esas que se tienen para luego no hacer nada.


Esa tenue estabilidad del universo de Scott se rompe del todo cuando su hermana Claire se va a estudiar a la universidad y, tras un confuso episodio que involucra un frustrado intento suyo de tatuar a un chico de nueve años, su madre termina conociendo a Ray (el comediante Bill Burr), el intenso padre del chico en cuestión. La aparición de Ray metiéndose entre él y su madre termina por arruinar la mínima organización de Scott. No solo por dejar de ser el centro de atención de «mamá Tomei» sino porque el tipo además es bombero, como lo fue su padre, quien murió cumpliendo su trabajo. ¿Sucederá otra vez?

Si bien todas las películas de Apatow tienen un importante contenido dramático, se puede decir que THE KING OF STATEN ISLAND es directamente un drama con apenas algunos apuntes graciosos. Es que Scott es muy border como para que su humor genere risas y no se vea como un mecanismo de defensa frente a un mundo que, está convencido, lo viene moliendo a palos. El tipo vive autoflagelándose, poniendo su vida en riesgo permanentemente y exhibiendo sus heridas emocionales en público a tal punto que uno, como espectador, se siente ante la necesidad de darle un abrazo y tratar de calmarlo un poco. Y si no quiere saber nada con eso –algo que sería muy probable– tratar de intervenir de algún modo en su vida o abandonarlo a su suerte.

La película gira en torno a eso, al momento en el que Scott se ve enfrentado a tener que hacerse cargo de algunas cosas y a acercarse al mundo de una manera menos confrontativa, entendiendo quizás que no todo está organizado para dañarlo. En un momento, en medio de sus constantes y cada vez más agresivas peleas con Ray, Scott termina pasando un buen tiempo con los bomberos que son amigos de él y fueron compañeros de su padre, cuyo jefe es Steve Buscemi, que fue bombero en la vida real. Y esa experiencia de vida, además de las historias que escucha y las situaciones que atraviesa, le permiten salir de esa idea un tanto reduccionista que tiene de la adultez. La adolescencia puede ser un refugio, parece decir la película, pero crecer no significa necesariamente guardar todo ese universo en un cajón o tirarlo en el Río Hudson.

Si hay otro tema que, marginalmente, se toca en la película tiene que ver con la zona neoyorquina que le da su título. Staten Island (de donde es Davidson) es uno de los barrios menos celebrados y visitados de Nueva York. Comunicado por un famoso ferry (sí, el que pasa cerca de la Estatua de la Libertad), es una isla con una pésima reputación y ningún atractivo turístico. Es una zona de clase blanca trabajadora, con pocas ilusiones y sueños pequeños, pero también con algunos códigos de antaño que se rehusan a morir y una cierta solidaridad de vieja guardia. De algún modo, reconocerse como parte de ese universo es también el viaje que debe hacer Scott para salir adelante. O hacia algún lado.


Gracias a la ayuda del director de fotografía Robert Elswit (habitual colaborador de Paul Thomas Anderson, ganador del Oscar por PETROLEO SANGRIENTO), la película luce mucho más «realista», urbana y oscura que los films previos del director de LIGERAMENTE EMBARAZADA, la mayoría de los cuáles existían en esa soleada y brillante tierra de nadie que es California. Y esa suerte de suciedad funciona muy bien –un poco como lo hacía la hoy completamente ninguneada pero excepcional serie LOUIE— para darle a la película un clima más dramático, aún a costa de que buena parte del humor se pierda entre las sombras y los claroscuros.

THE KING OF STATEN ISLAND es hoy una película fuera de tiempo, perdida en una época en la que los temas que trata parecen no solo no ser parte del debate cultural sino hasta rechazados por cierta intelligentsia. Una película sobre los problemas de crecimiento y los conflictos emocionales de un hombre blanco –en el cual las mujeres tienen roles de apoyo o, a lo sumo, como figuras de cierta «entereza moral»– hoy no parece interesarle casi a nadie. Y si bien es cierto que Hollywood ha hecho miles de películas sobre hombres psicológicamente torturados, especialmente en relación a las que ha realizado con personajes femeninos fuertes e importantes, o personas de minorías étnicas o raciales, eso no quita que estamos ante un film que logra entender e interpretar muy bien qué es lo que pasa por la cabeza y por el corazón de sus protagonistas. La representación en el cine es importante, es cierto, pero las buenas películas lo son aún más. Y esta es una de ellas.