Estrenos online: crítica de «An American Pickle», de Brandon Trost (HBO Max)

Estrenos online: crítica de «An American Pickle», de Brandon Trost (HBO Max)

Seth Rogen hace, a la vez, de un hombre y de su bisabuelo en esta comedia dramática centrada en un inmigrante judío del Este de Europa que llega a Estados Unidos a principios del siglo XX y que, tras un accidente, se despierta en la actualidad.

Un cuento jasídico adaptado al siglo XXI. Eso es AN AMERICAN PICKLE. Ni más ni menos. Con toda la sencillez, la moraleja y el humor que esas historias solían (¿suelen?) tener. Y con algunas de sus limitaciones alegóricas también. En manos de Seth Rogen –que produce y coprotagoniza con sí mismo la historia–, es obvio que no será un cuento tradicional a la vieja usanza. Pero, más allá de actualizar algunas cosas y costumbres con su estilo, digamos, irreverente, la película basada en la novela corta de Simon Rich puede ser vista de esa manera tradicional.

Aunque parece más cercano a UN VIOLINISTA SOBRE EL TEJADO que a otra cosa, el planteo de AN AMERICAN PICKLE pertenece al género fantástico. La voz en off de Rogen, con un acento de inmigrante judío del Este de Europa que le da dos vueltas al cliché (“You vill take down vanilla wodka or I vill do violence!”), arranca contándonos la vida de Herschel Greenbaum, interpretado por él mismo. Es un hombre que se enamora de la mujer de sus sueños, Sarah (Sarah Snook, de SUCCESSION), con la que debe escaparse de los pogroms en un país inventado símil Rusia de principios de siglo para arribar a «América». Y si bien las cosas son un poco más tolerables allí (los discriminan pero al menos no los persiguen cosacos borrachos armados), la vida de la pareja no es fácil y él se gana la vida limpiando el piso en una fábrica de pickles de Brooklyn.

Un bizarro accidente termina haciendo que Herschel quede suspendido en el tiempo (sí, queda «en conserva» dentro de un barril de pepinos) y lo rescaten recién en 2020, cien años después. La confusión, obviamente, es muchísima para él… y para todos. Pero a Herschel lo que más lo amarga es saber que, en todo este tiempo, su mujer ya ha pasado a mejor vida, al igual que su hijo, al que no alcanzó a conocer (Sarah estaba embarazada cuando el se accidentó). Y el único lazo familiar que le ha quedado es su bisnieto, un tal Ben Greenbaum, también encarnado por Rogen.


La conexión entre ellos, al principio, parece ser muy buena ya que Ben lo ayuda, un poco, a adaptarse al extraño mundo moderno que al reaparecido Herschel le resulta incomprensible. Pero pronto empezarán a aparecer las diferencias. Herschel es un hombre resoluto, tosco y terco que quiere hacer todo a su manera, algo que se vuelve entre violento y peligroso cuando descubre lo mal cuidado que está el sector del cementerio en el que Sarah está enterrada. Y Ben, bueno, Ben es un desarrollador de aplicaciones para internet que es dubitativo, temeroso y, para peor, completamente alejado de la religión y bloqueado en sus traumáticos lazos familiares.

AN AMERICAN PICKLE seguirá los conflictos de esta relación, que irá volviéndose más y más agresiva con el correr de los minutos. Los momentos más graciosos del film estarán dados por la fama que Herschel alcanza vendiendo sus pickles en Williamsburg, Brooklyn, ya que su estilo «puro» y orgánico, y su look entre campesino y homeless les resulta fascinante a los hipsters que pueblan esa zona y que no sólo empiezan a pagar muchísimo dinero por sus productos sino que lo transforman en una moda online. Todo esto, claro, fastidia a Ben, que se ha peleado con su bisabuelo, a quien culpa de haberle hecho perder un negocio con una app en la que trabajó durante muchos años.

La premisa simpática y amable de la película –y el innegable carisma de Rogen haciendo ambos papeles muy distintos– sirven para llevar adelante la historia, cuyo formato por momentos responde a modelos de la comedia judaica norteamericana de los años ’70 y ’80, una versión un tanto adocenada del universo de Woody Allen, Paul Mazursky, Mel Brooks, YENTL y tantos otros. Por decirlo de otro modo, AN AMERICAN PICKLE bien podría ser una versión de alguna comedia de Neil Simon con toques propios del siglo XXI. En ese sentido, es más que valorable y discretamente emotiva como parte de una tradición de comedias judías.

La película, sin embargo, no logra sostener su humor y su ternura a lo largo de sus 90 minutos, entrando en su etapa final en una serie de forzadas confrontaciones aventuras que le hacen perder cierta gracia y emoción. Lo que nunca pierde del todo es ese latido triste y melancólico que tiene por debajo de sus más delirantes payasadas. Es que más allá de la relación combativa entre los Greenbaum, más allá de su manera distinta de enfrentarse a la vida y de afrontar los inconvenientes que se presentan, existe una unión entre ellos que no pasa necesariamente por la religión sino por ciertos lazos familiares e identitarios en los que ambos, de distintas maneras, se reconocen.

A su manera dulce, tierna y un poco bobalicona, AN AMERICAN PICKLE es una película sobre experimentar la comunión que brinda esa otredad generada por el hecho de que –por razones ajenas a su voluntad o quizás no tanto– ninguno de los dos logra pertenecer o integrarse del todo al mundo que los rodea, a una sociedad que pretende algo distinto a lo que ellos tienen para ofrecer. Y eso pasa acá, allá y en todas partes. A principios del siglo XX y ahora también.