Series: crítica de “Perry Mason – Temporada 1”, de Rolin Jones y Ron Fitzgerald (HBO)

Series: crítica de “Perry Mason – Temporada 1”, de Rolin Jones y Ron Fitzgerald (HBO)

La primera temporada de la serie funciona como «precuela» de las historias del famoso abogado creado por el novelista Erle Stanley Gardner y adaptado muchas veces en radio y televisión. Con Matthew Rhys, John Lithgow, Tatiana Maslany y Juliet Rylance, entre otros.

Muchos conocedores de las novelas y de las adaptaciones cinematográficas y televisivas de PERRY MASON se sorprendieron al ver que, en la nueva versión que emite HBO, el mítico personaje no era un abogado defensor sino un detective privado. Existe una explicación para todo esto. En términos actuales, se debería decir que la serie funciona como una “precuela” de las diversas historias atravesadas por el Mason más conocido. La nueva serie, creada por Rolin Jones y Ron Fitzgerald, transcurre entre 1931 y 1932, meses antes de la publicación de la primera novela de Erle Stanley Gardner centrada en ese personaje. Y funciona como lazo entre su pasado –del que poco y nada se habló a través de las decenas de novelas, del duradero show radial y de los centenares de episodios de TV—y el Mason que muchos conocimos con el rostro de Raymond Burr, quien lo interpretó en la famosa serie de televisión (entre 1957 y 1966) y luego en varias películas hechas también para la TV.

Realizada con un presupuesto de alrededor de 75 millones de dólares, PERRY MASON tiene el aspecto de un lujoso ejemplar de cine negro, estilo reciclado en versión XL hasta el último y más específico detalle. Es el tipo de serie que, por momentos, parece más interesada en lucir bien que en otra cosa y eso es algo que se sostendrá durante un par de episodios, hasta que las cosas empiecen a volverse un tanto más atrapantes. La reconstrucción de época –arte, vestuario, diseño de producción, fotografía, estilos de actuación, vocabulario—está tan pero tan cuidada en todos sus detalles que puede llegar a volverse sofocante. Y algo parecido sucede con la música (de Terence Blanchard) y algunos detalles de la lujosa puesta en escena de Tim Van Patten (SOPRANOS, BOARDWALK EMPIRE) y Denis Gamze Erguven (MUSTANG), que hacen recordar más las adaptaciones estilísticas cercanas en el tiempo, como LOS ANGELES: AL DESNUDO, que a los clásicos de la época. Recién cuando los creadores de la serie logran atravesar esa suerte de imperiosa necesidad de mostrar en qué invirtieron el dinero, PERRY MASON comienza a ponerse en orden y a progresar dramáticamente.

Encarnado por Matthew Rhys (el actor galés, protagonista de la excelente serie THE AMERICANS), el Mason de la nueva versión se parece más a los detectives de la novela negra clásica que al personaje de Gardner, una especie de Philip Marlowe/Sam Spade lidiando con un complicado caso que explota en una Los Angeles que está atravesando la Gran Depresión económica. PERRY MASON empieza con el cruento asesinato de un pequeño niño (la serie es bastante franca y fuerte en algunas escenas) y el investigador, que trabaja para el abogado defensor E.B. Jonathan (John Lithgow), es uno de los encargados de averiguar qué es lo que realmente sucedió. Y los principales sospechosos empiezan siendo los propios padres del niño, Matthew y Emily Dowson (Nate Corddry y Gayle Rankin), dos miembros un tanto extraños de una aún más extraña iglesia episcopal.


Como todo conocedor de una buena novela negra sabe, eso es apenas el comienzo del asunto. Pronto empezarán a sumarse personajes, situaciones, sospechosos y distintas posibilidades respecto a quién pudo haber cometido el crimen y porqué. El ostentoso Fiscal del Distrito (Stephen Root) es el principal acusador de la madre mientras que Paul Drake (Chris Chalk, haciendo un personaje que ya existía en las novelas y en la TV) es el policía en este caso afroamericano que sabe que sus jefes ocultan algo. El elenco principal se completa con Della Street (Juliet Rylance, también encarnando a un personaje clásico, pero con sus alteraciones muy siglo XXI) y Pete Strickland (Shea Whigham), dos de los principales colaboradores de Mason. A ellos hay que sumarles a los líderes de esa curiosa iglesia, la Hermana Alice (Tatiana Maslany) y su madre Birdy (Lili Taylor), quienes también tienen secretos que ocultar. En el medio, claro, todos los clásicos personajes de un novela detectivesca de los años ’30: gangsters, policías corruptos, políticos ambiciosos, periodistas curiosos y demás criaturas del género.

Promediando la serie –entre el cuarto y el quinto episodio—sucederá un hecho clave que modificará radicalmente el relato tal como se lo venía contando hasta entonces. Es a partir de ahí que los ofuscados por esta versión tan distinta de su héroe empezarán a notar cómo el Mason 2020 se va empezando a parecer al viejo conocido. La transición puede ser un tanto brusca desde lo narrativo, pero tiene sentido desde los dramático ya que, más allá de las diferencias aparentes entre esta caracterización con la del personaje clásico, ambos protagonistas poseen una compasiva mirada en relación a las víctimas de evidentes injusticias y lo que más les preocupa es defender a personas acusadas de crímenes que no cometieron.

La diferencia clave del Mason actual es que aquí tiene un rol importante su vida privada, algo que nunca tuvo trascendencia ni en las novelas ni en las series previas, que se dedicaban fundamentalmente a resolver un caso por episodio. El personaje ahora es un alcohólico torturado por su paso por la Primera Guerra Mundial, separado de su mujer, con un hijo al que ve muy poco y con una amante (la “intensa” latina Verónica Falcón) con la que se encuentra en la dilapidada casa campestre en la que vive en las afueras de Los Angeles. El hombre, además, nunca tiene dinero, lo cual lo lleva a meterse en algunos trabajitos un tanto bochornosos como espiar las vidas privadas de actores para los estudios de Hollywood y luego intentar chantajearlos con esa información.

PERRY MASON es una serie tan trabajada como trabajosa, de esas que testean la concentración del espectador a partir de su exponencial crecimiento de personajes y posibilidades de resolución del caso, algo que siempre fue parte de la naturaleza de la novela negra. A su modo, la decisión de mover el eje también hacia la vida personal del detective respeta esos códigos, haciendo que la serie se presente también como una pintura de un personaje, un lugar y una época plagada de problemas sociales, raciales y económicos. En las novelas de Dashiell Hammett (o Raymond Chandler), las mecánicas específicas de la trama y su resolución siempre fueron secundarias a la descripción del universo que las contenían. La serie de HBO opera de manera similar, solo que prefiere sostener por un buen tiempo el eje en los constantes giros narrativos del caso y recién después ir abriéndose a otros asuntos que disparan los personajes y sus non sanctas actividades.

ZONA DE SPOILERS

Producido el doloroso giro narrativo que lleva a Mason a convertirse rápidamente en abogado a cargo de la defensa de Emily Dowson –y tras sus primeros trastabilleos en esa posición–, la serie empieza a asemejarse un poco más al género conocido como drama judicial, con evidencias, testimonios, alegatos, su ruta. La serie logra, igualmente, escapar de ese peligro que Hitchcock siempre advertía al respecto de este tipo de relatos (decía que cuando el juicio comienza es que como si arrancara otra película) ya que tanto el caso como los personajes continúan desarrollándose de maneras creativas y no se vuelve todo pura exposición.

El cierre del caso es un poco más gris, pero su idea coincide con otras que maneja este reboot: las cosas no son muy claras en la Justicia («Nadie confiesa desde el banquillo de los acusados», le dice Hamilton Burger, haciendo referencia a lo que solía ser la solución de los casos del Mason clásico, serie en la cual él era «villano») como tampoco lo son en la Policía ni en la sociedad en general. A eso se le suma el guiño quizás «políticamente correcto» de volver a Drake afroamericano y poner a Della Street en pareja con otra mujer para completar una de esas actualizaciones temáticas que no siempre funcionan del todo bien pero que acá –incluyendo un cierre que invita a la segunda temporada– se siente bastante orgánica.

FIN ZONA DE SPOILERS

PERRY MASON es un producto cuidado, prolijo, bien actuado y efectivamente narrado, que no termina por entusiasmar del todo, pero que promete seguir creciendo. Quizás no haya logrado establecerse como uno de esos shows de visión obligada –como lo fue en su momento la primera temporada de TRUE DETECTIVE, serie de HBO que tenía varios puntos en común con ésta–, pero es de digestión más lenta. De hecho, el primer convocado a escribir los guiones fue Nic Pizzolatto, el autor de aquella saga que, temporada a temporada, investigaba casos diferentes con un elenco completamente distinto. Uno podría pensar a PERRY MASON como otra temporada de esa serie, una que vuelve a los orígenes del género para mostrar que las perversas relaciones entre el crimen organizado y la policía corrupta existen desde tiempos inmemoriales. Y que siempre viene bien pensar que hay alguien intentando ayudar a los más perjudicados. Aunque más no sea en la ficción.


NOTA: Versión modificada (con los comentarios en la «zona de spoilers» y algunos otros cambios) de la crítica publicada en La Agenda de Buenos Aires promediando el desarrollo de la serie.