Series: crítica de «Brave New World” (Un mundo feliz), de David Wiener

Series: crítica de «Brave New World” (Un mundo feliz), de David Wiener

La serie adapta la clásica novela de Aldous Huxley sobre una sociedad en apariencia perfecta pero completa y totalitariamente controlada. Con Alden Ehreinreich, Jessica Brown Findlay, Harry Lloyd y Demi Moore.

Basada en una de las novelas más célebres del siglo XX, la serie UN MUNDO FELIZ (BRAVE NEW WORLD) se encuentra con un desafío doble. Por un lado, estar a la altura del mito del libro de Aldous Huxley, acaso el más difícil de alcanzar, algo que debería quedar haberles quedado claro a sus creadores por las poquísimas adaptaciones audiovisuales que se han hecho. El segundo desafío es casual, inesperado: ver cómo los temas que plantea pueden funcionar en estas circunstancias históricas, unas que dan vueltas de pies a cabeza la lógica y algunos de los temas del libro.

UN MUNDO FELIZ plantea la angustia y el vacío que puede generar un universo absolutamente controlado donde no hay sentimientos ni emociones (más que las que provoca, artificialmente, la droga conocida como soma) pero en el que tampoco existe el dolor, el sufrimiento o las enfermedades. Un mundo vigilado y controlado en el que no hay cárceles ni matrimonios ni se entienden conceptos como privacidad, fidelidad, libertad o felicidad. Un mundo perfecto, perfectamente vacío. Como un shopping mall o un paseo por DisneyWorld.

La serie, que ha sido analizada y conectada a incontables temas a lo largo de los 88 años desde que fue publicada en función de los distintos contextos históricos, podía hasta hace poco servir como certera crítica de los excesos del consumismo del Primer Mundo, de la cultura del entretenimiento masivo y hasta de la supuesta placidez que pueden dar ciertos medicamentos que prometen alivianar angustias y depresiones. Pero en el contexto en el que se estrena en 2020 su imaginario se retuerce y se convierte en otra cosa, al punto que ese despreocupado pero condicionado «funcionamiento social» puede hasta volver a parecer utópico. De hecho, lo que hay afuera de ese lugar –las «Tierras Salvajes», según se las llama en la serie– se parece bastante más a lo que, uno imagina, es el futuro que nos espera a los que estamos ahora acá.


Esta fricción temática de UN MUNDO IDEAL será interesante de pensar mientras uno se pierde en los no siempre felices vericuetos narrativos de la serie. Creada por David Wiener con un equipo de colaboradores que incluye al célebre Grant Morrison (guionista de algunas de las mejores etapas de los cómics de «Batman» y «Superman«, entre muchas otros éxitos del mundo de la novela gráfica), la serie que en Estados Unidos fue la carta fuerte de lanzamiento de la plataforma de streaming Peacock (y acá llegaría, aún sin confirmación, vía Amazon Prime) mantiene el punto de partida original de la novela, así como los acontecimientos y los personajes centrales pero, a partir de la mitad, empieza a recorrer un camino propio, apenas inspirado en la trama original. Algunas de esas variaciones resultan apropiadas –o, al menos, simpáticas-, mientras que otras son más bien flojas o directamente incomprensibles.

Estamos ante toda una superproducción, con lujosos efectos especiales y un evidente esfuerzo creativo a la hora de imaginar un futuro que, en principio, se parece mucho al de un «no lugar» entendido como utopía. La New London de la serie es una mezcla de lujosa galería comercial con laboratorio científico transitada por hombres y mujeres que parecen salidos de una revista de modas y caminan como en una pasarela. Todos consumen mecánicamente diferentes colores de «soma» (una droga que les mantiene «los niveles» y que los hace dejarse llevar por las cómodas rutinas sin cuestionar nada), van de fiesta casi todas las noches, terminan casi siempre envueltos en orgías –filmadas ex profeso como sensuales avisos publicitarios de perfumes– y llevan un implante ocular que les permite ver a todos y ser visto por todos. No hay secretos allí. O, al menos, eso parece.

Dentro de ese mundo dividido y segmentado en castas (Alphas, Betas, Gammas, Epsilons, con sus respectivos Plus y Menos), la serie se centra en la relación entre Bernard Marx (Harry Lloyd) y Lenina Brown (Jessica Brown Findlay), los mismos dos personajes centrales de la novela (sí, lo sabemos, Huxley era bastante literal con los nombres). El es un Alpha+, la casta superior y uno de los responsables de mantener el funcionamiento del orden social, y ella es una Beta+, dedicada a vivir su vida de la manera más placentera posible. Pero ninguno de los dos se siente del todo cómodo con el rol que le tocó en suerte en ese «cuerpo social» y esa coincidencia los hará unirse.

El otro gran personaje de la novela y la serie es John el Salvaje (Alden Ehreinreich, el joven Han Solo de la injustamente masacrada SOLO: A STAR WARS STORY). Junto a su alcohólica madre, Linda (una reaparecida Demi Moore, en plan white trash), John vive fuera de esa civilización perfecta, trabajando en lo que ahora es un decadente parque de diversiones cuyo tema es, bueno, el mundo actual con sus hábitos y costumbres, hecho para entretener a los visitantes de New London. La visita de Bernard y Lenina a esa suerte de «Westworld» de nuestra civilización desencadena los hechos más importantes, los que se desarrollarán una vez que, escapándose de una rebelión en el lugar, terminen llevándose a John y a su madre a este «mundo perfecto».

Lo demás, de manera filosóficamente similar pero narrativamente diferente, será ver cómo la aparición de este «virus» humano que es el Salvaje en cuestión termina desajustando la estructura de la Nueva Londres, ya que el atribulado muchacho no se llevará, en principio, demasiado bien con la lógica del lugar, cuya perfecta fachada de placer continuo y goce despreocupado esconde enormes injusticias sociales, supresión de libertades y vigilancia permanente.

La serie le da un peso mayor –como sucede en casi todas las sagas de ciencia ficción que pretenden perdurar en el tiempo y esta versión intenta sumar más temporadas– a lo que hoy denominaríamos el «universo» en el que funciona esta sociedad utópica. Una buena parte de la serie tendrá que ver con la parte, si se quiere, MATRIX del asunto, tratando de explicar los orígenes, misterios y secretos del funcionamiento de ese mundo aparentemente perfecto, manejada por Mustafa Mond, convertido aquí en una mujer negra. Un consejo: no se hagan demasiadas ilusiones con esta subtrama, ya que es entre confusa e inconsistente.


Donde la serie funciona mejor es en la relación de los tres personajes principales y, en menor medida, con algunos secundarios, como la obediente mejor amiga de Lenina, el extraño Epsilon que empieza a cuestionarse su triste lugar en la ecuación, una entusiasta aunque conflictuada party planner y un Gamma dedicado a atender a John, entre otros. Si bien los personajes por momentos tienen giros dramáticos extraños y acciones bastante caprichosas (los guionistas no parecen tener muy en claro qué tipo de persona es Bernard, por ejemplo), hay una suerte de triángulo amoroso entre los tres protagonistas en el que los celos, la amistad, el sexo y esa misteriosa cosa llamada «amor» –que por allí se desconoce– tendrán un papel relevante.

La serie tiene un notable comienzo (la presentación de la Londres en cuestión, el viaje a las Tierras Salvajes, lo que sucede allí y el regreso) que dura unos tres episodios, pero luego entra en una meseta narrativa un tanto inconsistente, en la que es difícil establecer un parámetro de calidad. Cada episodio es una mezcla de situaciones inquietantes y relaciones raras (todo lo ligado a la «adaptación» de John a ese mundo en el que lo miran con miedo y fascinación es muy divertido) mezclados con otros que son banales o demasiado derivativos de otras sagas de ciencia ficción con temáticas similares, muchas de las cuales seguramente se inspiraron en la misma novela.

No tengo una postura definitiva respecto a esta primera (¿única?) temporada de UN MUNDO FELIZ. Al comenzar me pareció una agradable e inesperada sorpresa (las críticas estadounidenses son entre tibias y malas) pero con el correr de los episodios empecé a entender esos desencantados puntos de vista, ya que la potencia y consistencia de esos primeros episodios se va desvaneciendo de a poco y hacia el final ya es una suerte de «vale todo» de la ciencia ficción más especulativa.

De todos modos, los temas que planteaba entonces Huxley son tan o más relevantes que nunca, más allá de la situación que atravesamos en este 2020. Asuntos contemporáneos como el abuso de las redes sociales, la corrección política, la virtualidad, la cultura de la cancelación, el espionaje online, el desenfreno por las diversas formas de consumo, la fascinación por los totalitarismos, el crecimiento de los movimientos anti-inmigratorios y neofascistas, entre muchas otras «cuestiones» de la época, están presentes hoy en UN MUNDO FELIZ tanto o más de lo que lo estaban en 1931, cuando se escribió la novela. Mejor sería no pensar demasiado en lo que pasó tan solo unos años después en el mundo, pero es inevitable hacerlo.