Aniversarios: 25 años de «Pecados capitales», de David Fincher (Netflix/Amazon Prime)

Aniversarios: 25 años de «Pecados capitales», de David Fincher (Netflix/Amazon Prime)

por - cine, Críticas, Online, Streaming
26 Sep, 2020 02:35 | Sin comentarios

A 25 años de su estreno, la película del realizador de «El club de la pelea» continúa siendo influyente en el cine actual. Algunas ideas sobre este brutal thriller protagonizado por Brad Pitt y Morgan Freeman. Está en Netflix y en Amazon Prime. Nota publicada originalmente en La Agenda de Buenos Aires.

Existirían muchas de las series de televisión policiales sin Pecados capitales? Dicho de otro modo, más específico: ¿veríamos constantemente, uno tras otro, cientos de shows sobre asesinos seriales metódicos y obsesivos que van enloqueciendo a los detectives que los persiguen a lo largo de una decena o más de episodios? ¿Y serían todos tan oscuros, como iluminados por alguien que tiene baja tensión en su casa? Es cierto: la película de David Fincher no inventó el género ni mucho menos, pero de alguna manera cristalizó una forma de abordarlo que no se ha modificado demasiado en los 25 años que pasaron desde que se estrenó.

Si bien es hoy casi un ícono del cine policial de los ’90, cuando “Pecados capitales” se estrenó muy poca gente le tenía confianza al film. Fincher no era conocido y venía de fracasar con Alien 3”, el guionista Andrew Kevin Walker era un novato y el elenco hoy parece plagado de superestrellas pero en ese entonces solo Brad Pitt convocaba espectadores masivamente. Morgan Freeman era un actor respetado recién empezando a crecer en popularidad mientras que Gwyneth Paltrow y Kevin Spacey comenzaban a hacerse notar pero no eran las estrellas que fueron luego y las incógnitas que son ahora. Si a eso se le suma que era una historia que había sido rechazada por varios directores, actores y estudios por su negrura y violencia, nada hacía suponer que iba a convertirse en un hito cinematográfico, aún más influyente en lo estrictamente formal que “El silencio de los inocentes”, la película que cuatro años antes le había dado una nueva vida al subgénero de “serial killers”.

¿Cuál es el secreto de la repercusión y el éxito de “Pecados capitales”? Uno podría intentar ponerse sesudo y armar una compleja explicación acerca de sus relaciones con el cine negro, de su existencialismo de biblioteca y de la manera en la que la película capturaba una sensación de desidia, maldad y amargura urbana como poco cine comercial entonces lo venía haciendo. Pero seamos honestos: la fama de la película está ligada fundamentalmente a su shockeante y sorpresivo final. Los que no la vieron pueden pasar los próximos párrafos, pero tratándose de una película que tiene 25 años y que ha sido vista por generaciones, no tiene sentido dar vueltas alrededor de lo casi todos saben. El brutal y angustiante final –que el estudio quiso cambiar una y mil veces al punto de tener una versión diferente– resultó completamente inesperado. Muy pocas películas comerciales de entonces (y de ahora) se atrevían a terminar así de mal con el asesino saliéndose con la suya y con los héroes no solo siendo derrotados sino quedando traumados de por vida.


Pecados capitales transcurre en una ciudad nunca nombrada pero que tiene un claro aspecto neoyorquino (se filmó más que nada en Los Angeles, pero esa es otra historia) y propone una fórmula narrativa que el espectador cree conocer de memoria: unir a un detective veterano de la policía a punto de retirarse (el tal Somerset, interpretado por Morgan Freeman, con su ahora patentada combinación de sabiduría y gravedad) con uno más joven e impetuoso que cree que se puede llevar el mundo por delante (Mills, encarnado por un Brad Pitt que recién aquí empezó a ser tomado más seriamente como actor). La pareja despareja se topa con la extraña muerte de un hombre que fue obligado a comer hasta, literalmente, reventar sin saber que entran en un camino sin salida que los conduce directamente a los manejos siniestros de un asesino serial que está matando, en algunos casos con un cuidado y dedicación de meses, a personas que él considera como culpables de cometer alguno de los llamados siete pecados capitales: lujuria, soberbia, pereza, ira, envidia, gula y avaricia. No necesariamente en ese orden.

Hasta allí, nada que pueda sorprender al espectador, ni de entonces ni de ahora. Pero la película tiene un par de trucos narrativos bajo el brazo que irá dando a conocer a su debido tiempo. Lo que impacta inicialmente es su estética, una relectura moderna de los clásicos del noir: Somerset usa permanentemente un sombrero, Mills un piloto, las cortinas siempre están bajas, llueve todo el tiempo, la ciudad está tapada por el humo que sale de las alcantarillas y las lámparas siempre parecen estar a punto de apagarse o estallar. Si estuviera Humphrey Bogart bien podría ser una película de 1954. Pero si bien esto podría darle a la película una característica retro, de homenaje al género y no mucho más (cientos de thrillers usarán esos códigos estéticos solo para eso), Fincher, un veterano del videoclip que siempre supo escaparle a las convenciones del género, logra otorgarle al relato una densidad real que va más allá del simple guiño de conocedor a conocedor.

Los crímenes son increíblemente crueles (uno, especialmente, producirá un buen primer susto a los espectadores), las pistas son en principio incomprensibles y el asesino procede con una lógica tan sádica como elegante, con un enredado sistema criminal que de a poco va revelando estar armado a partir de referencias literarias clásicas. Tras sus fracasos iniciales, los policías empezarán a incorporar la biblioteca (o los resúmenes para estudiantes, en el caso de Mills) como un espacio más seguro que los datos empíricos para encontrar pistas. Es que el hombre usa y cita a Dante Alighieri, Santo Tomás de Aquino, John Milton, William Shakespeare, Geoffrey Chaucer y hasta al Marqués de Sade a la hora de firmar sus asesinatos. De ese modo, “Pecados capitales” tratará de ubicarse a mitad de camino entre la trama más pulp que propone de entrada –de novela barata, de film de Clase B o hasta de giallo italiano—con una búsqueda, si se quiere, un tanto más culta o refinada. Para su brutal final, la película logrará sintetizar a la perfección estos dos acercamientos al género.

Fuera de lo específicamente formal, en lo que sería su primer acercamiento a una larga obsesión por el mundo de los criminales que se repetirá en casi todas sus películas, incluyendo Zodiac”, “La chica del dragón tatuado” y “Red social” (inserte guiño cómplice de ojo aquí), Fincher revela una fascinación por los metódicos profetas del Mal que funcionan en su cine como una clara manifestación de un malestar contemporáneo. La hoy reiteradísima idea de que el detective debe “meterse” en la cabeza del asesino serial para ver cómo funciona y así poder atraparlo –eje central en “Mindhunters”, la serie que él produce y dirige—es la que funciona a la hora de conectar héroes y villanos, policías con criminales, personas que fantasean con cruzar al otro lado de los límites morales y los que se atreven a hacerlo. Al final de esta película oscura y truculenta, impactante y mórbida, esa conexión se hace definitiva y mortal. El criminal provoca al policía y lo lleva a traspasar ese límite moral, lo convierte en el responsable del séptimo y último crimen. La línea ya se ha roto y no se puede recomponer. Misión cumplida.


Nota publicada originalmente en La Agenda de Buenos Aires. Pueden leerla por acá.