Festivales: crítica de «Apples», de Christos Nikou (Venecia/Toronto)

Festivales: crítica de «Apples», de Christos Nikou (Venecia/Toronto)

Este drama griego, opera prima de un asistente de Yorgos Lanthimos, le da un contenido más emotivo y doloroso a una trama típica del nuevo cine de ese país, ligada a un extraño fenómeno que lleva a mucha gente a perder la memoria.

La falta de memoria puede tener tanto efectos individuales como sociales y ser, a la vez, metáfora útil para describir tanto condiciones personales como nacionales. En la ficción de APPLES, película griega que se presenta en los festivales de Venecia y Toronto, parece haber una suerte de rara pandemia que genera que mucha gente esté perdiendo, súbitamente, la memoria. Tras sufrir un fuerte dolor de cabeza, muchos ciudadanos no recuerdan ni siquiera su nombre. Y esto se está volviendo un problema difícil de resolver en un país que, acaso no casualmente, ha atravesado hace poco una fuertísima crisis que seguramente preferiría olvidar. O asumir y tratar de superar.

Cuando conocemos al protagonista de APPLES el hombre está golpeándose duramente la cabeza contra una pared. De fondo se escucha una grabación que habla de la existencia de un programa dentro de un hospital en el que se la da una nueva identidad a personas que han perdido la memoria. Nuestro héroe sin nombre se sube a un ómnibus y no es capaz de salir de ahí al llegar a la terminal. Está completamente atontado, sin saber qué hacer ni adónde ir. Rápidamente lo envían al hospital neurológico en cuestión donde parece quedar claro que no recuerda ni su nombre y que ningún familiar viene a buscarlo. Es ahí que lo invitan a ser parte de este programa.

De ahí en adelante, la opera prima de Christos Nikou –que fue asistente de películas de Yorgos Lanthimos– empieza a parecerse un poco más a otras de esta «Nueva Ola Rumana» que suelen estar plagadas de situaciones extrañas y comportamientos bizarros. Pero Nikou apenas coquetea con ese estilo y lo usa más que nada como esquema narrativo, ya que su plan de fondo es otro: seco y hasta clínico en sus modos, sí, pero finalmente mucho más emotivo y sincero.


El mecanismo narrativo que genera este plan de reeducación (los médicos insisten que no sirve para recuperar la memoria anterior sino para crear nuevas) consiste en una serie de tareas y trabajos que el hombre debe hacer y que recibe, a modo de misiones, en un casete. Los pasos son progresivamente más complicados y, en todos los casos, el tipo debe sacarse una foto Polaroid al concluirlo y guardarla en un álbum que los médicos controlan. El asunto empieza con tareas sencillas como andar en bicicleta y hacer compras en un supermercado pero luego se van haciendo más arduas: ir a una fiesta, a un bar de strippers, chocar un auto, ver una película de terror y otras, más complicadas y duras, que lo deberían ir acercando a la meta.

El protagonista es un tipo serio y circunspecto que parece tomarse todas sus tareas con extrema morosidad. Pero algunos indicios nos dejan ver que algo no está del todo bien en él: saca fotos de tareas que no hace solo para cumplir con la exigencia de los médicos y en varios momentos parece tener flashes de cosas de su vida pasada: una dirección, un perro que pasa, una cara que cree reconocer y así. En algún momento se topará con una chica que está en el mismo proceso «reeducativo» y compartirán algunas aventuras.

El título hace referencia a la costumbre de comer manzanas que nuestro barbudo protagonista parece tener, algo que comienza en el hospital y se vuelve casi una obsesión, a punto de que da la impresión que no come otra cosa que eso. Hay quienes piensan que las manzanas, como las magdalenas de Proust, tienen efectos sobre la memoria y quizás por ahí pase la relación del hombre con la fruta en cuestión. O quizás no.

Solo con apoyos visuales que requieren la atención precisa del espectador y sin recaer nunca en explicaciones, APPLES de a poco nos va adentrando más y más en detalles de la vida del protagonista, cuya aparente entereza (o bloqueo) empieza a resquebrajarse cuando las «misiones» van teniendo un contenido emocional más fuerte y doloroso, haciéndolo aprender ciertas emociones, o reconectándolo quizás con su pasado, con su humanidad o ayudándolo a atravesar algún trauma.

De manera discreta pero poderosa, apoyándose siempre en planos largos, actuaciones desafectadas, música melancólica y muchos silencios, Nikou va haciéndose cargo de esa suerte de amnesia personal y nacional, del dolor, del olvido y del posible trauma. En algunas escenas ligadas a la música y al baile notamos que el protagonista empieza de algún modo a reconectarse con el mundo exterior. A ser un hombre nuevo, quizás, pero gracias a las emociones de siempre. Andar en bicicleta no es lo único que nunca se olvida.