Festivales: crítica de «The Disciple», de Chaitanya Tamhane (Venecia/Toronto)

Festivales: crítica de «The Disciple», de Chaitanya Tamhane (Venecia/Toronto)

por - cine, Críticas, Festivales
05 Sep, 2020 10:40 | Sin comentarios

La nueva película del realizador de «Court» se centra en un intérprete de música clásica del norte de la India que lucha para aprender los complicados y filosóficos secretos de su arte. Está en competencia en Venecia y, en unos pocos días, se la verá en el Festival de Toronto.

La nueva película del director de COURT poco y nada, en principio, tiene que ver con aquel film que transcurría en su mayoría en un juzgado de Mumbai. Más ambiciosa y expansiva, con permanentes flashbacks y flashforwards a distintas etapas de la vida de su protagonista, sostiene sin embargo un similar tono humilde, modesto, melancólico. Es la historia de un músico/cantante de música clásica del norte de la India (conocida como música indostánica o khyal) que trata de ganarse la vida interpretando y homenajeando la música tradicional de la región en la que vive.

Sharad (Aditya Modak, que es músico en la vida real) es un estudioso obsesivo de ese tipo de forma artística y ha crecido a la sombra de tres maestros y gurúes. Uno de ellos es su padre, un hombre dedicado a interpretar y a estudiar el género, pero sin demasiado talento como performer. El otro, un veterano y reconocido cantor, ya mucho mayor y algo enfermo, al que acompaña en sus presentaciones y es parte de su grupo. Por último está Maai, una mítica gurú de este tipo de música, que ya ha fallecido pero que nunca dejó grabadas sus interpretaciones. Lo único que Sharad tiene –y es algo así como un incunable– son unas grabaciones en las que la mujer habla y explica su filosofía respecto a la forma de interpretar esa música.

Es que, para todos los que la cultivan, la música indostánica es algo así como una religión. Sus intérpretes no solo tienen que ser capaces de cantar muy bien sus improvisadas melodías sino que tienen que dedicar su vida a perfeccionarse, practicar, estudiar y honrar a sus maestros. Hay un orgullo en ser parte de esta tradición pero también hay un problema. Son pocos los que la siguen practicando con ese nivel de devoción ya que el éxito y el dinero aparecen si los propios cantantes y músicos pasan a interpretar estilos musicales más comerciales. Y cuando Sharad quiere vender –o hasta donar– materiales de este estilo, pocos parecen interesados en ellos si no se trata de los artistas más reconocidos del género.


Sharad tiene un problema que es central para entender su difícil predicamento: es un apasionado por la música tradicional, un estudioso obsesivo de sus formas y antepasados, pero no es tan talentoso como quisiera. En el primer concurso importante en el que se anota, no queda entre los elegidos. Y luego, en muchas de sus interpretaciones públicas, suele fallar visiblemente o quedar, al menos él, disgustado por su incapacidad de estar al nivel de sus maestros. Y ese será el eje central de su drama: saber que eso que ama y para lo que se ha preparado toda la vida está fuera de su alcance. Podrá ser un buen discípulo pero difícilmente sea un maestro.

THE DISCIPLE tiene la particularidad –más que valiosa– de dejar largos momentos musicales íntegros, tanto los interpretados por él como los que hace su maestro Arun, entre otros, algo que ocupa buena parte de las más de dos horas que dura el film. Además se ven videos, programas de televisión y se habla de los distintos estilos de esa música y de muchísimos intérpretes, sin contar todas las clases y enseñanzas que se imparten. Sharad se ocupa, de hecho, de pasar a digital viejos videos de conciertos en VHS y además da clases, entre otros trabajos ligados a la música que ama. Y cuando ve a una cantante tradicional llegar a la TV y empezar a «derrapar» hacia estilos más comerciales, no puede evitar mirarla con una mezcla de fascinación y asco. ¿En eso consiste triunfar?

Se trata de una película que, de manera tranquila pero convincente, va llevando al espectador a compenetrarse cada vez más con Sharad y sus problemas, que Tamhane va contando de forma no-cronológica, pasando de escenas de su juventud a otras en su niñez para luego ir a la adultez y regresar hacia atrás. En ese sentido funciona muy bien también la relación que tiene con su maestro que lidia, por un lado, con su salud y, por otro, con la dolorosa sensación de saber que su discípulo no está a la altura de las circunstancias. Es que el arte de la música khyal no pasa solo por las proezas técnicas o el estudio sino por una cierta sabiduría –o paz mental– que nuestro protagonista jamás parece alcanzar, acaso por la propia naturaleza obsesiva de su deseo.

Algunas escenas discretamente cómicas de la película son muy bien manejadas por el realizador. Y si bien hay algunos subrayados aquí y allá (Sharad anda en moto y ve siempre publicidades muy pop y occidentales que dejan en claro que su pasión musical no se lleva muy bien con los tiempos que corren), por lo general Tamhane se maneja con un tono tan gentil, bajo y apocado que a la película por momentos hasta parecen faltarle los convencionales golpes de efecto dramáticos. No sale a buscar al espectador sino que espera, pacientemente, que uno se acerque a ella. Como la música que interpretan, THE DISCIPLE propone una melodía sesgada y sinuosa a la que hay que aprender a apreciar. Pero una vez que uno se acomoda a la propuesta, puede ser bellísima.