Series: crítica de «We Are Who We Are», de Luca Guadagnino (HBO)

Series: crítica de «We Are Who We Are», de Luca Guadagnino (HBO)

En el extraordinario final de la temporada, los protagonistas viajan a Bologna a ver un concierto y allí viven experiencias que los marcarán para siempre. Un cierre perfecto para una de las mejores series de los últimos tiempos. Tiene SPOILERS.

Una noche en la que todo cambia, todo el tiempo. Una de esas aventuras que se sienten en el cuerpo en el momento y que se recuerdan toda una vida. Cualquier cosa que pueda suceder en el futuro con Fraser y Caitlin desde la noche en la que fueron a Bologna a ver un show de Blood Orange no va a quitarles del cuerpo y de la cabeza esa experiencia vital, extraña y, en muchos sentidos, inesperada. (SPOILERS, SPOILERS, SPOILERS) La temporada de WE ARE WHO WE ARE termina de la mejor manera posible, respetando los códigos que la convirtieron en una de las series más originales de los últimos tiempos: vitalidad, frescura, sorpresa, capricho, inspiración, intensidad. Pasan muchas cosas en la última hora y muchas de ellas no las esperan ni los espectadores ni los protagonistas.

Vista al mismo tiempo que las (al escribir esto) todavía inconclusas elecciones en los Estados Unidos, es inevitable ver el final de la serie de Guadagnino como una utopía, como la decisión de un artista de elegir mirar lo mejor de nosotros, nuestra capacidad de empatía, de afecto, de compañerismo, de amor. El episodio transcurre poco después de las elecciones de 2016, con la victoria de Donald Trump, y si bien no se hace referencia directa a ese tema esta vez, lo que los chicos hacen es, claramente, una elección de escaparse hacia otro lado, hacia un mundo quizás de fantasía (el capítulo tiene un par de guiños hacia ese lado de la ecuación) en el que lejos de las miradas, las opiniones –y los votos– de los adultos puedan existir en un lugar mejor. Evidentemente tiene que ser de fantasía…

El final de la temporada (digo temporada porque el cierre es muy abierto y Guadagnino ya ha dicho que le encantaría seguir) se centra en el viaje que hacen Fraser y Caitlin al concierto en cuestión y no se aleja de ahí. No sabremos más de la base militar ni de sus padres ni nada de lo que sucede ahí. Y el episodio puede dividirse en tres partes: el viaje en tren y otros modos de transporte hasta el lugar, el concierto en sí y lo que sucede después. Es un viaje de descubrimiento, sí, pero no necesariamente el más previsible. La serie jugaba todo el tiempo con la idea de que, una vez liberados de las miradas de los adultos y de algunos de sus pares, Frasier y Caitlin podría experimentar sexualmente de una manera menos disimulada y más abierta que hasta el momento. Y todo parece indicar que eso sucederá.


En el accidentado viaje (van en tren, no tienen dinero para todos los boletos, los persigue un guardia, terminan subiéndose al coche de otros chicos que van al mismo show), Caitlin se decide a colocarse la barba y llamarse Harper públicamente mientras que Fraser se engancha con otro chico adolescente italiano tan fanático de Blood Orange como él. A lo largo del show del músico todo parece indicar que cada uno hará su camino por separado, encontrándose a sí mismos en esas nuevas aventuras ya que Caitlin, al perder de vista en el show a su amigo, empieza a acercarse a una mesera del lugar. Pero allí tendrá una crisis y se dará cuenta que quizás lo que prefiere es estar con Fraser. Y que quizás aquella promesa que se hicieron de que nunca se besarían deba quedar en el olvido.

Recorriendo la ciudad de Bologna de noche, con música de Prince de fondo, persiguiéndose como en un final de comedia romántica (sí, también está por llegar la Navidad), Fraser y Caitlin le dan una vuelta de tuerca al tradicional remate de ese tipo de films. Si uno «lee» el final de WE ARE WHO WE ARE de una manera tradicional podría pensar que es un cierre casi conservador, que más allá de las experiencias vividas en estos tiempos y de lo que parecen ser sus identidades sexuales más evidentes, ambos han decidido estar juntos como pareja. Pero sería una lectura, si se quiere, vieja, desactualizada. En la fantasía romántica al mejor estilo LA PRINCESA QUE QUERIA VIVIR que narra Guadagnino no solo hay un guiño queer a esa lectura sino una mirada mucho más amplia y generosa acerca de la fluidez de esas identidades.

No solo eso. La relación de los protagonistas de la serie borra las líneas convencionales entre amistad y romance, entre hombre y mujer, entre deseo y afecto. Es una relación integral, casi de hermandad ante las circunstancias, en la que se sienten cómodos, a gusto, más allá de las crisis que deban superar tanto entre ellos como con los otros. No es, ni de lejos, una historia en la que ambos se dan cuenta, al mejor estilo CUANDO HARRY CONOCIO A SALLY, que están hechos el uno para el otro. O, dicho de otro modo, tal vez sí sean tal para cual… pero no necesariamente de esa manera.

El episodio anterior me había dejado un gusto un tanto amargo en su intención un tanto exagerada por violentar el drama de los protagonistas (mucho alcohol, caos, destrucción y situaciones incómodas para lidiar con la muerte de uno de los soldados amigo de los chicos), pero aquí los planetas se vuelven a alinear dejando en claro también que el cine –y las series– de Guadagnino funcionan mejor cuando celebran que cuando sufren, cuando entusiasman que cuando se vuelven agresivas o violentas. Llegado el caso, la melancolía es un territorio en el que el italiano se maneja muy bien. Una alegría teñida por la tristeza de saberse transitoria.

De vuelta, el director de CALL ME BY YOUR NAME vuelve a asumir varios riesgos visuales, usando una cámara en mano caótica en varios momentos del episodio, largos planos secuencia, insertando casi 20 minutos de un show musical en medio de la historia (que, de todos modos, sigue moviéndose por detrás) y, sobre todo, recorriendo la ciudad nocturna con el entusiasmo y la curiosidad de un adolescente que descubre una suerte de paraíso en el que puede vivir como quiere. Algo que no durará, es claro (siga o no siga la serie se trata de personajes que en algún momento deberán volver a la base, lidiar con las consecuencias de su escape, quizás hasta moverse a nuevos destinos con sus respectivas familias) pero que Guadagnino elige dejar en un tiempo suspendido, en ese «right here, right now» que funciona como título de cada episodio y como muy buena síntesis de esta hermosa y extraordinaria historia.