Estrenos online: crítica de «Soul», de Pete Docter y Kemp Powers (Disney+)

Estrenos online: crítica de «Soul», de Pete Docter y Kemp Powers (Disney+)

La nueva película de Pixar se centra en un pianista de jazz que queda al borde de la muerte y regresa a la Tierra convertido en un «alma». O algo así. Una película graciosa y emotiva que termina convirtiéndose en un bello y nostálgico homenaje a Nueva York.

En los 25 años que ya han pasado desde que Pixar estrenó su primera película, TOY STORY, la compañía luego adquirida por Disney se ha caracterizado por encontrar una suerte de fórmula con la cual incluir complejos planteos, si se quiere, filosóficos dentro de historias graciosas, plagadas de creatividad visual y con grandes personajes. Cada una de sus películas, en mayor o menor medida, plantean grandes desafíos existenciales a ser resueltos –o, al menos, analizados– a partir de una hora y media o más de acción propulsiva mezclada con generosas dosis de melancolía y emoción.

De todos los miembros de la escudería Pixar su hoy CCO (Chief Creative Officer) Pete Docter es el que se especializó, digamos, en películas en las que este tipo de reflexiones no solo son parte del subtexto de la acción sino su propia razón de existencia, su motor narrativo. SOUL, como INTENSA-MENTE y más aún que UP, UNA AVENTURA DE ALTURA –ambas dirigidas por él también– no tiene una excusa narrativa que lleve a la película a transitar cuestiones existenciales tan fundamentales como el mismísimo sentido de la vida sino que hace de ese tema el propio motor de su trama. Es cierto que hay, por detrás, una suerte de disparador ligado al conflicto de un músico de jazz que tiene que decidir entre dedicarse a dar clases o tocar en una banda, pero ese «problema» podría, literalmente, ser cualquier otro y no mucho cambiaría. El «alma» de SOUL (inserten emoji con ojo guiñado aquí) pasa por otro lado, por descubrir de qué va esto que llaman vivir.

Joe (Jamie Foxx) se muere tras el prólogo y antes de los créditos que dan inicio a SOUL. No hay sorpresas ahí. Bueno, no se muere del todo porque de haberlo hecho no tendríamos película, pero digamos que queda en una situación bastante paradojal allí en camino al Más Allá. Es un pianista de jazz que da clases a un grupo de chicos que, en su mayoría, no parece tener mucho interés en ese tipo de música al que le ofrecen tener un trabajo fijo en la escuela en cuestión. El hombre duda si aceptar o no porque su verdadero sueño es ser músico profesional, pero su madre (que estuvo casada con un músico de jazz y sabe lo que eso implica) lo empuja a decir que sí, asegurar su economía y dejar de lado los escenarios.


El problema es que justo ese día lo invitan a tocar el piano como reemplazante en la banda de la gran saxofonista Dorothea Williams (voz de Angela Bassett). El impresiona a la hosca dama y ella le ofrece un contrato fijo. Tan feliz está Joe que sale caminando completamente distraído por las movidas calles de Nueva York, se cae en una alcantarilla abierta y la queda ahí nomás. Pero como sucedía en el cerebro de INTENSA-MENTE, Docter crea una especie de organización muy estructurada y compleja que se ocupa de ver qué hacer con las almas, en este caso las que van en camino al Más Allá o al Más Acá.

Lo que sigue es complicado de narrar y será mejor que lo descubran viendo la película que en esta parte sutilmente homenajea a clásicos de Frank Cara o de la dupla Powell/Pressburger. Lo mínimo que se puede decir es que, como el hombre no quiere saber nada con eso de morirse, termina cayendo en un lugar llamado «El Gran Antes», aliándose con 22 (Tina Fey), una alma sin nacer (no piensen estas cuestiones en relación a la ciencia o al aborto porque se complica, amigos) que tiene la particularidad de ser su opuesto: no quiere saber nada con eso de vivir. Está muy bien allí, en ese limbo, gracias por preguntar. Pero igual los dos terminan literalmente cayendo sobre Nueva York, donde esas cuestiones empezarán a ser replanteadas.

Docter y su codirector Kemp Powers crean dos mundos visualmente muy diferentes para contrastar lo que sucede en SOUL. De manera extremadamente realista, la película pinta Nueva York como una ciudad vital, caótica y llena de energía. Por otro lado, los distintos escenarios «simbólicos» han sido pensados de tal modo que los acercan a una combinación abstracta entre el arte moderno, la animación de Don Hertzfeld y algunas tapas de discos de rock de los años ’70. Algo parecido pasa por la música: las composiciones jazzeras de Jon Batiste (el músico del talk show nocturno de Stephen Colbert) se escuchan en la ciudad mientras que los temas más electrónicos de Trent Reznor y Atticus Ross son, por lo general, la banda de sonido de esa otra dimensión.

SOUL tiene algunas particularidades que la hacen diferente a anteriores películas de Pixar. Su protagonista es afroamericano (primera vez en la historia de Disney) y, por circunstancias de la trama, muchas veces se lo escucha con la voz de Tina Fey, creando todo un problema para los que se fastidian con algunas ideas sobre la identidad y la autopercepción. De algún modo, Joe y 22 son dos «personas» (o una persona y un alma, o un gato y un alma o dos almas, o vaya uno a saber) que se ven viviendo aventuras tratando de desentrañar cosas como el significado de la vida y qué es lo que le da sentido y valor a nuestro paso por la Tierra. ¿Saber cuáles son nuestros sueños y poder concretarlos? ¿Nuestra relación con los otros? ¿Nuestra capacidad de apreciar el mundo que nos rodea? ¿Y todo eso junto cuánto estaría costando con tarjeta y en cuotas?


Si bien en su primera parte –y tras descubrir el funcionamiento de su enredado y un tanto imperfecto sistema– SOUL se vuelve un tanto mecánica en estas estructuras tan «docterianas» de encontrar una categoría y clasificación para todo-todo-todo, una vez que ambos personajes regresan a Nueva York la película cobra una vitalidad, una vibración y hasta una emoción inesperadas. No necesariamente por las preguntas que se hace sobre el sentido de la vida (algún crítico comentaba, con cierta malicia, que todo lo que la película tiene que decir al respecto podría ponerse en un texto de tarjeta navideña) sino por algo casi intangible que captura en su recorrido, que incluye calles y avenidas de la ciudad, sus bares y edificios y la conclusión de que siempre hay que escuchar lo que tiene para decirnos el peluquero del barrio.

No tengo idea si la película cambió narrativa y estéticamente desde que empezó la pandemia hasta ahora (hay un cartel al final que hace referencia a la posproducción hecha a «seis pies de distancia» pero no más que eso), pero en algún punto más específico hoy la película puede verse como un homenaje a una Nueva York que hoy está apagada y casi desconocida, sin la vibración ni la vitalidad que se ven aquí. Por más que estén «dibujados», esos escenarios de la ciudad están capturados de una manera tan vital y potente que el propio eje temático de la película (que la «chispa» de la vida no está necesariamente en lo que uno hace sino en poder aprovechar el hecho de estar vivos en el mundo) cobra una inesperada potencia nostálgica en tiempos de aislamientos y virtualidades varias. El mensaje puede ser tan simple como el «carpe diem» de tanta película inspiracional, pero en la manera en la que esas ideas se visualizan y conectan con un mundo que vemos esfumarse frente a nuestras narices, SOUL termina generando emociones –y reflexiones– más fuertes que las que imaginábamos al comenzar este viaje.