Estrenos online: crítica de «Wonder Woman 1984», de Patty Jenkins (HBO Max)

Estrenos online: crítica de «Wonder Woman 1984», de Patty Jenkins (HBO Max)

por - cine, Críticas, Estrenos, Online, Streaming
26 Dic, 2020 11:51 | comentarios

La secuela de la exitosa película de 2017 lleva la acción a la década del ’80, en la que Diana Prince debe combatir contra dos enemigos que obtienen especiales poderes de una misteriosa piedra antigua. Con Gal Gadot, Kristen Wiig, Pedro Pascal y Chris Pine.


Hay dos o tres películas peleándose entre sí en WONDER WOMAN 1984. Quizás ni siquiera compiten sino que, a juzgar por sus más de 155 minutos de duración, se puede decir que conviven, se suceden, se pasan la posta. Las dos toman el «1984» del título de distintas maneras, casi opuestas. Una lo hace en lo que respecta a su tono y su forma, tomando la estética de ese año (la real y la cinematográfica) como referencia. La otra, en cambio, lo toma de una manera temática y, si se quiere, metafórica. Acá ya no es el 1984 real sino uno desfasado, que toma algunos hechos políticos de la década pero que los lleva a un terreno cercano a la novela homónima de George Orwell. La idea, en los papeles, puede ser buena (combinar el lado pop y luminoso de ese año con el oscuro, consumista y militarizado de la Guerra Fría, sacar a la nostalgia de su zona de confort fetichista), pero en la práctica las dos películas no se llevan muy bien entre sí.

En una de estas películas –la mejor de las dos–, la época está tomada como referencia formal y estética. Allí queda claro que haber decidido usar ese año como eje de la trama le sirve a Patty Jenkins para estructurar su película como un film de superhéroes old school, más cerca de la saga SUPERMAN, de Richard Donner, que a las modernas y pomposas estrategias del llamado DCEU. Es casi una comedia con escenas de acción que juega en un territorio más cercano al de GHOSTBUSTERS o VOLVER AL FUTURO –dos films de esos años– que de cualquier cosa que exista en la cabeza de Zack Snyder y compañía. Los vestuarios, los autos, los escenarios, las referencias, el tono zumbón y un poco inocente de las escenas de acción (la Mujer Maravilla salva niños en un shopping y reduce a ladrones que parecen haber salido del elenco de UN POLICIA SUELTO EN HOLLYWOOD) y hasta los conflictos que entonces se dirimen tienen una cierta inocencia naive generando una película que, de una manera quizás un poco torpe pero igualmente simpática, remeda la inocencia de cierto cine pop de la época.

La otra película –la que toma posesión del relato promediando el metraje– se hace cargo de asuntos más densos: la mezcla entre la ambición empresarial desmedida y la virulencia política entre naciones que caracterizaron a esos años de Guerra Fría, a lo que hay que sumar el comienzo de una era de control corporativo de los medios de comunicación. Allí aparecen empresarios corruptos y políticos ambiciosos tratando de dominar al mundo de cualquier manera que les sea posible, pero la película a esa altura perdió por completo el rumbo de lo que cuenta y de cómo lo cuenta. Para ese entonces ya se olvidó de funcionar con el estilo ochentoso del principio y se sumó al formato incomprensible, abrumador y plagado de efectos especiales que caracterizan a muchas de las películas de DC, de esas que dejan al espectador en estado semi-catatónico al finalizar.


El cambio se puede advertir desde el principio. Uno sabe que vendrá porque no imagina a Warner gastando 200 millones de dólares hoy para hacer una película con el formato de KARATE KID, pero también porque la escena inicial –unas olimpiadas amazónicas en las que la entonces niña Diana Prince compite contra rivales mucho mayores que ella– ya nos deja señales que la película tarde o temprano se volverá totalmente sintética desde lo visual, declamada desde lo actoral y casi neonazi desde su estética. Esa larga introducción funciona más como un trailer extendido para espectadores ansiosos que quieren acción en IMAX –no tiene más lógica que esa usar más de diez minutos de relato para que Diana aprenda que está mal hacer trampas– y que quizás no tengan paciencia para la comedia liviana a lo Carl Reiner que se viene inmediatamente después.

La mejor parte de la película –hay ALGUNOS SPOILERS MINIMOS de aquí en adelante– muestra a Diana ya en 1984, trabajando en el Smithsonian Museum de Washington y todavía deprimida por la muerte de Steve Trevor sucedida quichicientos años atrás. Está sola, una tanto bajoneada y se dedica a resolver asuntos criminales de bajo vuelo en secreto. En el museo conoce a Barbara Minerva (Kristen Wiig), una chica torpe que trabaja también allí pero a la que nadie le presta atención. Se hacen amigas y Diana le ayuda a resolver alguna complicada situación de acoso sexual callejero, pero todo se complica cuando aparecen en el instituto varios objetos robados (en la escena del shopping) que parecen pertenecer a antiguas civilizaciones. De a poco irán descubriendo que uno de ellos –al que se conocerá como el Dreamstone o la Piedra de los Deseos– tiene la capacidad de cumplir los deseos de quien lo toque y pida algo soñado.

Ahí entra a jugar el otro villano de la trama, Maxwell Lord (el hoy omnipresente actor chileno Pedro Pascal), un «empresario» un tanto chanta, de esos que se hacen famosos haciendo publicidades televisivas para vender sus productos cuando en realidad están en la quiebra, alguien no tan distinto del hoy casi ex presidente de los Estados Unidos. Lord sabe de la existencia de la piedra en cuestión y desea poseerla. Y es así que los tres personajes de la historia piden –en el caso de Diana, de casualidad– que se les cumpla algún deseo: ella querrá que vuelva Steve (Chris Pine), Barbara pedirá dejar de ser débil y frágil para ser más como Diana y, bueno, ya verán lo que pide el más ingenioso y desmedidamente siniestro Max Lord.

Durante un rato más la película conservará su tono algo zumbón, especialmente en las escenas en las que Diana actualiza a Steve con las modas y tecnologías de la época (incluyendo las aéreas) o cuando Barbara vaya descubriendo sus cambios físicos y lo que eso genera, especialmente en los hombres. Y Lord, a su manera, va acumulando más y más poder hasta volverse un problema mucho más grande y trascendente para todos. Cuando eso sucede –promediando el film, en una larga secuencia de acción que transcurre en Medio Oriente– la primera de las dos películas se despide de los espectadores y deja el terreno a la otra, más espectacular e inflada, una continua acumulación de escenas de acción y suspenso que no tienen ningún peso específico en el mundo real creado por la propia ficción. Es como si la película diera paso a la versión videojuego de sí misma.


El guión de Jenkins y sus colaboradores tiene, a partir de ahí, algunas ideas interesantes respecto a ciertas obsesiones de la época –la cultura del yo, la obsesión por consumir y poseer, la absurda virulencia de la carrera armamentista, el aprovechamiento vil de los medios masivos de comunicación–, pero el problema de WONDER WOMAN 1984 a esa altura es que cualquiera de esos temas queda pisado y hundido por el desarrollo absurdo de las situaciones y los personajes, la lógica un tanto dudosa de cómo funciona el sistema de «deseos» que ofrece la piedra en cuestión (o en lo que la piedra se transformó) y por un formato que a esa altura tiene más similitudes a un show de Cirque du Soleil –con personajes que cobran, además, un aspecto animalesco que bordea el look de CATS— que a cualquier referencia cinematográfica.

De hecho, cuando la película sobre el final quiera volverse un tanto más retro e inocente (se sabe que Diana no es una persona violenta y que trata de resolver las cosas de un modo más humano) todo eso quedará un poco fuera de contexto. Para un personaje como «La mujer maravilla» –y una actriz a la que le queda mejor usar el carisma y la simpatía que dedicarse con cara de aburrimiento a escenas de violencia desmedida filmadas contra alguna pantalla verde–, la primera de las dos películas es claramente la que le queda más cómoda y la que más contagia su disfrute. Pero como pasa en casi todas las películas hechas por grandes conglomerados, en un momento los directores parecen decir «hasta acá llegué«, se despiden y el resto lo hacen los productores y especialistas en todo tipo de descontrol controlado virtual. Y eso es más parecido al «1984» de Orwell que toda la película que acabamos de ver. El verdadero Gran Hermano.